La traición del manzano

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A pocos metros de la puerta de mi casa, tal vez a cinco, seis metros, hay un manzano. Es muy vistoso porque es un manzano muy productivo y siempre está lleno de manzanas. Las ramas, pesadas de tanto fruto, se inclinan y es frecuente cabecear sus frutos al pasar debajo de él. No sé desde hace cuánto tiempo está, porque sobrevivió a una obra que casi lo tala, sin embargo lo dejaron a 5 cm de una vereda que le perdonó la vida.

Pero cuando hablamos de que la vereda le perdonó la vida no fue que sólo molestaba por su ubicación, sino que tiene otro tema perturbador: sus grandes y verdes manzanas son practicamente incomibles.

Mi madre, que lo plantó, dice que cuando lo hizo le pifió en algo, comentió un pequeño error, pero ya no hubo nada que hacer. El frondoso frutal tiene, por rama, un promedio de diez, quince manzanas, todas de sabor espantoso.

Algunos llegaron a pensar que no era un manzano, sino que era un árbol que daba unos frutos muy similares a la manzana, pero que gracias a Dios no era venenoso, porque no hay quién no se tiente con la exhuberancia de tanta fruta colgando de las débiles ramas. Hasta la persona más elegante cae en el mismo espectáculo de agacharse y escupir el mordisco casi sin masticar, para luego darle una patada a la manzana sin ningún cariño ni miramiento. La pregunta que siempre me hago, como hoy que salgo y lo vuelvo a encontrar, y que vuelvo a agachar mi cabeza para no cabecear aquellas amargas manzanas, es ¿por qué todavía nadie lo sacó? ¡Hasta la vereda eligió convivir con él!

La primer excusa que esgrimen sus responsables, es que aquellas frutas se bancan muy bien la compota. Pero es una verdad a medias. Si así lo fuera no habría ninguna manzana, y el érbol vive colmado, y el piso siempre está sembrado de manzanas podridas. Hoy mismo, como siempre, pasé por debajo de él aplastando tres manzanas podridas y doblando mi pie pisando dos manzanas maduras.

El año pasado, o mejor dicho unos cuantos meses atrás, eliminé un limonero que no daba limones. Nadie lo quería eliminar. Yo citaba la biblia recordando aquella parábola impiadosa con la higuera infértil, pero nadie quería cargar sobre sí la decisión de terminar con aquella planta de limones. Una mañana la erradiqué de la vida. Dejó de existir. Nadie dijo nada ni se lamentó por ello.

Justamente con ese precedente es que paso por aquel manzano a chaira y cuchillo pensando si el motivo de mi existencia no es terminar con aquel frutal desagradable de una vez por todas y para siempre. Pero la vereda, aquella que lo perdonó, le dio al mismo tiempo un nuevo lugar, y ahora ocupa un sitio decorativo que lo expone. Ya no puedo hacerlo desaparecer tan facilmente a pesar de que todos detestamos pisar sus frutos podridos.

Algunas noches, cuando salgo para mirar las estrellas y nos encontramos mirándonos el uno al otro, siento que me vuelve a decir “¿a quién le importa los frutos? Lo que importa es el lugar preponderante que uno ocupa, y la estética que nos define. Lo demás es snobismo intelectual“. Y bajo la mirada, entro, corro mi libro, y vuelvo a poner Netflix, mi otro manzano que no consigo sacar.

 

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