La pesadilla de Walt Disney | Final

Leer primer capítulo.

Hurrem, al ver a las muchachas, felicitó a sus sirvientes por el trabajo que habían hecho con ellas y ordenó hacer una fiesta esa noche, en la que las esclavas bailarían para los príncipes. Ellos, que espiaban lo que sucedía en el harén, no sabían si agradecer o maldecir, porque ya estaban bastante ansiosos y pensaron que el trámite era más rápido. Tendrían que esperar hasta la noche y encima juntar las piernas frente a las muchachas mientras durara el baile.

Las chicas sabían bailar, excepto Mulán y Pocahontas, pero nunca lo habían hecho solas, ya que en sus tierras tenían que esperar a que los caballeros las invitaran. Eso de bailar solas, exhibiéndose, las tenía más que excitadas. Cenicienta se sintió a gusto eligiendo vestidos y se puso exultante cuando le dieron zapatos nuevos. Aurora (la bella durmiente), se había pasado de rosca con la cafeína y bailaba mientras la vestían. Blancanieves se amotinó con el vestido blanco apenas lo vio y no hubo manera de quitárselo. Mulán buscaba un kimono entre los atuendos y Pocahontas, que había entendido de qué venía la cosa, agarró una tijera y empezó a cortar los vestidos para que se les vieran los abdominales y al bailar, las telas dejaran ver las piernas. Al principio las demás princesas se enojaron con la aborigen, pero al verse en el espejo se dieron cuenta de que sus siluetas estaban más que agraciadas con el cambio y recordaron a Jazmín, que siempre andaba mostrando la cintura.

Antes de la fiesta que había sido preparada para presentar a las muchachas a los príncipes, Hurrem se dirigió nuevamente al harén para revisar el aspecto de las esclavas y hablarles por primera vez. Parada en el medio de los aposentos, levantó la ceja izquierda y les dijo: “Escúchenme bien, niñitas exóticas, acá las cosas no son del estilo vivieron felices y comieron perdices y si quieren ganar el corazón de mis príncipes y no morir en el intento, más les vale que no se hagan las exquisitas y mucho menos que se atrevan a llamarme bruja, porque las que conocen son nenitas de pecho al lado mío. Acá no hay hadas salvadoras ni hechizos maléficos. Si quieren sobrevivir sean astutas, malas, inteligentes, estrategas, buenas en la cama, no teman deshacerse de sus enemigos y lo más importante, embarácense cuanto antes y no sean amigas entre ustedes, porque un solo príncipe será Sultán y las otras quedarán viudas”. Mahidevrán (la otra concubina del Sultán y madre del primogénito Mustafá), que oía el discurso desde un rincón, se mordió la lengua o habría un asesinato ahí mismo, delante de las muchachas, que se miraron entre ellas pensando que les habían cambiado el cuento. Aun así, estaban ansiosas por conocer a los príncipes, a los que hasta el momento no habían podido ver.

Hurrem salió del harén y se dirigió a los aposentos donde aguardaban los príncipes, que estaban más entusiasmados que las muchachitas y se habían juntado a hacer una previa para relajarse y divertirse al estilo de los varones otomanos jugando a las luchitas. Al ver entrar a la Sultana, los chicos se ordenaron y reverenciaron. A ellos también les habló. “Mis príncipes, mis héroes y mi querido no hijo Mustafá –comenzó a decirles en un tono muy dulce-, ha llegado el momento que esperaban. ¡A ver si se hacen hombres de una buena vez! –les gritó con tal fuerza que hasta Sumbul se estremeció–. Estas chicas vienen de otros sitios que no se parecen en nada a lo que ustedes conocen, así que confío en que les sabrán enseñar, como Alá manda, de qué se trata esto. Uno de ustedes será Sultán, pero no se entusiasmen demasiado en quién ascenderá al trono, porque no depende de ustedes, sino de ellas. No sabemos todavía quien le llenará mejor la cabeza a quien en contra de sus hermanos, quién será capaz de no hacerme enojar y cuál de todas sea más mosquita muerta frente a sus cuñadas”. Los príncipes, sorprendidos, de repente se dieron cuenta de que se les había ablandado la entrepierna y para cuando su madre salió de los aposentos, si miraron levantando las cejas y carraspeando la garganta.

