Algunos perros no ladran – Capítulo Cuatro: El juego del miedo

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No es mejor el que tiene gustos copados, ni es mejor el que escucha bandas indie o que nadie escuchó antes. Nadie es mejor por comer orgánico, ni es mejor tampoco el que viaja a lugares que no están de moda. No es mejor el que hace yoga, tampoco el que medita, ni el que tiene un trabajo importante o es su propio jefe. Nadie es mejor por vestirse de rayado, ni por fumar marihuana y cigarrillos armados, tampoco por usar lentes o sombreros extravagantes. No es mejor el que aglomera belleza física, ni el que tiene falta de ella. No somos mejores por ser raros, ni mejores somos por ocultarnos de los demás. No es mejor quien le dice a la gente siempre que está todo bien y que por dentro se le revienta el pecho de sentimientos. Nadie fue mejor nunca por su intelecto. No es mejor el que toca un instrumento, el que escribe, el que pintan o hace cualquier otro tipo de intento artístico. Nadie es mejor por nada de eso. Nadie es mejor que nadie, y nunca lo va a ser. Esa estúpida competencia que nos proponemos con el resto es tan solo nuestra. Competimos contra nosotros, no contra el resto. De la única forma que somos mejores es siendo nosotros mismos, así tan miserables como podamos llegar a serlo, tan vacíos de gustos como seamos, tan nocivos como nos salga, tan hermosamente horribles que al que le guste que se encandile y al que no que se tire del barco, tan genuinos que no haya dos iguales. Las masas de turno cambian. Un día fuimos hippies, otro día fuimos snobs, otro día hípsters, un par de años después budistas occidentales y quién sabe qué seremos mañana. Lo que no vemos es que todo es lo mismo, todo es un consumismo apuntado en distintas direcciones, que a medida que pierde adeptos muta para dar en el clavo y seguir en la vanguardia. Al menos así veo yo las cosas hoy. Me costó mucho llegar a esta conclusión, porque a decir verdad me arrastró la ola durante años y no la podía ver. Creía en lo que otros decían sin preguntarme nada, sin desglosar las cosas, abrazándolo todo. Un día un político me gustaba y todo lo que decía el tipo era palabra santa para mí, y para allá iba sin cuestionar, y es ahí en donde está el error más grave en mi opinión, en no cuestionar. Una religión me contaba que la cosa era así y asá y yo le hacía caso, y así me fue pasando con parejas, con jefes, hasta con los deportes. Quizás haya sido que yo no tenía ni idea de qué quería ni de quién era, pero me he encontrado en situaciones en las que personas que a mi entender saben quiénes son, siguen estas mismas maneras y se ponen la camiseta de algo, de una ideología, religión, persona, forma o línea de pensamiento, pero no generan la suya propia. En mi caso así era, pero de un tiempo a esta parte he comenzado a tomar pedazos de todo, y a juntarlos en un collage que mezcla todo con todo y que solo tiene sentido para mí, como el desorden de mi habitación cuando era chico.

Así como uno puede ir a ver una especialista como el doctor Ibáñez, existen otros métodos (a veces muchos más prácticos) de catarsis. En mi caso, y en el de muchos hombres más, es el religioso asado de los martes, seguido de furiosas horas de Play Station. Ahí, en ese lugar, en ese preciso momento, uno puede discutir lo que sea, y por sobre todas las cosas, uno puede decir lo que sea. En el momento que uno se sienta a jugar, se empieza a generar una especie de ambiente, de intimidad, de cercanía entre los competidores, que quizás carece de explicación científica pero que jamás vi en otro lugar. Si bien uno quiere ganar absolutamente todo, y de ser posible humillar al rival, existe también un espacio libre de presiones mentales, de pudores, de estrés. Dentro de la pantalla los rivales son rivales, pero al tipo que tenés sentado al lado le podés contar lo que sea, como sea, que ese tipo jamás te va a juzgar, es más, probablemente te dé un buen consejo. No creo poder explicarlo mejor, pero juro que durante las horas de play mis oídos han escuchado las cosas más increíbles que se puedan decir. Historias que le llegan a uno a congelar los huesos, declaraciones de amor, asquerosidades que ni Hitchcock pudo imaginar, situaciones tan ridículas que deberían ser parte de un guion. Todo, todo puede ser revelado en ese lugar, en ese momento, y todo, todo es tomado de la mejor manera. Es como si la play le permitiera a uno poner la cabeza en blanco y actuar como una especie de Dalai Lama por un rato. En el momento que se apaga la tele, todos caemos a la realidad y nos damos cuenta de que son las tres de la mañana y es hora de ir a dormir.

Quizás sea ese el causante de (al menos en mi caso) nuestro comportamiento tan vicioso. Lo que nos da la play, no nos lo da nada más.

