Salud, dinero y amor

¿Quién más, quién menos no siguió el consejo de alguien cercano para consultar a un especialista fuera del sistema para que le solucione estos problemitas mundanos que no parecen tener razón de ser y mucho menos sentido común?

La cosa empezó a ir de mal en peor. De las sahumereadas pasé a la lectura de la carta astral, de ahí al tarot y luego al ritual espiritista. Todos coincidían en el mismo diagnóstico: has sido víctima de una “demanda” (entiéndase: trabajo de brujería). Cada uno de estos maestros en su arte le ponía un color de su preferencia y rubro experimental al trabajito y, desde luego, su propia solución: baños de agua, perfume y miel, limpieza de pisos con vinagre y laurel, espejitos refractores de malas ondas en la entrada de la casa, campanillas feng shui para atraer la bonanza, billetes de un dólar doblados en la billetera, sesiones de visualización positiva y demás menjunjes.

Mientras estos artilugios hacían su trabajo protector, empecé también a frecuentar médicos, psicólogos y sacerdotes que me dieran respuestas un poco más cercanas a la realidad. Terminé tomando más o menos cinco pastillas diarias, con una biblioteca nutrida en libros de autoayuda y la medalla de San Benito en el cuello. Nada parecía surtir el efecto deseado, hasta que llegó a mi casa, un día cualquiera sin previo aviso, un viejo amigo que hacía años no veía. Al abrir la puerta, me desconoció, casi que pregunta por mí. No dijo nada sobre mi cambiado aspecto: desaliñada, en pijamas, pelo corto y diez kilos menos, pero se dio cuenta que la cosa no estaba para nada bien desde la última vez que nos habíamos visto en donde mi larga cabellera de ondas pelirrojas sobre los tacones agujas despertaba giros de cabeza y accidentes de tránsito.

Al contarle los pormenores de mis desgracias y andanzas espirituales, él me sugiere que podría ayudarme. Yo me quedé callada y mis ojos más que abiertos le indicaron que la sorpresa no era porque él se dedicara a estas ayudas no científicas, sino porque no sabía que había más de todo aquello.

Efectivamente, mi amigo era Pae de Candomblé y yo me estaba desayunando de la novedad a las seis de la tarde, mates de por medio en el comedor de mi casa. Me contó su historia, cómo llegó a la práctica de su religión y el modo en el que decían ayudar a la gente a salir de todo tipo de problemas. Fue hasta el auto y trajo una caja en donde guardaba los “buzios”, un conjunto de caracoles consagrados que eran lanzados sobre un mantel blanco y redondo en donde cada divinidad tenía un espacio adentro del círculo de colores adornado de objetos preferidos por las deidades. Ante las preguntas del consultante, en ese caso yo, los caracoles eran lanzados y mi amigo interpretaba lo que sus orixás querían darme como respuesta, en función del lugar en donde caían los buzios.

No quedó ahí, porque obviamente quise saber más ante la inminente declaración de estas nuevas deidades espirituales que no sólo corroboraban el diagnóstico de los demás, sino que además pedían una limpieza espiritual y ofrendas. Pautamos hacerlo a la semana siguiente y al llegar al templo para el ritual, veo que estaban preparando una fiesta para las entidades. Me cuentan de qué se trata y pido quedarme. Me autorizan y ordenan colocarme una falda larga acampanada de color blanco.

El batuque consistía en una noche de tambores que sonaban a gusto de los espíritus, y bautizados que giraban sobre su propio cuerpo al ritmo de los tambores para ser poseídos por las entidades, deseosas de un cuerpo que les facilitara todo lo que extrañaban de su vida terrenal: comida, bebida, cigarros, perfumes, ropas de lujo, bailes, fiesta.

En un momento, el ritual se detiene y los participantes, ya posesos de sus espíritus rectores empiezan a dirigirse a las personas que habían ido a consultar sobre sus problemas. Las profecías parecían ser bastante certeras y mientras yo veía la escena, pasa delante mío una mujer vestida con galas de gitana que se detiene, retorna su mirada hacia mí y en un perfecto portugués me dice “usted se tiene que querer más” y luego se sacó una de las monedas que colgaban de la tiara que portaba en su cabeza y me la entregó.

Me quedé aturdida. Cuando los tambores empezaron a sonar nuevamente y el ritual continuó, vestida yo como estaba, con la falda prestada, fui invitada por uno de los bautizados posesos a “girar” en medio de la ronda batuquera. Fue una experiencia de la que no podré olvidarme nunca más. La Mae que presidía la reunión me colocó un sombrero durante el giro y perdí levemente el equilibrio pero continué girando sin marearme ni caerme. Aunque no perdí en ningún momento la conciencia, mi percepción de la realidad cambió en ese giro en el que pareció que el eje de mi vida volvía nuevamente a colocarme en posición vertical ante mí misma y ante los que observaban perplejos. No estaba bautizada, no había ido nunca antes y según ellos, me reclamó la mismísima Reina del Astral, la Señora de la Encrucijada, la dueña de la Calunga, Alto Exú de almas.

Volví a casa sorprendida. El espíritu que ansiaba dirigirme no era menor, y disponía de potestad entre ambos mundos. Era todo muy extraño pero al mismo tiempo podía comprenderlo con exactitud. Todas las preguntas que me había hecho, tuvieron respuesta y me despegué de la situación inicial de desasosiego y confusión.

Me puse a escribir una historia y otra y otra. Los arquetipos jugaban con mi alterego y, frente al teclado, ejercí la majestad de decidir los destinos de los bufones que pasaban frente a mí en una danza eterna con bolas de colores surcando el aire.

Aunque aquella pareja no volvió, cancelé la deuda y apareció alguna otra, el vecino sigue viviendo al lado de mi casa y los dolores de cabeza a veces retornan…, salud, dinero y amor no me han faltado desde entonces y si volviera a ver a la gitana que me dio esa noche la sentencia y la moneda, que aún conservo, le diría: deme dos.