Por qué “sí” existe el infierno

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Hace poco volvió a salir el tema de si existe o no el infierno. Obviamente que los que no creen en Dios no creerán en el infierno. Pero si sos cristiano, te voy a explicar por qué sí existe el infierno.

La Iglesia nos habla de un Dios que es todo misericordia y todo justicia al mismo tiempo. Este concepto tan conocido es complejo en sí mismo. Uno interpreta que la misericordia tiene relación con la postura de quien flexibiliza la justicia frente a otro, es misericordioso y no aplicó todo el rigor que la justicia requiere. Pero si esto hiciere la misericordia, sería incompatible con ser “todo justicia”, ya que el “todo” implica no salirse ni un milímetro de aquella conducta. Lo mismo para la misericordia, ser “todo” misericordioso implicaría evitar siempre el rigor de la justicia. La única manera de que este concepto de misericordia y justicia unidas pueda ser real sin tener contradicciones, es siendo la justicia el acto más brutal y neto que la misericordia pudiera alcanzar, y viceversa. Pero si la justicia lleva implícito un castigo, este sería incompatible con la misericordia. Salvo que el castigo sea el propio rechazo de aquella misericordia. Entonces, si yo rechazo la misericordia, sufriré. Rechazar esa misericordia es un acto injusto frente a un Dios que me ofrece su misericordia, injusto conceptualmente, no frente a un código penal.

La justicia, según la RAE, es el principio moral que lleva a dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece. No hacerlo, no dar lo que a cada uno corresponde o pertenece, es “injusto”. Si a mí me pertenece algo feo o doloroso, lo “justo” es que me lo den, que me entreguen aquello feo o doloroso. Si no me lo entregasen, aunque sea mejor para mí, aquello sería una “injusticia”. La misericordia, según la RAE, es la virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los sufrimientos y miserias ajenos. Quien no se compadece de mis sufrimientos podrá ser justo, pero no es misericordioso. Entonces, ¿cómo pueden convivir estos dos conceptos en sus extremos más puros y netos?

Uno entiende que la misericordia actuará sobre el sufrimiento aliviándolo. Pero ¿qué pasaría si aquel sufrimiento fuese la única manera para acceder a un bien mayor? ¿La misericordia debería quitarme el sufrimiento y con ello la posibilidad de acceder a ese bien mayor? ¿O la misericordia sería permitirme acceder a aquel sufrimiento? Si yo estoy preso en una celda y alguien se apiada de mí y me abre un hueco por donde pasar resulte doloroso pero que me lleva a la libertad, ¿está siendo misericordioso conmigo, o no? Y si yo deseo quedarme en esa celda, ¿es misericordioso forzarme a salir de ahí, obligarme a escapar de aquella celda? ¿La misericordia es misericordia de acuerdo a fundamentos convencionales a todos, o es misericordia dependiendo la necesidad o decisión de cada uno? ¿El misericordioso debe aplicar la misericordia sobre el sufriente, o el sufriente es el que debe pedir y aceptar aquella misericordia para que esta lo sea?

El pensamiento simplista diría que si Dios es todopoderoso, podría haber creado un acceso a algo mejor sin tener que pasar por el sufrimiento. Pero una primera profundización sobre ese tema respondería: y si Dios lo creó así, ¿no será que ese es el sistema más perfecto para llegar a algo mejor? ¿No es subestimar a Dios creer que Él no quiso o no pudo crear un sistema mejor? Y que el que nosotros creamos que no es el mejor sistema, ¿no será parte de ese sistema perfecto que creó Dios? Si el sufrimiento existe, ¿no tendrá alguna función primordial en el desarrollo humano?

Hay una frase muy simple pero muy buena: “Las mejores cosas de la vida están al otro lado del miedo”. El miedo implica sufrimiento. Todo lo que consigo a través del matiz del miedo lo valoro más porque tuve que hacer un esfuerzo extra para conseguirlo. No me lo topé en el camino, sino que atravesé mis miedos para lograrlo. Entonces aquello es lo que es, más la superación de uno o más miedos. Habiendo atravesado el miedo con éxito y conseguido lo que conseguí, ¿habría preferido que aquello no me costara tanto? Esa pregunta dependerá de la entereza con la que resulte de mi obtención, pero probablemente no, porque la satisfacción de la conquista y de haber vencido al temor son actitudes gratificantes que alimentan la propia valoración y la autoestima.

Si el sufrimiento no es un castigo en sí mismo, entonces castigo y sufrimiento no son la misma cosa. Esto significa que no todo sufrimiento es un castigo, pero también que no todo castigo es un sufrimiento. No por relación transitiva, sino porque el sufrimiento y el castigo tienen una errónea asociación desde nuestra infancia, donde el sufrimiento nos forzaba a superar carencias y adolescencias. Erich Fromm dice, en El Miedo a la Libertad, que el hombre es el animal que nace con menos instintos que el resto, y que eso es lo que lo hizo desarrollarse tanto. Porque el hombre necesita crear, adquirir, incorporar actitudes que le permitan sobrevivir. En la infancia todas esas cosas están del otro lado del miedo.

Hasta este punto podemos determinar que nosotros no podemos concluir qué cosa es mejor para nosotros mesurando el sufrimiento o el miedo que nos pueda causar el adquirirla o poseerla. Ahora, entonces, separando el sufrimiento del castigo, puedo entender que una curación física puede causarme dolor en pos de un bien mayor: la salud. Un dentista puede causarme sufrimiento en pos de terminar en mí con un dolor de muela, por ejemplo. De hecho vamos al dentista atravesando el miedo y el sufrimiento para conseguir la salud y el bienestar.

