La pesadilla de Walt Disney | Parte 1

Mehmed, Selim, Bayazeto y Cihanger estaban crecidos y aburridos en sus lujosos aposentos, espiando a las esclavas del harén de Suleimán, a las que no podían tocar, porque eran propiedad de su padre. Hacía rato que le venían haciendo caso a su madre en cuanta maldad a ella se le ocurría, para que se decidiera a tener nueras. Si hoy una nuera es una complicación, en aquel tiempo, un harén de ellas debía requerir una energía inconcebible y para colmo de males, Hurrem no tenía un solo hijo varón, como Mahidevrán, sino cuatro varoncitos viriles con aspiraciones a Sultán de las siete regiones (no es un spoiler de Games of Thrones). De modo que había mandado unos cuantos sirvientes a diversas regiones del mundo conocido y del recién descubierto, para que trajeras muchachas a sus príncipes.

Mustafá, el hijo primogénito de Suleimán con Mahidevrán, no había tenido mucha suerte con el harén que le había elegido su buena madre y cuando se enteró que Hurrem estaba reclutando candidatas, partió a Topkapi para llevarse la menos una de las muchachas para su provincia, ya que estaba más crecidito y era hora de que encontrara alguna que le diera un heredero. Allí lo esperaba Malkocoglu Bali Bey, conocedor de los mejores burdeles de Constantinopla, para hacerle de consejero.

Al tiempo de haber partido, los sirvientes de Hurrem fueron asistidos por legiones de jenízaros para ayudarles con el encargo y protegerlos de las niñas que encontraban, nada dóciles por cierto. Tras varias semanas, llegaron al Bósforo varios barcos provenientes de los siete mares, con las muchachas que habían sido seleccionadas para presentar a la Madre Sultana. La llegada al palacio no fue diferente que la permanencia de las chiquillas en el barco. Sumbul Aghá, el eunuco encargado del harén, no daba abasto con las reclutas y los baños del palacio estaban cooptados por las recién llegadas, que hablaban todos los idiomas menos turco. Cuando a Cenicienta le quitaron los zapatos entró en un ataque de ira, Aurora (la bella durmiente) se desmayaba a cada rato, Blancanieves había convencido a todas las chicas de que no se les ocurriera comer manzanas, Pocahontas se escapaba a los jardines y Mulán le daba lecciones de defensa personal a Malkocoglu Bali Bey. Al ver llegar a los enanos, a Sumbul casi le da un infarto. ¡Por Alá!, era lo que más se escuchaba en los pasillos de Topkapi.

Hurrem llamó a Sumbul para que le diera el reporte del reclutaje. “La verdad, Sultana, que no hemos tenido mucha suerte… Son muy bonitas, pero algo… ¿cómo decirlo…?” Hurrem lo miró con la ceja levantada pidiendo mayor explicación. “Aunque dicen algunas incoherencias, son demasiado dóciles y virginales… Y, hay dos de ellas que aparentan ser bastante exóticas…”, explicó el eunuco. “¿Alguna con cualidades especiales?”, preguntó la Sultana.  “La huérfana dice tener palomas que arrancan los ojos a hermanastras malvadas, otra tiene un séquito de enanos que no paran de cantar, otra lee todo el tiempo y la cuarta no deja de dormir, así que no hemos podido saber mucho de ella, aunque las demás dicen que está bajo el efecto de un hechizo”, comentó el sirviente. “¡¿Esas son las normales?!  ¿Y las exóticas?”, quiso saber Hurrem, sorprendida con la variedad de personalidades. “Bueno, una de ellas estaba vestida de hombre cuando la encontraron y la otra está semidesnuda y se niega a vestirse y peinarse”, respondió Sumbul. Hurrem suspiró y se agarró la cabeza murmurando: “estos jenízaros no sirven ni para elegir mujeres… ¿de dónde las trajeron?”. “Vienen de distintos lugares, pero todas dicen que han estado en Disneylandia”, dijo el dubitativo Sumbul. “Ya me imaginaba yo que ese occidental hijo de un granjero y una maestra les iba a estropear la cabeza a las niñas con sus cuentos…”, dijo la Sultana meneando la cabeza y un poco ofuscada, luego ordenó que alistaran a las jovencitas para ser presentadas lo antes posible. 

