Algunos perros no ladran – Capítulo Tres: La Reina Batata

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Alguien me dijo alguna vez que los que encuentran a la soledad nunca la dejan ir. Cuando finalmente todo explotó con Ivana el día que la cristalería de mi casa voló por los aires, fui yo quien decidió irse, y nunca más volví, ni siquiera a sacar mis cosas. Le pedí al bueno de Lucas que lo hiciera por mí y por supuesto ni chistó. Mi analista dice que hubiese sido bueno volver para darle un cierre a ese capítulo de mi vida, pero yo creo que la cosa estaba cerrada antes de terminarse y nunca sentí ganas de volver, sería como querer volver a un hospital después de haber estado internado mucho tiempo.

Hace unos días, mientras me afeitaba, me miré fijo al espejo un rato y sin querer me empecé a repasar, me reconocí la cara, me estudié un rato, y me sentí bien conmigo. Me gusté, y no lo digo en un tono egocéntrico, sino todo lo contrario, en el más humilde, porque me vi lleno de defectos, de cicatrices, de marcas, de arrugas, de canas en la barba, y por alguna razón me acepté como un tipo defectuoso, pero al fin entero, común y corriente, un tipo más que está acá en la tierra haciendo lo mejor que puede con lo que le ha tocado, que no es poco. Y mientras me pasaba la hoja por la mandíbula hice un recuento de eso, de lo que me había tocado. Un montón. Un cuerpo estándar, sin problemas mayores, que puede correr, bailar, cantar, escuchar, oler, sentir, y todo lo que le hace falta y tiene ganas, con algún que otro problema cardíaco, pero de esos problemas no se salva nadie, tarde o temprano algo falla y hay que entender que el cuerpo y la vida son así. Con una familia que me quiere y quiero, cosa que tampoco es tan común ni hay que darla por sentada. Un laburo que me permite seguir viviendo sin mayores pormenores, amigos de los buenos, algún que otro sueño y la posibilidad de cumplirlo si le dedico tiempo y ganas, y a eso hoy le agrego mi soledad, cosa invaluable para mí de un tiempo a esta parte. Fue como que de repente cuando al fin terminó todo el tango del divorcio, llegué un día al departamento y sentí que pesaba menos que el aire, y entonces entendí esa frase y la reafirmo, el que encuentra a la soledad, si está bien con uno mismo, no la deja ir ni por nada ni por nadie.

A veces se malentiende cuando repito estas cosas. Yo no estoy diciendo que no quiero estar con nadie ni que debería irme a vivir a las montañas como un anacoreta y morir en el olvido, sino que hablo de la soledad interna, la que te hace saber que sos vos con vos y que es esa la relación que más tenés que cuidar y alimentar, porque sin esa las otras no sirven. Hablo de una soledad espiritual, intrínseca, una comunión entre el tiempo y uno. El mejor ejemplo para ponerla a prueba en mi experiencia es pasarla bien cuando uno está solo, sin sentir la necesidad de “hacer algo” o de llamar a alguien, sino simplemente estar. Sería como la soledad de la soledad, y se trata de disfrutarse. Buscar tiempo para estarlo, hablar con uno, ponerse a prueba, decirse la verdad (si es en voz alta mucho mejor, porque en voz alta todo suena más relativo. Me he encontrado muchas veces con la sorpresa de decir un problema en voz alta y que me dé un ataque de risa de lo boludo que suena al aire libre. Si suena boludo, probablemente lo sea). Así que de vez en cuando llego a casa, apago el teléfono, pongo algo de música y me tiro a pensarme, a conversarme, a ver de qué se trata este tipo que me tocó ser. Con el tiempo uno se vuelve más egoísta, es así, y no está mal que así sea. El problema es que el egoísmo tiene muy mala publicidad, pero en el fondo es necesario y sano ser egoísta, sin joder a nadie por supuesto, pero egoísta al fin. Pensar en uno sin anteponer la felicidad de los demás por miedo al que dirán o a terminar solo. Además, la verdad es que todo el mundo es egoísta, pero algunos lo esconden mejor, porque ser egoísta no es más que poner los intereses de uno por delante del resto, y todos vivimos de esa manera. No conozco a nadie que viva intentando llenar los anhelos e intereses de otro.