Me pregunto por qué será que a los hombres estas cosas los vuelven tan adictivos, y no así a las mujeres. Con Ivana siempre intenté que se interesara, pero ella calificaba a la play de estúpida e infantil. Seguramente allí comenzó a abrirse nuestra grieta. Mercedes intentó algunas veces, pero no logró agarrarle el gusto, quizás yo me equivoqué con la elección de los juegos, no lo sé.

El doctor Ibáñez tuvo una visión parecida a la de Ivana cuando se lo comenté, pero intuyo que debe ser porque él sabe de lo que hablo y la ve como una competencia directa, mucho más barata, y en el fondo se siente amenazado.

– ¿Por qué no te casas con un amigo, Francisco? Así jugás a la play, tenés tus domingos de fútbol y a mí me dejás de romper las pelotas. –Me dijo Ivana una vez, y la verdad es que me lo pude imaginar. Es una lástima que Mauro no haya venido en el envase de Ivana.

Son estas cosas las que me hacen pensar que el amor no tiene categoría, sino espacios distintos. Se ama o no se ama, sea quien sea. Un perro, un amigo, una novia, un pariente, se lo ama o no, y a mi entender la mayor prueba de amor es la condicionalidad del mismo. ¿Cuán real puede ser el amor si hay condiciones que lo sujetan? Yo nunca vi a una madre diciéndole a su hijo que lo ama siempre y cuando tome toda la sopa, ni a un perro diciéndonos que nos va a querer solo si lo sacamos a pasear, pero si vi a las parejas amar con condiciones, y a mí me revuelve las tripas, me da miedo, me hace pensar que nunca tuve una pareja que me amara de verdad, incondicionalmente. Será que en el fondo tengo una utopía de sombrero y no quiero caer en la realidad del mundo, o quizás no, quizás quiero un poco más que conformarme con lo que se profesa hoy. La idea de una pareja para toda la vida me parece desactualizada al día de la fecha, de hecho, creo que la generación de Lucas no va a comulgar con esas prácticas basadas en la religión y los mandatos, será algo más libre, menos comprometido, sí, pero también menos dañino en varios casos, menos tóxico, menos angustiante. Es impresionante la cantidad de gente de mi edad que está separada, pero lo más sorprendente es la que se quiere separar y no lo hace por miedo. Hay gente que tiene miedo de estar sola porque a cierta edad, cuando el físico deja de acompañar, se creen sin chances de encontrar a alguien, lo cual en mi opinión deja mucho que desear puesto que uno se enamora del alma y no del cuerpo. Están los que no se separan por miedo a que sus hijos tengan padres separados, y lo que a mi criterio no entiende esa gente es que lo que ven sus hijos es a dos personas que se soportan, pero que no se quieren, un asco. Porque los hijos son jóvenes, pero no boludos, y sobre todo cuando se trata de emociones y sentimientos en donde son maestros en el tema.

Antes de abrir la pequeña empresa con la que hoy me gano la vida, trabajé durante años para una corporativa de las grandes y podría haberme quedado ahí para siempre si no hubiese sido por Ivana. Hay relaciones y personas que nos generan un inmenso y tácito agradecimiento del que quizás nunca sean conscientes. El día que nos separamos la palabra “cagón” resonó en mi cabeza más que ninguna otra cosa. Tengo la imagen clara de Ivana pronunciando las letras, con una “CAG” que me atacaba sin esperar, y un “ÓN” que me explotó los tímpanos. No escuché casi nada más. Me di cuenta de que tenía razón, que sus gritos eran acertados, que yo jamás le había hecho frente a la cosa, que había provocado todo este desenlace por no ser más valiente y mirarla a la cara como ella hacía en ese momento, y decirle de la misma manera lo cagona que era ella por no decírmelo cuando yo ya sabía que me engañaba. En vez de eso, me había refugiado en otra persona, me había echado a navegar sin levantar primero el ancla, y todo por miedo. Según la vasta experiencia en las relaciones del doctor Ibáñez, es común que esto pase, y no hay que echarse culpas porque no nos llevan a buen puerto. Según la vasta experiencia en amistad de Mauro, en cuanto uno no está contento con lo suyo empieza a poner el ojo en el de al lado, y con esto lo que me quiere decir es que el que no tiene sexo en casa lo tiene en otro lado, porque para él el problema fue ese, el sexo, o la falta del mismo. Es increíble pensar que durante meses dormíamos dentro de la misma cama sin tener sexo, pero estábamos teniendo sexo cama afuera.

