Otro domingo suicida

Después de varios años luchando contra la depresión, el poeta decidió sacarse la vida, abatido de tantas decepciones.

La habitación vacía fue una alarma para la familia, que lo vio por la ventana colgado de un árbol, el cinturón había sido el asesino, los brazos colgantes una señal de que había dejado de pelear, las piernas frías se movían con el viento, los ojos abiertos una señal de que había visto la luz y la sonrisa era la fiel mueca de la muerte.

Los libros del escritor, habían sido el banquillo que construían su escalera al cielo, varios posaban inmortales en el suelo, el polvo abundaba, el sol radiaba amargura, el padre abrazaba el cadáver con lágrimas en los ojos mientras, con desesperación, la madre intentaba desabrochar el cinturón que sostenía a uno de los siete amores de su vida.

El humo de la parrilla preparándose para un asado, sobrepasaba la medianera ingresando por cada rincón del patio que había sido testigo de la dolor inmensurable. La ambulancia rugía hasta llegar a la puerta de la familia, para que las palabras del enfermero fueran que ya no tenía vuelta a atrás. Dejaron al hace años muerto, en la cama matrimonial, lo taparon hasta el cuello y decidieron quedarse con él hasta poder velarlo.

La brasa calentaba la carne con un padre que es abrazado por su único hijo, con una mujer que le llevaba una lata de cerveza y desconocía lo que le pasaba a su vecino. La cerveza llegó a su mano, el hombre la abrió y con la mirada recorrió la mirada de su hijo para terminar en la de su mujer.

–Gracias, sin vos este sería sólo otro domingo suicida–le dijo con alegría.

 Le sonrió y echo un trago sin soltar a su hijo.