El Ofertante

(Extraído del libro La Paz es Para los Muertos de Sebastián Valverde)

El colectivo seguía derecho su curso y no necesitaba pensármelo ya dos veces. Se notaba la velocidad a través de la ventanilla, que me acercaba a mi futuro, mis compañeros de cocina me acompañaban,  leyendo un folleto o comiendo algún aperitivo. La gente sacaba fotos por la ventanas impecables y había olor a auto nuevo. Me daba pena que nadie se imaginase lo que cargábamos escondido entre los asientos: cilindros de plástico repletos de pastillas que te vuelan hacia la estratósfera con simpáticas formas de ladrillos rosáceos Lego.

Nuestro plan era sencillo: ingresar a Chile, ir a cada punto masivo de venta, colarnos en fiestas electrónicas a vender, mantenernos con un perfil bajo constante, involucrar a nuevos allegados y, si sobraban algunos ladrillos, dirigirnos hacia Viña del Mar, para venderles a niños de papá hambrientos de su poderoso antidepresivo.

Tenía puestos los auriculares, escuchando algo de música House, acomodando mi espalda constantemente para que los cilindros fuesen invisibles. Por la ventana sólo se observaba la insípida nieve cubriendo las oscuras montañas monumentales. Desearía no estar sobrio y poder contemplarlas bajo el estado de alguno de mis elaborados productos caseros. La ruta se deslizaba en un estado favorable, comparada a la de Argentina, y recordaba la producción minuciosa de las sustancias.

El frío se notaba en los pies y en las manos. Dentro del colectivo la calefacción te mantenía acogido pero no caliente. Tenía puesta una campera rompevientos, un pantalón deportivo con dos líneas paralelas blancas a los costados, lentes profusos negros y unas botas marrones. Aún así el viento gélido se filtraba por mi cuello, mangas y tobillos .

Soñaba con una vida helenística, en donde jóvenes vivían tan amotinadamente, que siquiera la muerte se les acercaba, trabajaba para esos chicos (los revoltosos, los suicidas, los extravagantes, pacifistas, cobardes, valientes…, etcétera). Juego a la oferta y a la demanda, por esa razón siempre este negocio prospera. He logrado generar puestos de trabajo y montar una empresa propia. Que no busca matar, si no que el cliente siempre tenga la razón y vuelva. Sus frases célebres son <<Me dejó en la luna>>, <<¿Tenés más>>, <<Salgo el viernes ¿Podés venderme 5?>> y la mejor de todas <<Esas pastillas me dejaron re loco>>. Amo a mis clientes. Si la droga matase, sería un asesino y no vendedor. Cada quien hace con su cuerpo lo que quiera.

Como lo hago yo en las fiestas: llegaba junto a mi caravana de buenos muchachos, de verdad, a comerme la noche, me dirigía a la barra, pedía incontables tragos pintorescos, charlaba con mis desesperados clientes, fumaba cinco cigarrillos de marihuana, me dejaba absorber por las esquizofrénicas luces multicolores, la música que penetraba mis neuronas, las pastillas que hacen ebullición en mis tripas, la adrenalina saltante por mis vasos sanguíneos, los gritos descorazonados que emana mi desenfreno, las cabelleras que sujeto para introducir la lengua, la autoestima elevándose como una erección, carcajear con los brazos al viento y los rudos golpes de despedida cerca del estacionamiento.

Cerré los ojos por unos instantes, recordando más momentos gloriosos y lo menos pensado ocurrió. El colectivo se detuvo por completo, la gente se veía conmocionada, angustiada, durmiendo y mis compañeros con los ojos preocupados como terriblemente abiertos. Las palpitaciones se precipitaron y, al tragar saliva, hasta mis oídos sintieron el miedo. Fijaba la atención en diversos puntos e intentaba mostrar carente inocencia.

Un labrador bravo, de gran tamaño, con los pelos alzados y  un collar de cuero, olfateaba a cada uno de los que estaban sentados en los asientos, podías oír como buscaba esnifando desde hedores hasta perfumes.  Se acercaba a paso lento, los muchachos rascaban partes de su cuerpo y destinaban su atención a los montículos de nieve .

La piel se me puso de gallina. Por mis nostálgicos recuerdos, no pude escuchar cuando entraron y tampoco el típico discurso ridículo en busca de la libertad represaria de los policías. Las manos fueron a parar a los bolsillos de la campera, el pie derecho rebotaba con constancia, el incómodo sudor de la espalda daba mala espina, la lengua acariciaba a los dientes, el olfatear de animal se intensificaba y podía ver aquel perro, de infinitos ojos negros, ahora en frente del asiento.

Nuestras miradas se alinearon, las orejas del animal se movieron como antenas parabólicas y pude ver en cámara lenta el fruncimiento de sus colmillos. Le siguieron los ladridos, el aliento a crudo que salía de sus fauces, su mandíbula brutal, sus patas delanteras elevándose y detrás la cara pálida del policía.

—¿Puede levantarse ?— me preguntó con un tono grave.

Lo hice, le di la espalda y levanté las manos. Uno de mis socios ojeaba expectante, le giñé el ojo izquierdo y volteó la cabeza hasta esconderla detrás del cabezal. Las manos del oficial fueron desde los tobillos hasta mis costillas, sentía el apretar estrangulador de sus dedos gordos y su respiración perpleja por los ladridos del labrador.

—¡Shhhh!—le dijo al perro y me soltó—Estás limpio… ¿Qué es eso?— giré la cabeza preocupado y el reír del hombre saltó.

Me senté.

La presión arterial bajaba, mi mano derecha serenaba el centro de mi pecho y una mano, ya conocida, sujetaba de forma sorpresiva mi bíceps izquierdo. Ahora los ladridos ensordecían y señalaba con el hocico las pastillas desparramadas por el suelo. Al parecer un cilindro cayó, rodó y fue pisado por el oficial. En cuanto levantó la mirada, pudo verlas, de un salto intenté salir de allí pero otros dos policías me taparon la salida, sujetándome y paralizándome en el suelo. Su rodilla apretaba mi espalda.

—¡Eso no es mío!— es lo único que podía confesar en tal situación.

Días más tarde, fui noticia y adquirí fama, por ser el cocinero de 32 años que elaboraba éxtasis. Fui apodado el Constructor, que quedó al descubierto por la torpeza del policía. Nombraron cuanto ganábamos por la venta de estupefacientes y las toneladas obesas de dinero que se producen con la droga.

Me esperan algunos años, seguiré drogándome acá, recordando a mis viejos amigos, consciente del deseo de mis clientes y cómodo en una celda donde esperaré paciente. Porque se puede parar al ofertante pero nunca al demandante. Doscientas, veinte  pastillas fueron las que encontraron y contaron ¿Van a tirar todas?

La nota la pegué en la pared de la celda: “Cae cocinero que produce éxtasis”. Faltó decir: “Ahora se levantará en la cárcel un nuevo cartel”.

Por cierto… ¿Qué estas esperando para ir jugar con los Legos?