Encuentro inesperado

Me encontraba en la librería cercana a mi casa. Buscaba un libro para regalarle a una amiga. Encontré uno de Federico Andahazi, un autor que, casualmente, me habían recomendado. Leía el resumen de “Los amantes bajo el Danubio”, cuando un hombre se me acerca y me interrumpe:

—Hola… vos sos…—me dice con el gesto propio de cuando se consulta con la memoria, frunciendo el ceño y entornando los ojos, esos ojos que después de tantos años volvía a ver de forma tan abrupta.

Lo reconocí al instante. Imposible olvidar aquel rostro protagonista de mis sueños de niña y adolescente. No me sorprendí que no recordara mi nombre. A menos que, ahora que lo pienso, me haya encontrado muy cambiada.

—Lorena— lo ayudé asintiendo. Embargada por la emoción de lo inesperado.

— ¡Lorena!— repitió con una amplia y encantadora sonrisa, la misma que supo alterarme el corazón de niña, desatando entonces, por primera vez, un cataclismo de amor insospechado.

Su belleza de proporciones bíblicas la había mantenido, claro que depurada de los rasgos juveniles con los que lo recordaba. Me dio un abrazo y por supuesto, como es habitual en los reencuentros de dos amigos de la infancia, siguieron las preguntas y respuestas acerca de los pormenores de la vida de ambos. Entre tanto, víctima de la nostalgia, la mente se me colmó de una extensa y nítida galería de imágenes, cuyas escenas añejas creía olvidadas, y que su rostro bastó como estímulo para que resurgieran, a la velocidad de la luz, del más recóndito lugar del inconsciente. Imágenes, que ahora descubría, estaban grabadas a fuego por el más puro de los amores, y que inevitablemente, al evocarlas, volvieron a pasar por mi corazón. Momentos de juventud que volvieron a recobrar su magia, aquella magia de esas tardes de verano que pasábamos con el grupo de chicos y chicas del barrio y que parecían no tener fin. Los juegos, las risas, las charlas, y hasta los primeros tanteos en el amor. Recordé, entre tantas cosas que se me agolparon en la mente, aquellas incontables tardes en las que permanecía embelesada junto a la ventana de mi casa que daba a la calle, mientras él jugaba al fútbol con el grupo de varones, espiándolo con el corazón palpitante y conmocionada de amor, sin otro motivo que el deleite de observar su belleza, enamorada de cada gesto, idealizándolo y descubriendo mis primeras fantasías juveniles. Tampoco olvidé las veces en que emitía un despiadado cacareo de burla en honor a mis piernas flacas, cada vez que me veía aparecer. Incluso recordé el día en que, estando todo el grupo reunido en la vereda, me rompió por primera vez el corazón a pedazos, cuando lo vi sacar de su bolsillo un chupetín y ofrecérselo con delicadeza y fervor a la chica que tenía a su lado, y corrí hasta mi casa a echarme en mi cama a llorar las primeras lágrimas de un amor no correspondido.

Y ahora, después de tantos años, lo tenía frente a mí, contándome su vida con su adorable sonrisa de hombre seductor. Me recomendó algunos libros con muestras inmoderadas de simpatía y amabilidad, y hasta recordamos a los otros integrantes de aquel grupo juvenil. La conversación parecía no llegar a su fin, cuando con ojos salaces me miró las tetas unos segundos más de lo apropiado y me invitó a tomar un café, desplomándose toda su belleza en esa libidinosa mirada. Supuse que tal vez recordaría mi devoción hacia él, que seguro que por aquel entonces no había podido disimular. Sin ningún apuro por cubrirme, le sonreí y con la sensación fascinante de estar a punto de cobrarme el orgullo herido de niña, le respondí complacida: “No, gracias, estoy apurada”.