Una fuga de niños

‘‘¡Corramos! La vida es aventura’’, dijo Demián, mientras su hermano Yamir lo acompañaba en una hermosa fuga de verano.

Habían escapado de su casa. Querían sentir por primera vez el abrazo de la lluvia, ya que sus padres nunca los dejaban salir al prado cuando se trataba de una tempestad.

Se alejaban de su rancho situado entre montes y verdes álamos. Corrían alegres por el campo y dejaban que el agua besara sus mejillas.

—¿Viste, Yamir? ¡La tormenta es divertida! —exclamó Demián.

—¡Sí! ¡Es muy bonita! Pero… ¿el papá no se va a enojar con nosotros?

—Quedate tranquilo. La mamá dijo que un padre siempre perdona el regreso de sus hijos.

Continuaron su camino. Descendieron a un río. En aquella zona había un burro comiendo pasto. Los niños, al verlo, le lanzaron piedras y rieron como locos mientras el animal huía.

La lluvia se tornó más fuerte e intensa. Los aventureros se alejaron…

Al principio, empapados y corriendo en un pedregal, disfrutaban la tormenta. Luego, cuando pusieron los pies en el barro y el aguacero se convirtió en granizo, comenzaron a desesperarse.

—¡Demi! ¡Me duele! Quiero volver a la casa —dijo Yamir, lanzando un sollozo.

—¿Vos sos loco? Todavía no podemos regresar. Estamos muy lejos —respondió Demián.

—¡Quiero volver a la casa!

—¡Primero busquemos un refugio!

Vagaron un largo rato. Sufrieron los golpes de la tormenta hasta encontrar una pequeña choza apenas rodeada por un alambrado. Se acercaron al refugio; la noche se acercó a ellos.

Era una casa abandonada con paredes de chapas, piso de tierra y olor a sombra húmeda. Los niños, al reposar en ella, sintieron alivio…

Antes de medianoche, el canto de un gallo surcó los miedos. Las piedras cesaron, pero el agua no se detuvo. Yamir lloraba y estornudaba en los brazos de su hermano, quien a su vez no pudo contener sus lágrimas sucias. ‘‘El papá y la mamá se deben sentir muy tristes. En casa estaríamos mejor’’, pensaba.

En las horas más avanzadas de la noche, el temporal fue disminuyendo. Los niños, desvelados, arrepentidos y con nuevas esperanzas, abandonaron el refugio.

Al salir de la choza, gritaron de súbito. Dos sombras se acercaron a ellos. Dos sujetos encapuchados y de voz ronca los detuvieron, los tomaron de los brazos y los llevaron por una senda oscura.

¿Quiénes eran? ¿Qué querían? ¿A dónde los llevaban? No había tiempo para huidas y preguntas. Los subieron a una camioneta y se alejaron antes del amanecer.

En la hora del alba, cuando la tormenta había cesado, los dos policías estacionaron la camioneta frente al hogar de los niños. Llamaron a la puerta: ‘‘¡Don Herrera! ¡Don Herrera! Venga. Encontramos a sus hijos’’.

Demián y Yamir corrieron alegres a abrazar a sus papás. Su padre salió a recibirlos. Dispuesto a perdonarlos, siempre dispuesto.

Le pidieron perdón. Él sonrió con ternura y un reflejo de amor paternal en sus ojos. Luego llamó a su esposa: ‘‘Nancy… ¡traeme el cinto!’’.