Habiendo independizado al sufrimiento y al miedo de la justicia, la misericordia y el castigo, entonces ¿qué es el castigo? La RAE dice que es la “pena que se impone a quien ha cometido un delito o falta”. Y la Pena es: “Sentimiento grande de tristeza”, como primer concepto. “Castigo impuesto conforme a la ley por los jueces o tribunales a los responsables de un delito o falta”. En este segundo concepto Pena y Castigo serían sinónimos. “Dolor, tormento o sentimiento corporal” es el tercer significado, y el cuarto “dificultad, trabajo”, lo que coloca en un lugar relegado de la definición al dolor físico y a la dificultad. Pena es una gran tristeza, y es un sinónimo de castigo. Y Castigo es la pena a quien cometiere una falta. Una gran tristeza.

Para comprender desde qué lugar conceptual existe el infierno es bueno referirse a los escritos de Venerable María de Jesús de Ágreda (1602-1665) cuando desarrolló su obra “Mística ciudad de Dios”. Resumiendo, ella dice que cuando Dios concibió la idea de la creación del hombre y de la tierra, reunió a todos los ángeles ya creados y les mostró su plan, el de hacerse hombre. Para poder serlo necesitaba nacer de una mujer, y entonces había concebido a María, su madre. Lucifer, su más importante arcángel, no pudo concebir la idea de que Dios se rebajara a la categoría de hombre, siendo que estos eran inferiores a los ángeles, mientras que Dios nunca se hizo ángel, sino que siempre estuvo por encima de ellos. Entonces, si Dios se hacía hombre, un hombre estaría por encima de los ángeles. Además el hombre era una creatura sumamente imperfecta que alcanzaría la certeza por medio de la prueba y el error, a diferencia de los ángeles que eran inteligencia perfecta, entonces se rebela al plan de Dios. Por esto Dios lo envió a donde él sentía que debía estar: abajo del hombre. Lo mandó al centro de la tierra. De ahí que siempre existió la imagen del fuego y las cavernas, porque así imaginaban los hombres el centro de la tierra. Pero la idea del centro de la tierra es conceptual, Lucifer fue enviado debajo del hombre, y por eso cuando lo sentencia a su “castigo”, cuando lo sentencia a estar donde este quería estar, le dice que él intentará morder el talón de la mujer, y esta le pisará su cabeza. Lucifer no soportó la idea de que Dios estuviese dentro de una mujer, y su inquina fue contra ella.

Dios le concedió a Lucifer que este viviese como él quisiera, debajo del hombre, y no al servicio del hombre. La concepción del Amor, en Dios, es servir al prójimo. El “castigo” no fue un sufrimiento ajeno a él, sino que el castigo de Lucifer es amarse él mismo, rechazar el amor de Dios. Amarse uno mismo, siempre hablando conceptualmente en el plano espiritual, es una contradicción. Amar implica un otro. Amarse uno mismo implica negar el amor, encerrarse dentro de uno. El amor fluye de nosotros cuando hay un otro a quién amar. Entonces el castigo de Lucifer, finalmente, es quedarse sin la posibilidad de amar. Pero no es una ocurrencia de Dios, sino que es lo que planteó el mismo arcángel cuando objetó que no serviría a un hombre.

En ese momento se creó el infierno. ¿Cuál es el infierno? Si Dios es todas las cosas, si Dios está en todas partes, ¿a dónde van los que rechazan a Dios? Bueno, a ellos mismos. Esto pareciera ser una frasecita de un libro de autoayuda, pero no, ese lugar existe, porque nosotros existimos, fuimos creados y tenemos la libertad de elegir a Dios o rechazarlo. El infierno es el lugar a donde van los que rechazan a Dios, y el castigo es que no pueden amar.

Juan Pablo II dijo una vez que el infierno es un estado del alma. Y Benedicto XVI dijo que el infierno es un lugar. Ambos tienen razón. El que parece estar confundido es el que dice que el infierno no existe y que las almas pecadoras desaparecen. Si Dios no da lo que le pedimos entonces se contradeciría, y si hubiese un lugar en donde no está el amor de Dios y que no sea el infierno, entonces Dios no estaría en todas partes. El alma que rechaza a Dios elige no estar con Dios. Todos los pecadores cuando pecamos, elegimos no estar con Dios. Por eso Dios necesita del arrepentimiento del hombre para darle su Amor. El arrepentimiento de no haberlo elegido.

Si el infierno no existiese, ¿a dónde podría ir quien no quisiese estar con Dios? Si Dios nos da la opción tanto de elegirlo como no elegirlo, ¿cómo podría cumplir con su palabra si no existiese el infierno? Creer que no existe el infierno y creer en Dios es como creer que mi jefe es mi papá y me va a perdonar todo lo que sea que haga mal. Es de una inocencia agotadora. El que no cree en Dios, obviamente no cree en el infierno, pero si hay un Dios, sí o sí tiene que haber un infierno, más si este es misericordioso y justo. Por lógica. No puede haber un Dios que ame y al mismo tiempo te someta. O somete, o ama. Punto. Si todos en el cielo lo amásemos automáticamente al verlo estaríamos sometidos a su amor. Eso es incompatible a amar libremente.

Dejando desprovista la frase de toda cursilería o filosofía barata de autoayuda, podemos decir que el infierno somos nosotros sin Dios.