Una rubia explosiva

La marcha peronista sonaba a todo volumen en el Falcon verde conducido por una rubia explosiva peinada al estilo Evita. Entró con toda confianza a cargar GNC en la estación de servicio en los alrededores del Parque. Ese día se jugaba el clásico en la cancha del Lobo y toda la hinchada estaba haciendo “la previa” en el drugstore de la estación.

Gabriela se bajó apurada mientras le arrojaba las llaves del Falcon al playero y guiñándole un ojo le pedía que le llenaran el tanque.

El calor molestaba aun más que las atentas miradas viriles y libidinosas de los agitados hinchas. Vestida con tacos altos, falda ceñida, lentes de marco grueso y decidida a no prestar atención al entorno, comenzó a quitarse el saco mientras caminaba, forzando al tercer botón de aquella camisa blanca hasta el límite de su tensión, al tiempo que dejaba entrever el borde calado de un corpiño que invitaba a una fantasía voyeurista y pueril.

Ingresó al drugstore, se quitó los lentes y mordió la patilla mientras esperaba para comprar un atado de cigarros negros. Los gritos y groserías que llegaban desde la montonera al final de la zona de las mesas, no la amedrentaron ni un instante, incluso les dedicó una risa socarrona y un especial meneo al tiempo que les levantaba los dedos en forma de V, como una etarra cuando vuelve victoriosa de la batalla.

De regreso al Falcon, pudo divisar que la rueda trasera derecha estaba casi en el piso y los jóvenes de la bomba muy “atareados” la esperaban ansiosos para ver el espectáculo. A ellos también se les sumaban los camioneros sindicados que estaban pacientemente recargando las bombas de nafta. Al parecer nadie estaba dispuesto a ayudarla y mucho menos a perderse el show.

Inspiró profundamente forzando una vez más aquel pobre tercer botón de la camisa blanca que salió disparado hacia delante. Descamisada, ofuscada, observada y determinada a salir airosa de esa situación, se dirigió al baúl del Falcon en busca de “La Poderosa” una completa caja de herramientas heredada de su ex.

Al mirar la tapa oxidada de la caja con las iniciales “J.P” de Juan Pablo, su antigua pareja, no pudo evitar sentir una rabia que todavía la envenenaba por dentro.

Nuevamente intentó relajarse prendió un cigarro y miró hacia el frente para ver como en la plaza llena de muchachos, tomando vino en pingüinos, quemaban cajones de fruta para prender un fuego rápido y hacer unos choris antes de entrar a la cancha. También ellos al parecer habían alquilado balcones para el momento del espectáculo de cambio de rueda.

Al agacharse con toda la elegancia que la situación permitía, dejó al descubierto una tanga roja furiosa que despertó una batahola de aplausos silbidos y gritos. Sonrió incómoda una vez más y ante la atenta mirada de la platea masculina, sacó un práctico aerosol de espuma que rápidamente infló la cubierta. 

Con la frente en alto, la camisa desabrochada y una ira a punto de estallar se subió raudamente al Falcon, puso marcha atrás aceleró firme hasta golpear uno de los tachos de kerosene y arrojándole la colilla del cigarro, salió arando de la estación dejando una estela de incendios y explosiones mientras sacaba airosa su mano por la ventanilla y levantaba los dedos en forma de V.

Al otro día, el diario de aquel 17 de octubre destacaba la abultada victoria del Lobo en una cancha que curiosamente estaba prácticamente vacía de hinchas. En la segunda página daba cuenta de la explosión de una estación de servicio y al final un tendal de avisos fúnebres. El pronóstico indicaba tormentas para todo el día.