Memorias de Tiramisú

Tiramisu 1

Un martes de café

El G-7 estaba reunido en la confitería para la tertulia post sesión, aguardando a Marilú, la dama de negro, que es la que suele dar la nota de color.

Otro martes al pedo. La cara lo decía todo, necesitaba un día de spa. Había un revoloteo un tanto silencioso en el pasillo, para ser día de sesión. Las puertas que abrían, cerraban, chirriaban o golpeaban en los despachos, era lo que más se escuchaba a pesar de que todavía había varios rosqueando en el recinto. Escuchó un chiflido que venía desde afuera. Miró el reloj, “¡mierda, las tres de la tarde!”. Se asomó por la ventana y vio que la estaban esperando en el Donkie. Tomó la cartera, guardó el celular y salió de la oficina. Al bajar por las escalinatas, cruzó la peatonal y el mozo al verla aproximarse, le tomó la seña del pulgar levantado, entendiendo que era el mismo pedido de siempre. Se desplomó en el sillón que la aguardaba entre sus compañeros mientras sacaba los cigarrillos de la cartera y Osvaldo disparó con el temita del día, ya que la semana abrió en martes después del megaferiado. “Che Marilú, ¿la escuchaste a la mina esta que salió a matar al bonito ese que te gusta tanto…? Dicen que es una opereta… ¿Vos qué opinás?”. Ella se la veía venir y no podía salir de otra boca que de la del “Lagarto”, como lo había bautizado sarcásticamente, no sólo por su naturaleza rastrera y camaleónica, sino por su bocaza pestilente que amenaza pero no le da más que para estirar la lengua y succionar insectos. Es un pelotudo, pero de esos que ameritan premio. Esta vez parecía haber dado un indicio de posición tomada, por el desprecio con el que se refirió a la muchacha, llamándola “mina” y al mismo tiempo, destilando cierto goce de más macho (aunque bastante insatisfecho como tal), que el “bonito” al que hacía referencia y que tenía el top one en el control remoto nocturno de Marilú. Era obvio, ella tenía predilección por los ejemplares del reino animal pero detestaba los zoológicos, así que si tenía que verlos, los prefería sueltos.

La política, entre otros, es un entorno muy masculino en el que algunas mujeres se abren camino y otras abren las piernas, que es una manera de también abrirse camino. No está mal. El problema no es que las mujeres abran las piernas, porque quieren o para abrirse camino, sino que los cebones del entorno llenen el espacio, porque quieren o para abrir caminos en contraprestación al goce recibido. Por lo cual, cuando las llaman putas, a Marilú le dan asco ellos, no ellas. Ellas son mujeres que abren las piernas, para abrirse camino o porque quieren, y no andan diciéndoles putos a los que no paran bola a la rendija femenina, ni calentón al que después de eyacular les abre el camino, o hijo de puta al que, habiendo evacuado su lujuria febril, se queda torrando y no les abre ni la puerta para tomarse el taxi.

En otro ángulo del abanico, están las no abren las piernas ni para abrirse camino, que suelen ser juzgadas de mosquitas muertas, de esas que parecen inofensivas pero succionan sangre ajena a morir. De no ser mosquita muerta, la que conserva sus piernitas cruzadas ante el entusiasmo varonil, es considerada histérica; y las histéricas, en las charlas masculinas no son otra cosa que putas reprimidas. Por lo cual da igual si una mujer abre las piernas sin pudor, lo hace discretamente o no lo hace. Casi todas cargan de manera indiscriminada con el (¿des?) calificativo. El comentario del Lagarto era previsible, como todo lo que dice él, porque una mujer con aspecto de femme fatale que empieza a revelar secretos a los cuatro vientos amenazando investiduras de poder, no iba a quedar ajena de juicio, sobre todo si quien juzga es un pelotudo de medalla dorada (sí, olímpico). Si no tuviera ese aspecto, la dama entraría en otro selecto grupo que, por razones que nada tienen que ver con su modo de ejercer la sexualidad, carga con un adjetivo que para la inquieta Marilú, es el peor. Son las incogibles.

