Aquelarre en el campamento

“¿Qué son esos gritos a esta hora?”

Brinka se despertó el sábado por la mañana, cosa extraña para una bruja, con las voces infantiles que no se oían muy lejanas. La noche del viernes había estado despierta preparando el aquelarre de luna llena, que sería la noche siguiente. Cuando la luna llena caía en fin de semana solían pasar estas cosas: gente despierta hasta tarde, que demoraba los rituales o los complicaba. En el verano y en la montaña, estas situaciones son muy comunes. En la montaña sólo duermen quienes viven allí, los visitantes pasan horas bajo el espléndido manto azul bordado de estrellas que no pueden distinguir desde la ciudad. Y si hay luna llena, la noche es perfecta. No hacen falta luces artificiales, ya que el gran satélite se exhibe sin pudor ante los contemplativos nocturnos, embelesados.

A las brujas no les gusta mucho ser vistas, salvo que sea estrictamente necesario. Por el contrario a lo que la mayoría de los mortales piensa, no andan repartiendo sortilegios nocturnos, pero como crecen escuchando la mala prensa de las señoras de la noche, les temen. Quisieran ellas poder unirse a esos grupos de trasnochados y contarles las cosas que han visto, quizás para cambiar un poco el concepto negativo que las mantiene en las sombras y el anonimato. Claro que este era un punto de discusión interna en la Logia, porque a algunas de ellas les encanta que las etiqueten de malas, ya que les resulta más fácil divertirse cuando sus reuniones se ponen aburridas. Algunas lunas llenas son grises, las de invierno sobre todo, en donde pocos salen. Es más fácil para las brujas pasear en esas noches, pero los divertimentos brujeriles se reducen a golpear ventanas o hacer algunos ruidos que obliguen a los noctámbulos a mirar tras las cortinas y apagar las luces, atemorizados por los alaridos de los perros.

La Logia de la Montaña, es un grupo de brujas bastante heterogéneo. Hay de todas las edades y especialidades. Brinka es una bruja joven, experta en mover cosas de lugar y puede hacerse invisible, pero los animales pueden verle los ojos. De todas maneras, los faunos nocturnos, con su desarrollado sentido del oído no necesitan verlas, las escuchan a quilómetros. Esa tarde de noviembre, los visitantes no estaban tan lejos y Brinka ya imaginó que el grupo de adolescentes que veía armando carpas a los pies de la ladera sur del cerro, iba a complicar la juntada del mes, porque no podría evitar que sus numerosas compañeras sintieran curiosidad de ir a ver qué hacían durante la noche.

La aldea no era muy grande ni tampoco demasiado visitada. Brinka se acercó por encima del cobertizo del tapial y vio a las chicas muy organizadas armando las carpas mientras los muchachos no oponían resistencia al espíritu femenino y las habían abandonado en la tarea, improvisando el primer juego de pelota, despreocupados del armado del campamento. Los chicos no estaban solos, los acompañaba un pequeño grupo de adultos que los observaba mientras conversaban. Los “grandes” han visto brujas y saben que los chicos se asustan. Pero eso es una idiotez. En realidad, todos han visto alguna bruja en su vida, y la mayoría se ha asustado porque ha oído algún cuento de esos que hablan mal de ellas. Van por la vida alimentando la fantasía de que las brujas son mercenarias de fetiches que compran los malos que quieren hacer daño a los buenos, y como todos se consideran buenos, temen ser sorprendidos en la noche, presa de algún hecho que los haga sentir vulnerables ante todo aquello que no ven ni pueden explicar. Las brujas no tienen nada que ver con manzanas envenenadas, hechizos maléficos, espejos que hablan, lobos disfrazados de abuelitas y mascotas de dragón. Todo es mito, menos el hecho de que son brujas. Se juntan como se junta el resto de los mortales, a conversar, reírse fuerte, contar historias de su larga vida en distintos grupos de luna llena, hacer travesuras y compartir alguna comida acompañada de bebidas espirituosas alrededor del caldero. Ese fue el problema en la noche del sábado.

