Soñemos que me quieres y te quiero…

Parque Lezama 2

Salimos del restaurante, que en realidad era una parrilla con mesas de mantel y servilleta, y caminamos media cuadra hasta que el cruce nos abrió la esquina de la plaza. Unos farolitos tangueros que sobrevivían en esas veredas angostas de San Telmo nos pintaron de sepia y ocre. Ya me había gastado los veinticinco pesos que tenía en aquella comida y en esa esquina te tomé de la cintura y, sin música, sin ritmo, empezamos a bailar. El frío ya no era tan frío y te empecé a cantar esta canción. La canté sin pensarla, la tenía en la mente y salió sola, y cerramos los brazos, y apoyaste tu cabeza en mis hombros, y bailamos, y cantaba, pero en una parte del estribillo me frenaste, “no, no, volvé a empezar”, y volví a empezar, y eramos una lentísima perinola que nunca caía, un remolino eterno sin tiempo ni apuro, lento, muy lento, que solo existía en esa esquina por el murmullo de mi canto. Y llegué al estribillo, y me quisiste callar, pero tapé tu boca con dos dedos y continué, “…Soñemos, que me quieres y te quiero, no importa que mañana al despertar, tus besos, se despidan de mis besos, así nuestro embeleso morirá con nuestro amor…”. Como siempre reías no creí que fuera tan importante, pero después de haberlo cantado entendí. Después de cantarlo y después de que hundiste tu cara otra vez en mis hombros. Y canté otra canción, y otra más, pero la plaza ya nos había echado de su cápsula atemporal y, caminando, nos desvanecimos abrazados hasta ese cuarto barato con el cartel luminoso que tronaba mudos y potentes refucilos celestes en nuestra ventana. Después te fuiste a Europa, y en el mar naufragó toda esta historia y ya no te vi más. Y hoy recuerdo ese estribillo, y ese baile… y esa noche. Y sí, también te recuerdo a vos.