Incogible puede ser la mujer de un poderoso, a la que estos varoncitos de medio pelo no se le acercarían ni en chiste y por eso mismo suelen aventurar fantasías sobre qué tan grande puede ser el miembro del poderoso o qué tan pretencioso puede ser el orificio en cuestión. Incogible también es aquella que no muestra interés en los varones, que ante el prejuicio puede ser considerada “demasiado amiga” de otras mujeres. Pero la peor es la llamada incogible en razón de su propia apariencia un tanto desdeñada, de su personalidad temeraria, su temperamento radical o su lengua viperina.

No tener una pareja conocida por el entorno, aunque algunas historias se le conocían a pesar de que Marilú nunca las había revelado fehacientemente, la habían hecho merecedora de todos los adjetivos. Todos. Histérica, mosquita muerta, puta e incogible. Dependiendo de qué tan vulnerado se hubiera visto el honor de alguna que otra cortesana, o qué tan afectado en su virilidad hubiera quedado ante la negativa, el varón en cuestión. Y ella se esfuerza en llamarlos varones (al estilo de los gatos arrabaleros, donjuanes altivos y orgullosos de su machismo corporativo de farol), porque asegura que “hombre” es una palabra que también se usa indiscriminadamente y pocos varones se merecen tal denominación.

Para ella, hombre es el que a una mujer la llama mujer en sustantivo y sin adjetivos calificativos, y que cuando recibe de una mujer un “no”, es NO, así con mayúsculas, inexpugnable e inescrutable. Ante lo cual no califica como menos hombre (todo lo contrario), sino como quien sabe que la mujer puede decir que no, como él también podría, si supiera controlar cierta naturaleza acosadora y que presume una suerte de patrocinación.

Decir que no, no es nada extraordinario. Significa que una mujer es mujer, coja o no, con quien quiera o no, por el motivo que sea que decide hacerlo o no, y que el hombre no deja de ser hombre porque no pueda coger a una mujer que no quiere coger con él, en el caso de que él mismo pretendiera coger con ella. Pero sí deja de ser hombre, cuando porque no puede coger a una mujer que no quiere coger con él, para no sentirse él mismo un incogible, puto, mosquito muerto o histérico, se lo atribuye a la dama con la que no puede coger aunque así lo quiera él. Lo más seguro es que la mujer le dé pista justamente porque no es un hombre, cosa que él mismo ratifica cuando en vez de respetar la negativa, le atribuye a la fémina un adjetivo que, lejos de ofenderla, desenmascara una masculinidad vacía, superficial y resentida.

Charly, el pituco del grupo, casanova burgués con el closet atiborrado de violines (casi tantos como en la orquesta del chaqueño), insinuó que seguramente Marilú le creía a la “minita”, mientras ella encendía un cigarrillo y el mozo le acercaba el café con su porción de tiramisú.

El tiramisú es un postre con historia. Su etimología viene del latín y en italiano significa algo así como “súbeme, levántame, elévame”. Hay otra historia, que viene de los prostíbulos de Venecia, en donde a los hombres desahuciados de tanta juerga sexual, las madamas les ofrecían un postre de galletas dulces embebidas en café, untadas en mascarpone con algún otro menjunje y espolvoreado con chocolate. Tan bueno era el tentempié en su propósito de recomponer el ánimo de los clientes, que de ese famoso “levante” (claro está que en ese contexto, no sólo del ánimo), le quedó el nombre con el que el mundo entero, más allá de los prostíbulos de Venecia, conoce al bien llamado Tiramisú. Marilú en más de una oportunidad, había expresado que “podría matar por un tiramisú”, cuando alguien amagaba a meter la cuchara en “su postre”. Matar por un tiramisú bien podría ser una especie de duelo, dadas las propiedades de este milagro dulce. ¿Quién se queda con el Tiramisú? Porque el postre, por ser dulce no habilita el abuso de empalagar. El equilibrio entre el amargor del café muy café en la dulzura de las vainillas muy vainillas, la textura suave bien airosa de la crema con la acidez del queso apenas queso. Todo muy a punto en su punto. Si todo eso está justo, el chocolate no cumple el objetivo. Si falta dulce, el chocolate lo aporta; si falta amargo, el chocolate lo ofrece; si falta sabor, el chocolate lo completa. Si sobra cualquiera de esos, el chocolate simplemente lo estropea. Pero, y… ¿si lo que falta o sobra es el chocolate? Ahí sí que el desastre es el cocinero porque sólo un pésimo pastelero podría arruinar un postre con chocolate, algo que bien sabían las prostitutas venecianas, expertas en hacer del tiramisú un arte. Y a esta altura también debía saberlo Benicio –un cuasi semental que es protagonista de otra memoria–, cuyo tiramisú nunca estuvo completo para Marilú, ya que jamás se decidió a ponerle el chocolate y acabar de una buena vez el postre.