Parecía que iba a estar frío y que las nubes iban a tapar la luna llena. Pero por alguna razón que Brinka no conocía, hacia el final de la tarde el viento despejó el cielo de nubes y a los chicos se les ocurrió escalar el cerro por la ladera a los pies del campamento. Con su capacidad de ser invisible, colocó algunos obstáculos que guió al grupo a caminar por un sendero que evitara pasar cerca del círculo de piedras alrededor de los troncos donde asentaría el caldero. Si eso hubiera sucedido, iban a quedarse sugestionados y estarían atentos a la llegada de las compañeras de la Logia. De todas maneras, no alcanzó a sacar la cruz de palos que había dejado apoyada en la imagen de la escultura en la cima del cerro y obviamente, los chicos se pusieron a jugar. Eran demasiados y se demoraron largo rato en descender. Ella tuvo que esconderse porque fue inevitable que empezaran a sacar fotos, y eso ponía en riesgo su anonimato. Sí, su invisibilidad ante el ojo humano, no era tal ante los lentes de las cámaras, pero eso no sucedía en vivo. Es decir, cuando el fotógrafo hacía foco en la imagen a fotografiar no la veía pero, luego, al revelar la fotografía o al usar filtros de negativo sobre las imágenes, la descubrían, de cuerpo completo o alguna parte de él. Brinka no usa sombrero (en realidad sólo lo usan las que se van quedando peladas y quieren mantener el glamour, algunas recurren a vistosos turbantes o incluso pelucas, raramente sombreros), pero tiene una larga cabellera oscura, y el viento que había en la cima del cerro no podría dejárselo quieto, así que se agachó entre la vegetación para intentar confundirse con ella. Sin embargo, alguien la vio.

Una de las madres venía retrasada en el grupo de ascensión, porque cuando decidieron escalar el cerro, ella había salido a caminar por la aldea. Al regresar al campamento y encontrarlo vacío, se dio cuenta al escuchar los gritos y risas, notó que habían decidido subir por la ladera. Se dispuso a seguir al grupo, pero no hizo el mismo camino, ya que no estaba atenta al sendero sino que en el silencio en el que caminaba, sólo escuchaba las voces de los chicos y se guiaba por el oído. En una distracción de Brinka, que no la vio por estar atenta al grupo, la mujer encontró en su camino el círculo del ritual y por la fecha calendario, supo que en esa luna llena, allí habría aquelarre. 

Prosiguió el camino y al llegar a la cima del cerro, mezclada en el grupo, observaba el paisaje en busca de la señal que había activado su inquietud. En uno de los puntos alrededor, notó que había un hueco en la vegetación. Claramente, no veía a nadie, pero se dio cuenta de que en ese espacio de arbustos aplastados que no se movían, algún tipo de energía se asentaba. Lo fotografió y no dijo nada al resto del grupo, pero estuvo alerta todo el tiempo. Brinka la reconoció, porque no era la primera vez que la mujer andaba sola por la montaña. Ella había visto varios círculos rituales de aquelarre, antes y después de luna llena, cuando salía a caminar para salir del aturdimiento de los grupos alborotados. No era una solitaria vagabunda, era escritora y muy curiosa. Sería terrible para las brujas si a ella se le ocurría escribir alguna historia de lo que había visto en aquellas oportunidades (y en esta, nuevamente), podía desatar una psicosis grupal que al ser difundida, provocaría una procesión de curiosos al sitio, impidiendo que el aquelarre pudiera volver a realizarse allí y deberían buscar otro lugar para continuar las sesiones de la Logia. Lo único que tranquilizó a Brinka era el hecho de que, si la escritora narraba lo que veía, también era probable que nadie creyera que ese cuento fuera verdad. De todas maneras, pareció que hicieron un acuerdo silencioso, las dos supieron que una había descubierto a la otra. La bruja no dejó de estar atenta a la escritora y la escritora no dejó de estar atenta a la bruja.

Al bajar la noche, el sitio se puso aún más frío y en el interior de la casa alguien encendió una fogata en el hogar, y las asistentes a la reunión vieron el humo salir por la chimenea cuando iban de camino al cerro. Los que no estaban adentro de la casa refugiándose del frío que cae en la montaña cuando el cielo se despeja de noche, estaban en el interior de las carpas, conversando con el mismo objetivo de vencer el clima. Las brujas llegaron al círculo con algunas cosas que habían recolectado en el camino, comida, objetos, bebidas. Brinka ya había encendido el fuego y el caldero estaba a punto para introducir en él los ingredientes. La luna asomaba blanca, redonda y perfecta en el horizonte de límpido cielo. Todos cenaron tranquilos, el grupo de adolescentes preparó pizzas y comieron alrededor del mesón en el interior de la casa, las brujas, una suculenta sopa, en círculo alrededor de la enorme olla de metal tiznado.

