Por esas jugadas de la vida

Chico 2

¡Sonrían!”, les grité una vez que logré reunirlos a todos para tomarles una foto. Es el cumpleaños de mi hijo y los festeja con sus amigos. Verle la alegría plasmada en la cara, su risa y cómo se divierte, me emociona profundamente. De todos sus cumpleaños, este es el más especial. Ya que por una de esas malvadas jugadas que uno nunca espera de la vida, tiempo atrás se había enfermado. Esta vez no fue un resfrío como sólo le había ocurrido en contadas ocasiones, sino algo más complejo. El diagnóstico había tardado en llegar nada menos que dos eternos y tortuosos meses, en los que el mundo se me vino encima. Dos meses en los que lo había visto adelgazar día tras día hasta desnutrirse, por lo que la internación fue inminente. Es indecible la magnitud de la angustia, el dolor, la incertidumbre, la desesperación y el miedo pavoroso que me invadieron, simultáneamente, durante esos tormentosos dos meses. Emociones que se exacerbaban más y más con cada día que transcurría sin saber qué tenía, a tal punto de no comprender lo que estaba pasando. De no saber si la imagen de mi hijo tendido en la cama del hospital, con al menos siete médicos de diferentes especialidades encima de él, era real o la pesadilla más aterradora que jamás haya tenido, y de la que rogaba despertar de inmediato. Por momentos me sentía como si fuese otra persona, y que era ésta quien estaba viviendo esa desdicha. Porque las desgracias siempre les ocurren a los demás, no a uno. Siempre son los hijos de los otros los que sufren, no los nuestros. Y ahora le había tocado a mi niño, y me costaba asimilarlo. Cerraba los ojos y sentía que al abrirlos me encontraría en mi cama despertando de un mal sueño. Ahora era yo la que velaba por mi hijo deseando estar en su lugar. Y no hubo noches en las que no me acostara junto a él y lo abrazara con amor infinito, mientras le juraba en silencio, que iba a encontrar la manera de cobrarle a la vida, todos y cada uno de los días que lo había privado de jugar.

A cada instante me debatía entre mantener la calma y estallar en llanto hasta perder la cordura. No sé decir cómo, tal vez haya sido por obra divina o algún mecanismo interno que todos los mortales tenemos y que se pone en marcha en situaciones difíciles, pero el caso es que lograba serenarme, y menos mal, porque quién sino yo, iba a reconfortar a mi dulce niño con la más amorosa de las sonrisas y decirle al oído, todas las veces que lo necesitara escuchar, que “todo iba a estar bien”, mientras lo fundía en un abrazo, ese abrazo que él mismo me pedía para decirme en silencio “mamá tengo miedo”.

Me asombraba de mí misma mantenerme en pie y no derrumbarme, aunque estuve tan cerca. Igual que esas otras madres a las que observaba en el hospital, acompañando a sus hijos, increíblemente serenas, pero empapadas de mi misma tristeza, a las que tantas veces tuve el impulso de abrazar en un intento de aliviar la angustia, esa angustia que te deja sin aliento, te acelera el pulso y hace que te tiemblen las piernas. Y es que el potencial del ser humano es increíble. Descubrimos lo fuerte que somos cuando nos encontramos cara a cara con la adversidad. Y ahí estamos, haciéndole frente a eso que antes afirmábamos, fehacientes, no ser capaces de soportar. Algo de cierto debe de haber que en esos momentos, se activa una especie de artilugio, que solemos llamar fortaleza, otros le dicen resiliencia, que actúa como defensa y nos ayuda a mantener la calma y la lucidez. Y es justamente esa fuerza la que es admirada, como si fuera una virtud que sólo algunos poseen, por quienes no han transitado eventos tan difíciles.

Será que más allá de las circunstancias, todos tenemos ese preciado coraje que nos ayuda a sobrevivir una y otra vez los embates de la vida. De lo que sí estoy segura es que ya no volvemos a ser los mismos. De eso se trata la vida, de reconstruirnos después de cada experiencia para volver a empezar. Y no es sino en momentos de mucho dolor cuando aprendemos a vivir, y a valorar las rutinas de las que antes solíamos quejarnos, esas que nos demuestran a diario que todo marcha bien y que ahí está la felicidad.

Hoy, después de haberse consagrado campeón de muchas batallas, mi amado hijo cumple años, y verlo reír es la jugada más hermosa que me está haciendo la vida.