Donde germinan los sueños

Patin 1

Una de las cosas que más disfruto hacer en mi tiempo libre, es patinar en el parque. Además de ser divertido, pese a las caídas, me llena de energías y me mantiene en forma: modela cintura, fortalece abdomen, tonifica glúteos y piernas, ayuda a quemar calorías, en fin, mejora la salud en general y el bienestar, y si lo hago con amigas es doble satisfacción.

Cuando patino en soledad, como esta tarde, es también el momento en que doy rienda suelta a todo tipo de pensamientos. Como tengo la manía de vivir con un pie en la realidad y el otro en los sueños, me siento la única alma en todo el perímetro del lago. Mientras tomo velocidad y el viento fresco me pega en la cara, mis pensamientos se centran en esas cosas que nunca voy a poder hacer aunque quisiera. Y mi teoría es que la idea positivista de que “nada es imposible si te lo propones”, plasmada en esos libros de autoayuda que todo lo pintan rosa, es una auténtica mentira que puede llegar a ser perniciosa. Querer, muchas veces, no es poder. Es que hay un momento en la vida en que debemos entender que hay cosas que no sucederán, que forman parte de ese universo donde duerme la vorágine de sueños incumplidos y deseos imposibles. Como subirme a una montaña rusa o escalar el Aconcagua, por mencionar a algunos. Y no es cuestión de pesimismo, sino de sabernos incapaces, de conocer nuestro potencial humano y nuestros límites. Hay cosas, también, que vamos dejando en el camino para conseguir otras, ni hablar de las muchas a las que renunciamos porque nuestra moral no las consiente, y otras tantas es el miedo que boicotea nuestras ganas de hacerlos realidad. Y es que todo no se puede en esta vida, y no queda otra más que resignarnos, aunque duela, aunque nos invadan oleadas de arrepentimiento por dejarlos ir. Como ese deseo profundo, que me enciende, que se ha adueñado de mí desde hace tanto tiempo y en el que temo eternizarme. Un deseo que me atravesó las entrañas y se enquistó en mi corazón, formando parte de mis fantasías más anheladas. Y que con cada vuelta al lago más me convenzo de que está destinado a no concretarse. Que por más que intente encontrarle la vuelta, nada se me ocurre para hacer que ocurra. No hay forma, ni estrategia posible, ni siquiera la más remota chance de que se haga realidad. Y entre todas esas cosas que nunca podré hacer, es la única que me apena. Pero aún así, lo prefiero inalcanzable a no tenerlo, y es que no sé vivir sin desear intensamente. Al fin y al cabo somos el fruto de nuestros deseos, y a ellos les debemos que la alegría de vivir no nos abandone. Y porque, como leí por ahí, “el ser humano nunca debe dejar de ser esa materia asombrosa donde germinan los sueños.”