Luego de haber saciado el voraz apetito que surge luego de una intensa jornada al aire libre, juegos y numerosas charlas, en donde la madre escritora ya había contado su oficio y deslizado algunos cuentos que habían llamado la atención de quienes escucharon, una de las chicas, Sol (vaya si hay un nombre que no es precisamente amigo de las brujas), propuso un juego que dieron en llamar “luces y sonidos”. La actividad consistía en armar varios grupos de adolescentes y cada uno de los adultos debía elegir un sonido o una luz que proviniera de algún objeto o del propio cuerpo. Valían los golpes de palmas, los silbidos, graznidos, cantos, linternas intermitentes, encendedores, choques de cubiertos… La lista era infinita. Los padres debían esconderse y hacer los sonidos o encender las luces, los chicos debían encontrarlos y ganaba el grupo que lograra encontrar todas las luces y los sonidos en menos tiempo. Genial... chicos pululando por doquier en busca de estímulos en el medio de una noche de luna llena. Era perfecto para las picardías maliciosas del aquelarre. La escritora, sabiendo que había reunión de brujas en el cerro, propuso un sonido particular. Tomó dos botellas de plástico vacías, las cerró al máximo para evitar que entrara más aire en el interior y las golpeó entre sí con un especial juego de tiempos, simulando un tambor tribal. Tun. Tun-tun. Tun. Tun-tun. Ella sabía lo que hacía. Cuando el grupo oyó el sonido que debía buscar en la oscuridad de la noche, una de las chicas lo definió como “tétrico”. No era tétrico, era un punto de mantra que activaría el oído de las brujas. Y como era esperable, lo escucharon.

Tun. Tun-tun. Tun. Tun-tun. El aquelarre se detuvo. En el silencio del ritual sólo se escuchaba el eco del sonido. Las brujas observaron a Brinka, interrogándola. Ella sólo les dijo: “es la escritora, ya saben que nos encuentra siempre que anda por acá…”. A la escritora no le daban miedo las brujas, siempre buscaba una manera de verlas en acción. Definitivamente quería tener una historia para contar. Las brujas sí le tenían miedo a ella, sabían que lo que escribiera podía aumentar la fantasía y que aunque las personas no creyeran demasiado el cuento, siempre terminaban concluyendo con el refrán: “No creo…, pero que las hay, las hay.” El séquito se puso de pie (es una forma de decir, ya que las brujas no caminan), observaron hacia abajo. Sus pupilas, adiestradas para ver iluminada toda aquella zona que la luna les marcara como posibilidad de peligro, vieron la noche cerrada sobre la aldea que descansaba, excepto en el campamento.

Tun. Tun-tun. Tun. Tun-tun, seguían escuchando las brujas desde arriba y los chicos desde abajo. Bajaron por la ladera, observando entre los árboles al grupo que se movía de un lugar a otro, pero ellas estaban atentas al sonido, para encontrar a la mujer que parecía estar jugando con el grupo pero que en realidad estaba llamando a las brujas. Las estaba tentando a participar y aparecer. Dina, la bruja de los brebajes especiales, cometió un error. Había salido del círculo ritual cargando la bebida que estaba tomando, porque ella es así, un tanto borrachina. Sobrevolando en la zona de acampe, se le resbaló de las manos la botella con el extracto de hierbas embebidas en alcohol. No pasó nada en ese momento, nadie vio el objeto caer ni escuchó el golpe.

Quisla, la bruja de los ciempiés, tratando de evitar el problema, bajó del árbol y escondió la botella, pero en el apuro para no ser vista, no se dio cuenta de que el envase no estaba bien cerrado y comenzó a derramarse el líquido sobre el césped húmedo de rocío, al lado de las carpas.

