Elais

En la selva, las bestias y los años van a contramano del hombre diferente. Ladran, ignoran, rugen. ¿Por qué dudarlo? Ésta es la selva. Es mi historia. Faltarán palabras para escribir la expresión exacta de mis pensamientos (tampoco encuentro los verbos que podrán vestir la desnudez de tu ausencia, pero estoy seguro de que nuestro grito no será en vano).

Elais. Así se llamaba mi hermana menor. Ése es su nombre entre los inmortales. Siempre admiré su sonrisa, su inocencia, aquella voz de sirena que aún suena en mis oídos y esboza una pena en mi interior. Mi nostalgia habla de ella. Todo se trata de Elais.

Nacimos acá. Nos criamos entre la maraña, la pobreza y el buen consejo de nuestros padres. Al poco tiempo de haber cumplido mis dieciocho años, los vimos partir. Nos quedamos huérfanos en la vida, en esta tierra de siglos derrotados, frente a las criaturas que se burlaban de nosotros. Fuimos madurando y comprendiendo de qué se trata tal lugar. Por eso, hablaré de un solo día o, más bien, del último. Referiré la razón de los llantos y el dolor en mis huesos. Gritaré lo más fuerte que puedo aun sin ser escuchado. Seguiré derramando sangre y haciendo garabatos en este manuscrito. Porque estoy afligido, mas no desesperado. Me queda poco tiempo de vida, y tengo una esperanza.

Caminábamos entre la inmensidad de los árboles. Íbamos alegres aunque seguían siendo tiempos difíciles. En una parte del trayecto se vivía el imperio agreste: continuidad de pastos, arroyos, sonido animal, pájaros, lagartos camuflados en la gran vegetación. Luego, un poco más allá de la fantasía, se veía, a lo lejos, un cartel cuya imagen era la de una mujer fumando un cigarrillo. Después se divisaban semáforos, comercios, tabernas. Los arroyos se convertían en veredas. Los árboles, en enormes edificios. Una vez más volvimos a desengañarnos: la selva no era selva, pero la ciudad no dejaba de ser nuestra jungla.      

Atravesamos las calles de la decadencia. Queríamos llegar a la costa del mar, que estaba a un kilómetro de nuestros pies. Ahí nos sentábamos a almorzar, leíamos libros, escribíamos poemas, descansábamos frente a las aguas, aprendíamos los proverbios del silencio.

Elais llevaba dos panes y cinco peces en su cesta preferida. Yo tenía en mis manos un cuaderno mientras mi pluma tejedora de palabras descansaba en uno de mis bolsillos.

Seguimos caminando. Escuchamos unos pasos que retumbaban en la lejanía.

—Elais, ahí vienen. Parece que no se cansan de ir de un lado a otro. Acordate que son peligrosos. Si no les hablamos, no nos harán daño —dije.

—¿Por qué siempre tiene que ser así? ¿Tan malos son?

—Sí. Cuando crezcás lo vas a entender. 

—¡Pero me caen bien! ¿Por qué no los ayudamos a ser buenos?

—En otro momento. Ahora no. Va a ser mejor que te quedés callada… ¡Silencio!

Los vimos acercarse. Se trataba de una manada. A gran distancia parecían animales de varias especies: zorros, osos, guanacos, pumas y monos. A medida que se asomaban, su cuerpo cambiaba de estatura y proporción. Se deformaban lentamente hasta convertirse en una sola raza. Tenían brazos, piernas, ropa a la moda y ojos estúpidos. Nos ignoraban. Se reían en lo bajo. Elais, con su inocencia y valentía, les empezó a hablar. Los invitó a la playa, mencionó la bondad  de Dios. Les dijo que no tuvieran esas caras perversas y todos fueran felices. Traté de hacerla callar para evitar una desgracia. Se detuvieron…

Mi hermana siguió hablando. Mostró su sonrisa de alba, su amor de niña. Algunos parecieron conmoverse. Otros, comenzaron a sentirse ofendidos. Ocultaron una tragedia en sus falsas sonrisas. Entonces supe lo que iba a ocurrirnos.

Tomé a Elais del brazo. Traté de alejarla de aquella multitud de caníbales.

Ella no dejaba de sonreírles y, cuando decidí cargarla en mi espalda y empezar a correr, nos acorralaron. Intenté defenderla con puños y gritos. De nada sirvió. Me dieron una paliza, la arrancaron de mis brazos, se la llevaron a algún lugar de la selva. Fue una de las pocas veces que la vi llorar. Creo que no lloraba por su propia tortura; ella sufría porque me vio solo y triste.

Quise levantarme del suelo, rescatarla, evitar su partida. Hice el intento y mi cuerpo desmayó. Los vi alejarse. Iban retomando su figura de animales de distintas especies. Los edificios se convertían en árboles, la selva volvía a ser selva y tuve que marcharme sin Elais. 

Llegué, arrastrándome, a la playa. No me moví de este lugar. Así me quedé: muriendo, escribiendo, tachando los insultos que esas criaturas se merecen y, al fin de cuentas, no me llevan a nada. Mis palabras no me traerán a mi hermana de vuelta (¡Dios mío, es difícil ir en contra de la manada!).

Por otra parte, estoy seguro de que las bestias tendrán su castigo. De hecho, ya alcanzo a divisar el fuego y el humo que proviene de los árboles. ¡Todo se está quemando!

Miro el mar. Veo un barco. Viene hacia mí. Viene muy lento. ¡Dios mío, falta poco! Ya termino…  ya muero… ya vivo… ¡Y siempre supe que me marcharía así!  Así y no de otra manera: marchitándome con las manos vacías, sonriendo aunque lloro, cumpliendo mi misión: soñar que sueño, hacer lo correcto, vivir toda mi vida para morir así…

Se trata de estos papeles: sangrar, escribir, partir dejando en el tiempo semillas y palabras que podrán ser leídas de aquí a cien años (y todavía más). Alguien sabrá mi grito: los hombres bestiales no van a ningún lado; el hombre con esperanza morirá siendo hombre.     

Se trata de los pueblos, los criterios y la selva. Se trata del mundo que tiembla en mis manos. Se trata de la voz del silencio. Se trata de Elais.