Mientras el tiramisú se presentaba soberbiamente ante la mesa del G-7 como una especie de trofeo que sólo osaba ostentar la damisela de negro, Sami –la adalid feminista del grupo– preguntó con sarcasmo, un poco para tirarle la lengua a su amiga, “si acaso habría alguien que no le creyera a la minita”. Todos saben que Marilú, en algunos temas, viene un tanto superada y que jamás revelaría ciertos secretos a voces que recorren los pasillos en los que pululan zánganos entre una que otra reina, mezclándose con la plebe trabajadora de abejorros y obreras de la miel estatal, donde se pueden observar guiños de complicidad y roces furtivos de manos que jamás pasan inadvertidos a un ojo entrenado de colmena. Lo que sucede puertas adentro de los despachos, la mayoría de las veces queda reservado a la imaginación, y otras se filtra entre los cerrojos de la alcahuetería y el fanfarroneo.

A ella, esos varones que adjetivan y el adjetivo que decidan utilizar, la tienen sin cuidado y por eso mismo, sin filtro lanzó la contestación mientras penetraba la cuchara en el postre: “Hay que abrir más los ojos que las piernas o la boca –dijo mirando a Charly–. A final de cuentas, lo de “ciega, sorda y muda” es una fantasía de los varones titulares temporarios de algún poder, cuando tienen a una mujer ante, bajo o sobre el escritorio, y se creen el cuentito que algunas como la tal Natacha, pero podés ponerle el nombre que más te guste, han sabido actuar muy bien autocalificándose como de las mejores, antes de que algún sindicalista de la corporación farolera les gane de mano imponiendo el prejuicio a la opinión o a la verdad que nunca acabaremos de conocer.”

Manolo, el otro varón del G-7 (en realidad se llamaba Manuel, pero se había ganado el apodo por su notable mérito a la bruteza), le palmeó la espalda al Lagarto y afirmó que había ganado la apuesta, ya que interpretó la sentencia de Marilú en consonancia con la idea de conspiración esbozada por el Lagarto. Todos sabían que a ella no le gusta perder ni a las bolitas, así que, recogió el guante y, le dirigió a Manolo una sonrisa burlesca que lo hizo sentir por una sola vez menos bruto pero al mismo tiempo más pelotudo que el Lagarto, se reclinó sobre el sillón dándole una calada más al cigarrillo y antes de apretar la colilla contra el cenicero, ladeó la cabeza en ambas direcciones para chequear quién estaba atento a la conversación. Entonces se descruzó las piernas, metió la cuchara nuevamente en el tiramisú, y subiendo un poco el tono de voz para asegurarse de ser escuchada en las mesas aledañas donde suelen bullir los cultores mercenarios del off the record, dijo: “Mirá…, no sé cuál era la apuesta y me friega, pero si hablamos de putas dirigentes o dirigenciadas, lo que yo sé cómo sabemos todos acá y los libritos de historia y hasta el New York Times me dan la razón, es que en esta selva llena de “bonitos” sueltos, es preferible que la más incogible de todas regentee el burdel politiquero, antes que una mosquita muerta tenga de los huevos y mandonee a cualquier gato que se haga el compadrito mandón, pero sea un pelotudo histérico al que le dé lo mismo violoncelo que bandoneón. Punto.”

Luego se metió la cuchara con tiramisú en la boca, se limpió con los dedos el resto de crema que le había quedado en la comisura de los labios y se bebió de un solo trago lo que quedaba de café.