Sus plegarias, no fueron escuchadas

–Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…– vociferó la señora, y alzó ambos brazos.

Ella estaba parada en la carretera, delante tenía un rejunte de piedras, de diferentes tamaños, que se habían desmoronado de la montaña y atrás un colosal barranco. Su tez morena era intensa, su ropa de varios años atrás, su educación cristiana y su voz clara. Su rosario blanco era grande y colgaba de su cuello. Había gente cerca que le gritaba en señal de advertencia pero no quería llegar a donde ella estaba, ya que era inminente el desprendimiento rocoso. El cielo se encontraba despejado con un áspero sol que daba una total claridad de lo que sucedía.

–¡Señora. Se le va a caer la montaña encima!– dijo un hombre que hacía rato, la estaba mirando y logró interferir con su plegaría.

–¡Hereje! Dios me salvará, él creó la vida y la naturaleza. Él es capaz de todo– respondió la señora con una mirada repleta de ira– ¿Quién te creés que sos, para cuestionar el poder de Dios?

–Señora, se va a morir.

–¡Hombre de poca fe! No sabe lo que es capaz de hacer el Señor– elevó su mirada al cielo y continuó– Venga a nosotros tu reino…

Se comenzó a desprender más montículos, que caían girando con un intenso color marrón polvoreando su alrededor volviéndose una ola destructiva, que arrasaba desde la punta de la montaña en picada hacía donde estaba la señora. Su postura fue firme y sus palabras sonaban con un tono más alto.

–¡Santificado sea tu nombre…!– gritaba gesticulando con violencia mientras observaba a pocos centímetros todos las piedras rodantes que la habían cegado por el polvo.

Terminó arrastrada por la naturaleza que había creado su Dios hasta hundirse rotundamente entre las rocas, que rompían sus huesos, desfiguraban su rostro, trituraban su piel y la ahogaban en el infierno terrenal que yacía en el barranco. Al parecer, sus plegarias, no fueron escuchadas y los pedruscos seguían bajando como el agua de un espantoso manantial.

 –Que la parió a la vieja culiada– vociferó el viejo y se sacó la gorra, mientras más personas se acercaban a contemplar el rio de piedras– Gracias a Dios, a mí no me pasó nada.