Laberinto de celos y apariencias

Supongamos que tu pareja se llama M.D. y, para curar tus celos enfermizos, decidís habitar un desierto cuyas arenas te revelarán un código de lealtad. Caminás bajo el sol intenso. Ves un punto en la lejanía. Dirigís tus pasos hacia aquella visión. Encontrás a M.D. revolcándose con su amante. Escondés una tormenta entre los dientes y huís. Sentís que han brotado dos cuernos en tu cabeza (no los arranques: son parte del remedio). Morís de sed y angustia. Te desmayás. El sonido de unos pasos te despierta. Dos viajeros, montando un camello, se acercan a vos. Los reconocés: M.D. y su amante te ofrecen ayuda. Gritás, escapás y llegás a una casa amarilla, en medio de la nada. Entrás. Bebés un vaso de cerveza situado en una mesa redonda. Luego abrís una puerta que conduce a otra puerta que te lleva a otra puerta por donde accedés a esa habitación blanca que no has visto antes y, sin embargo, te parece familiar. Allí encontrás a M.D. haciendo el amor con esa persona que alguna vez te juró amistad. Les lanzás el vaso vacío y corrés al baño. Llorás, pateás el inodoro. Descubrís dos espejos en una pared. El de la izquierda refleja la inmensidad de tus cuernos. El de la derecha invierte las apariencias, pues desde ahí observás cómo M.D. camina en el desierto. Te encuentra revolcándote con alguien en la arena. Huye. Se desmaya. Recobra la conciencia. Te ve llegar en un camello con tu amante. Corre. Se detiene frente a una casa. Entra. Bebe un vaso de cerveza. Llega a la pieza y descubre tu última traición. Te lanza el vaso. El golpe te hace entender que acabás de perder un tesoro irremplazable. Un solo día de su ausencia es una verdadera tortura y sos un nuevo animal: un felino lleno de culpa. Ahora (después de comprobar lo que M.D. sentiría si te engañara), ponés los pies en la realidad. Caminás con tu pareja por la calle y sabés que nadie puede robarte lo que no te pertenece. No lo olvides: sos un ser humano, una bestia de cuernos seductores y un felino comprensivo. ¿Qué más se puede pedir?