Cuando por fin asumí mi problema con el miedo, en un arranque por querer solucionar todos los males de una vez decidí que iba a cambiar mi actitud y que ya no iba a tener miedo a nada, y con ese pensamiento radicalempecé a vivir todos los días. Si veía algo que no me parecía lo decía. Si veía una injusticia saltaba en defensa de pobres e inocentes. Si alguien quería pasarme por encima yo pegaba un buen par de gritos y les hacía saber que a mí nadie me mandoneaba. Y los resultados no tardaron en llegar. El primero fue mientras manejaba por pleno centro y un taxista me tiró el auto. Normalmente no hubiese dicho más que un par de puteadas entre dientes, pero ahora que era un hombre nuevo no podía dejarlo pasar, no señor, a mí nadie me tira el auto encima. Entonces bajé la ventanilla y con muy mal tono hice algún comentario sobre su madre, al cual el hombre no respondió como esperaba y me cruzó el auto. Cuando me detuve él se bajó, y como si yo no estuviese sentado al volante le empezó a dar patadas a la puerta diciéndome que me bajara. Quizás mi cambio no haya sido tan profundo después de todo porque tan solo atiné a poner el seguro y esperar que se le cansaran las piernas de tanto patear. Una técnica muy efectiva pero bastante cara porque el abollón lo tuve que pagar yo de mi bolsillo, no podía decirle al seguro que me había chocado la bota de un tachero en contramano.

Pasado el conflicto (el cual asumí como un pequeño bache en el camino) a las pocas semanas llegué una mañana a la empresa de muy mal humor. Las pocas horas de sueño y tener que mudarme de mi casa me tenían un poco alterado. A media mañana decidí ir a tomarme un cortado y leer el diario para despejarme y ver si recomponía un poco el humor, así que aproveché que tenía que llevar algunas cosas a imprimir y me instalé en un cafetín a unas siete cuadras del edificio del trabajo. Por alguna razón el aroma a café y medialunas me estabiliza, como si volviera a ser chico, me serena y me hace pensar en que la vida es linda. El mozo me dejó un cortado hermoso sobre la mesa y dos medialunas que se querían comer entre ellas de lo buenas que estaban. Tomé el diario, abrí la página de deportes y cuando ojeaba la segunda sección escuché una voz. -Tranquila la mañana Soria, ¿no? -Yo levanté la cabeza al instante para no encontrar a otro que a mi supervisor, un tipo de mediana estatura con aires de galán de novela que, además de ser menor que yo, tenía un mejor puesto y no dudaba en hacérmelo saber cada vez que podía. -Buen díaseñor Rigoldi ¿Cómo le va? – Dije poniéndome de pie con la cara de huevón más grande que me salió. -Trabajando. ¿Ud.? ¿Quiere que le pida al mozo que le traiga otra factura? -Dijo con ese tono de canchero que tiene. –No, si ya me iba. Salí a hacer unas impresiones y aproveché para tomarme un cafecito al paso. -Contesté mostrándole las impresiones. -Mire Soria no hace falta que me mienta. Hace media hora que lo veo tomarse su cafecito al paso, pero no se preocupe. De vez en cuando es necesario tomarse un recreo, ¿no cree? -Yo sabía que lo que el tipo buscaba es que yo le dijera que sí y agarrarse de eso para poner en un informe que yo andaba escapándome de la oficina para tomar café, pero no pensaba darle el gusto. -Bueno, es la primera vez que lo hago, pero sí, me vino bien. -Dije, atajándome y siendo condescendiente a la vez. -Vamos Soria, dígame la verdad, no tenga miedo. -Contestó él con un tono de superioridad. Apenas lo escuché decir la palabra “miedo” algo se me revolvió adentro. La escena del tachero pateándome la puerta se me vino a la cabeza, la cara de Ivana con la vena hinchada, todo junto. – ¿Y por qué le iba a tener miedo yo a usted? -Le dije frunciendo el ceño. El tipo dio un suspiro de esos que irritan, se puso los lentes yse dio media vuelta para irse. – ¿Qué te pensás? ¿Qué te tengo miedo? -Las palabras se me salieron de la boca. Rigoldi se volvió hacia mí. -No seas pavo Soria, que encima de hacerte un reporte te voy a tener que cagar a trompadas. -Y apenas terminó de decirlo una ira asesina me corrió por el brazo y sin pestañear lereventé el mentón. Rigoldi tambaleó un poco y supongo que al ver mi cara de desquiciado no tuvo más remedio que retroceder. Mientras salía del lugar me gritaba que era un loco y que me considerara despedido, cosa que ocurrió a los pocos minutos.

No me sentí mal por pegarle, ni me sentí mal por haber sido despedido, tan solo me sentí mal por no haberme ido antes de un laburo que hacía mucho tiempo no me hacía feliz, y por no haberle dicho a Rigoldilo que pensaba verdaderamente de él. En la oficina varios me felicitaron y otros tantos me dijeron que yo estaba loco, que cómo tiraba una década de laburo a la basura así de esa manera, pero la verdad es que ninguna de las dos cosas me importó.

Apenas llegué al departamento me di cuenta de que en unos pocos meses había perdido mi mujer y mi trabajo, y que a pesar de lo trágico que todo eso sonaba yo estaba bien, porque a ninguno de los dos los quería más en mi vida, pero siempre había tenido mucho miedo de dejarlos. Hay aciertos que se disfrazan a veces de errores pero que cuando los observamos a la larga, no fueron más que el punto de partida de una mejor vida.

Tener huevos no es soportar a tu mujer o bancarte un trabajo que odías. Tener huevos es vivir la vida que querés.