El juego terminó, pero la escritora seguía haciendo ruido con las botellas y las brujas no se iban. Los chicos habían entrado a la casa a recibir los chupetines como premio al juego, y la mujer que seguía dando vueltas por el jardín, vio una sombra golpeando la ventana del comedor de la casa y a los perros que salieron corriendo tras ella. Entró a la casa y les contó a los chicos lo que había oído. Obviamente, los chicos salieron con ella a ver si era verdad y, aunque no vieron nada, la sugestión pudo con ellos y percibieron algunos ruidos. Las linternas alumbraban en todas las direcciones del cerro buscando algo y los perros habían desaparecido porque ciertamente, los animales sabían que las brujas estaban ahí. Sol dijo que eran murciélagos los que, revoloteando entre los árboles, hacían ruidos. Pero muy en su interior sabía que los murciélagos no andan en las montañas y que las brujas suelen ser confundidas con esos mamíferos noctámbulos. Es un truco exitoso que usan para camuflarse y la literatura fantástica ha colaborado en eso.

La noche se había vuelto cálida en el revoloteo de las brujas alrededor del campamento y el grupo de chicos, con sus madres, habilitaron una especie de fogón con guitarras en el predio al aire libre entre la casa y las carpas. La escritora, sabiendo que las señoras de la noche pululaban cerca, apagó las luces exteriores de la casa, envolviendo a los chicos de un manto misterioso, presa de los ruidos que sucedían en un lugar y otro. Algunos de ellos, daban vueltas tratando de asustar a los demás, y complicaban la acción de las visitantes entre las sombras. La mujer estaba obsesionada en distraer a las brujas. Alguien propuso jugar a las escondidas y eso hubiera sido un jaleo típico de noche de brujas, pero dado que tenían que recuperar la botella, no estaban para esos juegos y Solihá, la bruja oscura, cubrió los oídos de la mayoría de los muchachos, que no escucharon la propuesta y siguieron atentos a la música. Ahí estaban todos, el grupo de chicos y grandes escuchando canciones y las brujas trepadas en los árboles tratando de rescatar la tinaja sin ser vistas. Brinka podría hacerlo, pero la botella no era invisible como ella y si alguno veía el objeto trasladarse en el aire, sería complicado huir. Ya había pasado tiempo de esas épocas en las que, por descuidadas, fueron cazadas y asesinadas. Por eso se habían retirado de los lugares públicos, temiendo ser perseguidas nuevamente.

Pasado el momento del fogón, los chicos decidieron ir a “dormir”, que es la forma en la que denominan a permanecer en el interior de las carpas para pasar una noche que, todos saben, será larga y movida. La escritora, sin embargo, sabía que poco dormirían, porque las brujas se encargarían de que no pudieran hacerlo. Uno de los varones, descubrió a Quisla entre los árboles. Se vieron claramente a los ojos. Ella no se escondió, permaneció ahí quieta, asegurándose de ser vista. Si ella distraía a los chicos, asustándolos para que salieran de las carpas a resguardarse en el interior de la casa, sería más fácil. Pero los chicos no se fueron de la zona de acampe y se amontonaron, tratando inconscientemente de permanecer juntos ante algo que no sabían que estaba sucediendo y que, de saberlo, no podrían de todas maneras explicar. No tuvo éxito en su intención y las madres que iban y venían de la casa a las carpas, complicaban la situación. En uno de los intentos por recuperar la botella, ¡zas! el pelo de Dina, la bruja bebedora, se enredó en una rama y ella quedó colgando. En el pataleo por tratar de desenredarse, ya que no era invisible como Brinka, ni rápida como Quisla, golpeó una de las carpas y la derribó encima de los chicos que estaban en su interior. Todas las brujas se agarraron la cabeza. Fue el comienzo de la hecatombe.