Los jóvenes estaban deleitados espiando a las recién llegadas y Hurrem le preguntaba al espejo quién era la más bella de todas. Obviamente el espejo, que no era ciego y mucho menos estúpido, antes de terminar estampado contra el piso le decía que no había mujer en el mundo más bella que la Sultana Madre de los príncipes herederos. Mahidevrán no contaba, a pesar de que también tenía un príncipe aspirante al trono, porque ella se miraba en otro espejo que le había regalado una tal Isabella, de la que Hurrem se deshizo sin mucho trabajo luego de que la joven española osara visitar los aposentos del Sultán por obra de la arpía de su suegra, ávida por sacar a su pobre hijo de la influencia de la astuta rusa, que además tenía el pelo bien rojo para no pasar desapercibida como una turca más. A la suegra no le tocó mejor suerte que a la española, porque Hurrem no se andaba con vueltas a la hora de mandar cadáveres al Bósforo, aunque a su suegra la mató de un infarto al decirle que el bueno de Ibrahim, su yerno y mano derecha del Sultán, se veía por las noches con la maestra del harén, la misma que les estaba enseñando el idioma a las nuevas esclavas que irían a los aposentos de los nietos. Es que Ibrahim no quería ser menos, y se estaba armando un harén clandestino, robándole las chicas a su jefe.

Las princesas de Disney estaban horrorizadas con las intrigas palaciegas y las cosas que le enseñaban todos los días. El tío Walter no les había dicho que había princesas diferentes a ellas y que encima tendrían que compartir los príncipes, mucho menos les había hecho vivir cosas semejantes a un suegra o cuñadas, cómo máximo alguna bruja que siempre terminaba mal, pero en el palacio de Topkapi, no había en verdad algo que a las princesas occidentales les pareciera un final feliz. El perspicaz Sumbul no tardó mucho en persuadirlas de que, si querían tener una buena vida, mejor que se hicieran amigas de Hurrem y si tenían suerte, quizás podrían ser sultanas más adelante. Las princesas aceptaron el consejo del eunuco que además les enseñó a bailar, algo básico para llamar la atención de los príncipes, aunque ya con las ganas que tenían los señoritos de dormir acompañados, que bailaran bien era lo de menos, y acudieron entonces a los consejos de la maestra, que bien sabía de andarse escondiendo por las noches con el cuñado del Sultán.

Luego de las clases, que tomaron un par de semanas, las chicas estaban listas para ser presentadas. Mulán y Pocahontas habían aprendido modales femeninos, Aurora se mantenía en pie gracias al café que le preparaba Sumbul, especialmente cargado, bien a la turca. Blancanieves se había acostumbrado a sobrevivir sin los enanos, que ya venían castrados y no tardaron en ser incorporados a las filas de los príncipes (porque eran blancos, los negros servían a las mujeres –de ahí la fantasía sobre los miembros viriles de los hombres de color y también el motivo por el cual eran castrados–). A Cenicienta le salía bien el personaje de pobrecita y Bella se la pasaba leyendo cuentos de romances imposibles y poemas de amor. Cuando Sumbul anunció con un grito la llegada de la Madre Sultana, todas las princesas (que ahora eran consideradas esclavas propiedad de la dinastía otomana), se colocaron en fila y bajaron la cabeza en señal de reverencia, pero no dejaron de mirar con los ojos hacia arriba. Después de todo, ellas también eran princesas…

Hurrem las miró con un poco de desprecio, eran bastante bonitas y se alegró de que fueran a parar a harenes que no le pertenecieran a su Suleimán, de otro modo, las chicas no hubieran tenido chances de salir vivas de ahí. Los príncipes espiaban desde una ventana en el rincón, agachaditos para que no se les notara el apuro debajo de las batas.

¿Quién iba a ser seleccionada para cuál príncipe? ¿Podrían ellos pedirle a su madre alguna en especial? ¿Se acostumbrarían ellas a las normas del harén?

La próxima semana… el desenlace.