Sumbul golpeó la puerta y entró para darles el paso a las princesas, que venían, muy en contra de su voluntad, con un velo que les cubría la cara. Se quedaron quietas, excepto Aurora, poseída por las dotes del café, que cortó el momento improvisando una danza bastante aburrida y sin demasiada coordinación. Mulán se quitó los zapatos apenas entró y Cenicienta la empujó diciéndole que ese libreto era de ella. Blancanieves no dejaba de hacer jueguitos de ojos mientras bailaba y Pocahontas agarró el tambor y se puso a ejecutar la melodía al tiempo que danzaba un ritmo que nadie conocía. Aurora, que estaba drogada, bailaba igual lo que sonara y ya había cautivado a Selim, al que le pasaba lo mismo de la borrachera que cargaba. Cihanger no dejaba de mirar a Bella, que mientras bailaba observaba la biblioteca del salón. Mustafá le sonreía a Blancanieves que le guiñaba el ojo y Bayazeto se había fijado en Pocahontas, la seductora y exótica bailarina de grandes ojos. A Cenicienta le había entusiasmado Mustafá, pero viendo que Blancanieves se había quedado con el primogénito, se conformó con que le seguía en orden sucesorio, el tímido Mehmed. Mulán, al ver que se estaba quedando afuera, salió de los aposentos y buscar a su compañero de aventuras palaciegas, Malkocoglu Bali Bey, quién se había escapado del asedio de la hermana de los príncipes (la Sultana Mariam), quien estaba ciertamente celosa ya que a las sultanas no se les permite eso de elegir varones para pasar la noche.

Para la hora de ir cada príncipe a sus aposentos, parecía que la cosa estaba resuelta. Cihanger le leía cuentos a Bella, Bayazeto había aprendido la danza tribal de Pocahontas, Aurora y Selim se habían quedado desparramados en un rincón con los ojos volteados, Mustafá y Blancanieves seguían histeriqueando mutuamente y Mehmed se había llevado a Cenicienta al balcón para mostrarle Constantinopla de noche. Todo aparentaba con lo más parecido a un final feliz que las princesas conocían de memoria, hasta que al primogénito de Hurrem se le ocurrió intentar quitar el velo de Cenicienta para besarla y ella huyó despavorida con el viejo truco de dejar un zapato en el camino. Las demás princesas, que no sabían lo que pasaba, salieron corriendo atrás de Cenicienta, cargando en andas a Aurora, que no podía sostenerse en pie. Hurrem se despertó con el alboroto en el harén y cuando salió de su habitación se encontró con el amotinamiento de los príncipes que reclamaban a sus muchachas y a Mehmed con el zapato en la mano. En ese momento lo llamó a Sumbul, quien apareció con su cara de gato con botas a recibir la orden: “¡Llamen al pelotudo de Walt Disney! ¡Ahora!”. Sumbul, temblando de miedo le respondió: “Sultana…, eso no es posible, dicen que el hombre está congelado al otro lado del mundo. Pero…” “¡Pero qué, Sumbul, habla!”. El eunuco un poco dudoso le dijo: “Podemos llamar a Marvel…”

Así, apareció volando Iron Man en el palacio de Topkapi para ordenar la situación: “Chicas, chicas, chicas…, lamento decirles que esa historia de los príncipes no va más. Vos –a Cenicienta– dejá de usar el truco del zapato, que varias calzan el mismo número, dame ese que te queda y salí de acá sin velo para que te agarre el que te pretende, o no llegarás muy lejos. Las demás, regresen a los menesteres que las estaban entreteniendo con sus respectivos caballeros, que yo tengo cosas más importantes que hacer –dijo guiñándole un ojo a Hurrem–”.

Al ver a la pelirroja cautivada, Sumbul se apartó ante paso de Iron Man, quién zapato en mano, se arrodilló para tomar la pierna de la Sultana y se lo probó. “Parece que te queda bien”. Hurrem estaba extasiada y rendida a los brazos del multimillonario, playboy, empresario y filántropo que le dijo en su conocido tono seductor: “Necesito una asistente y adoro las pelirrojas”.

La Sultana se abrazó a él y salieron del palacio en vuelo supersónico. Bayazeto se fue con Pocahontas en un barco hasta Sudamérica a buscar El Dorado y nunca más los encontraron. Mustafá partió con Blancanieves a las montañas y fueron interceptados por la madrastra, que se deshizo de ellos incendiando la cabaña en la que decidieron pasar la noche. Mehmed y Cenicienta fueron mordidos por una serpiente camino a la mezquita en la que iban a casarse. Cihanger y la Bella se ocultaron en un monasterio de Notre Dame. En el palacio, Suleimán sufrió un ACV y como los únicos que quedaron en Topkapi, porque se habían quedado dormidos, fueron la Selim y Aurora, él se convirtió en Sultán y ella en la heredera de Hurrem, con algunas diferencias de guion que luego se adaptaron.

Ahora la pelirroja anda haciendo de las suyas en las taquillas de Hollywood, aumentándole la fortuna a Marvel y asegurándose de que el manipulador de historias de Walt Disney siga bien congelado y sin enterarse que sus princesas no tuvieron un final feliz, no vaya a ser que meta a la Sultana adentro de un cuento y la convierta en buena o le cambie su bello rostro para ser la bruja mala y fea. En cualquier caso, ya se hizo amiga de la doctora Polo, que le resuelve cualquier problemita, le da asilo en la embajada o le tramita en tiempo récord la ciudadanía. Después de todas las que ha pasado, no deja de ser una rusa revoltosa en el ombligo capitalista del mundo, y si Putin se entera, de esa no la salva ni el escudo anti-misiles del Capitán América. ¡He dicho, caso cerrado!