Los chicos salieron de la carpa vociferando todo tipo de improperios contra quien les había hecho la broma y ante la pelea, las madres salieron de la casa para saber el motivo del disturbio. La carpa caída pasó a segundo plano cuando las madres se percataron del olor de la bebida derramada. Todo se salió de control. Nadie sabía dónde estaba la supuesta botella, pero todos percibían el olor del inconfundible brebaje. Acusándose unos con otros, comenzaron a dar vueltas y uno de los varones, el astro futbolístico del grupo, apareció con la botella en la mano, que exhibía poco menos de la mitad de su contenido. Él dijo que no quería ser un declarante en contra de sus compañeros, pero tampoco quería prestarse a ser cómplice del engaño a los adultos, entre los que estaba nada menos que su madre. Claro está que en un campamento de adolescentes, las bebidas espirituosas no están permitidas. Las dos madres presentes en la trifulca, incluida la escritora, se enojaron con los chicos y los chicos se enojaron entre ellos porque alguno había infringido las reglas. El manto de la sospecha había caído sobre todos. Ante tanta confusión y acusaciones cruzadas, uno de ellos se hizo responsable. Las brujas se sintieron mal, porque el chico se sacrificó para frenar los cruces de acusaciones y enmendar la discusión que iba in crescendo, amenazando el quiebre el grupo y la penitencia que les esperaría a todos en sus casas cuando los demás padres tomaran conocimiento de la existencia de la botella entre las carpas. Nadie iba a creer que la bebida apareció mágicamente, y mucho menos que se le había caído a una bruja ebria que estaba mareada en su vuelo durante la noche de luna llena. Los varones empezaron a pelear por la carpa caída y las chicas lloraban pensando en lo que les dirían en sus casas. Peor aún, al día siguiente varios padres irían a compartir el almuerzo y ya imaginaron la tremenda charla aleccionadora que les esperaba y que ya no podrían volver a salir de campamento ante la duda. La Logia tenía que hacer algo para remediar lo que habían provocado, y la única que podría ser cómplice, era la escritora que las había llamado a conciencia cierta de la reunión en el cerro. De modo que Dina, desde el rincón opuesto al grupo, al lado del buzón, se hizo ver ante los ojos de la mujer que comprendió lo que estaba sucediendo.

Brinka, la invisible, estaba metida en el medio del grupo tratando de aplacar los ánimos, acariciando a los chicos y secando las lágrimas de las chicas. De a poco, la situación comenzó a calmarse. Armaron de nuevo la carpa caída, los chicos involucrados en el incidente de la botella dieron explicaciones y los demás, luego de la descarga de adrenalina, volvieron a los cobertizos, bajando la tensión. La escritora fue en silencio al interior de la casa, preparó el mate para mantenerse despierta junto al grupo de adolescentes y pensar en la forma en la que podría darle un sentido y explicación a lo sucedido. Luego de un rato, salió de la casa con las botellas y se dirigió a la zona tras la casa e hizo de nuevo el ruido que había improvisado antes del “juego”. Tun. Tun-tun. Tun. Tun-tun. Las brujas la escucharon y fueron tras el sonido. Ella las esperaba bajo el sauce, que era el sitio en donde las había oído y hacia donde habían ido los perros.

Allí estaba ella, frente a la Logia de la Montaña, para dar explicaciones y escuchar a las brujas. Brinka le contó lo sucedido y le pidió que fuera benévola, que al menos por una vez, no inventara una historia que las dejara en evidencia como las malas. Después de todo, había sido un error involuntario y las brujas, por ser brujas, no son perfectas. La mujer les pidió que volvieran al círculo ritual y buscaran la manera de hacer un artilugio secreto que evitara que al día siguiente, alguno de los chicos fuera castigado por la situación. Hicieron un pacto y establecieron el sonido de las botellas como señal de “grupo selecto de luna llena”. Las brujas volvieron a la cima del cerro y la mujer regresó a las carpas para entretener a los chicos con otras historias mientras las señoras de la noche trabajaban en lo suyo. Luego se fue a dormir, tranquila del pacto que había hecho y sabiendo que a partir de allí, si algún otro grupo de espíritus nocturnos pretendía asechar a los chicos, la Logia de la Montaña, los protegería. El objetivo de la escritora era que las brujas se hicieran cargo de lo que habían provocado, y las brujas querían que los chicos volvieran en otra oportunidad, pues no dejaba de ser un excelente plan tener observadores ocasionales de sus reuniones mensuales.

A las cinco de la madrugada, las madres que estaban aún despiertas, después de asegurarse que el grupo de chicos descansaba, se fueron a dormir. El silencio reinaba en el campamento mientras en la cima del cerro, las brujas ejecutaban el plan. Apenas los pájaros anunciaron la salida del sol, ya todo estaba listo y el aquelarre se despidió momentáneamente. Sólo quedaba Brinka en los alrededores, que era quien debía tomar todos los recaudos para que las cosas sucedieran como lo habían planeado y prometido, o la escritora rompería el pacto y daría a conocer el secreto, volviendo un infierno la vida de las miembros de la Logia de la Montaña.

Cuando los padres despertaron con el paseo de los chicos por el pasillo de la casa, rumbo al baño, la mañana estaba plena, presagiando un espectacular día de sol. Mientras el grupo desayunaba en el jardín, uno de los padres que se había ido a dormir temprano y estaba ajeno a los incidentes de la noche, al levantarse vio arriba de la mesa del comedor, la botella que había sido incautada por las madres. La escritora observaba la acción sin participar, iba y venía escuchando las conversaciones de los padres y los chicos, simulando estar entretenida con el mate en la mano. El hombre, muy tranquilo al escuchar lo que las demás madres le contaban sobre lo sucedido, dijo que era normal que esas cosas pasaran y que estaba bien que hubieran tomado conciencia de que si se salían de las reglas había consecuencias, pero que no era tan grave como parecía, que había sido una picardía descubierta a tiempo y que no pasaría a mayores en el futuro, que seguramente habían aprendido la lección. La primera parte del plan, había salido bien. El paseo de la Logia por los sueños de los acampantes, había aplacado la furia.

Pasadas unas horas desde el amanecer, el grupo se decidió a ir caminando al arrollo cercano mientras el dueño de la casa, se disponía a encender el fuego para la parrillada del almuerzo. Entraba en acción la segunda fase del acuerdo. La brujas habían preparado un brebaje secreto que derramarían sobre los leños con los que sería preparado el fuego para asar la carne. Así, el humo proveniente de las brasas ardiendo, iba introduciendo en la carne las propiedades de esa bebida, de manera que el incidente de la botella sería recordado por ellos como algo inofensivo que le había puesto un poco de acción a la noche del campamento, y no mucho más que eso, evitando peleas, reproches y revanchas.

En el río los chicos se demoraron lo suficiente para que Brinka se encargara de disipar la energía nocturna del interior de las carpas, y asegurarse de que ninguna de sus compañeras hubiera olvidado cualquier objeto que pudiera ser encontrado cuando empezaran a levantar campamento. No encontró nada, la zona estaba limpia. Cuando regresaron, reinaba el orden, algunos padres más habían llegado y todos disfrutaron del almuerzo en paz sin que hubiera referencia alguna al incidente. Alegría, conversaciones divertidas, juegos compartidos y canciones fueron lo que abundó en el segundo día del campamento.

Al bajar la tarde, comenzaron a desarmar las carpas, guardar sus pertenencias y repartirse en los vehículos para partir de regreso cada uno a su casa, con lo vivido y los recuerdos. Quienes no habían estado en el campamento durante la noche, escucharían algunas versiones un tanto diferentes de lo sucedido, y muchos no sabrían nada al respecto. Habría seguramente más campamentos en luna llena, pero se cuidarían un poco más de lo que llevan. Descubrieron que las brujas también tenían cierta predilección por el fernet, y que si alguna de ellas se emborrachaba, podría pasar cualquier cosa. El grupo compartía un secreto que formaba parte de su historia común. Uno más entre miles, uno especial entre tantos. La escritora, al ver que las brujas habían ejecutado su compromiso, sabía que debía cumplir con su parte del pacto, escribiendo la historia tal como había sucedido, dándole a cada personaje la justa responsabilidad para que quedara el legado de dos días y una noche inolvidables en los que el pacto con la Logia de la Montaña permanecería para siempre.

El cuento, sería difundido en diversos lugares y contado por los adolescentes a sus amigos y hermanos, a sus maestros, a sus novios, a sus padres, y más tarde a sus hijos cuando les pidieran permiso para ir de campamento a la montaña. Todos sabrían que, el aquelarre comandado por Brinka, cuida a quien llegue al lugar en luna llena, solamente con el sonido de las botellas al tiempo de la música tribal: Tun. Tun-tun. Tun. Tun-tun. Esa es la clave identitaria que anuncia la llegada del “grupo selecto de luna llena”, para que quien acampe en las cercanías, sepa que allí conocen el misterio que convoca a las señoras de la noche como guardianas de los secretos nocturnos de todo lo que ocurra en aquella casa a los pies de la ladera del cerro, en el medio de la montaña, río arriba del dique Potrerillos.