Será que estoy más grande, será que he madurado, o quizás sea que no entiendo nada de nada al fin, pero la sensación es buena.

Hace unas semanas se suscitó un problema, siendo que para mí los problemas son más mentales que reales, y en la vida misma las situaciones van apareciendo y uno las resuelve como sabe, como puede, o como le recomiendan. El tema se planteó sin que yo supiese cómo ni cuándo empezó, pero recapitulando lo puedo ver. Casi todos los días bajo a comprar a la despensa que está a tres casas de mi edificio. Ahí habita (porque en mi mente su mundo empieza y termina en esa despensa) una chica que se encarga de cobrar a los clientes que, como yo, son muy vagos para ir al supermercado. Es una chica que debe rozar los treinta años, ni muy alta ni muy baja, ni muy gorda ni muy flaca, con una cara que no le dice a uno nada, aunque fea no es. A todos estos tibios adjetivos se le suma una condición hermosa e invaluable que es la de tener un muy buen trato, y no solo conmigo, con cualquiera. Es una de esas personas que es amable aunque no quiera, aunque uno no lo sea con ella. Y es que es tan bien dispuesta que siempre imagino que le van a robar y ella de muy buena gana les da la plata a los ladrones y les pregunta si necesitan algo más. Una de esas personas que uno no nota pero que una vez notada uno no la puede dejar de notar, como cuando estás acostado y escuchás un pequeño ruidito y de repente todo lo que escuchás es ese maldito ruidito; así. En fin, me gusta. He llegado a esta conclusión después de varias semanas, ya que primero la sometí a un imperioso y largo proceso mental del cual pude arrojar este resultado. Una de esas tardes en las que estaba yo conmigo escuchando música su cara apareció de repente. Yo pensé que era como una de esas cosas que pasan en los sueños en donde uno sueña con alguien que no tiene ni jota que ver con la vida, y que después eso queda en el olvido y listo, pero no fue así. A los pocos días apareció de nuevo mientras me bañaba y otra vez apenas me levanté la mañana siguiente. No es normal, pensé. Hora de sacarme la duda. Me puse las zapatillas, una remera y un jean, y bajé a resolver la cuestión. Apenas entré me saludó con una sonrisa y automáticamente me di cuenta de que sí, de que me gustaba, y me sentí cohibido, mal vestido, y después de tragarme una góndola, me sentí torpe y finalmente un salame. Agarré lo primero que encontré y salí de ahí despavorido como quien ha visto al diablo. Ni gracias le dije. Llegué al departamento aturdido, con un líquido para un lavavajillas que no tengo.

¿En qué momento ocurrió esto? No lo sé. Quizás haya sido como los mensajes subliminales que uno no se da cuenta de que se los están metiendo hasta que ya es demasiado tarde. En otras condiciones, que me guste alguien no sería un problema, pero en este caso lo fue porque ella no habita en mi mundo, sino en otro, el mundo de las despensas en donde imagino debe ser la reina. Al principio me traté a mí mismo de cerrado, de troglodita, de fascista y hasta de nazi, y concluí por ir en contra de mi instinto y tomar el valor suficiente para romper mis barreras e invitarla a salir. Este proceso duró al menos una semana en donde todos los días iba yo a la despensa, caminaba alrededor como quien va a comprar lo que sea, pero de reojo me aseguraba de que al llegar a la caja no hubiese nadie más en el lugar. Si alguien me escuchara tendría que cambiarme de barrio y no es momento, recién me acostumbro a éste. Cuando por fin quedaba solo en el salón entonces me acercaba a la caja, nos saludábamos amablemente, como siempre ella me conversaba dos o tres cosas y en el momento de acelerar el paso mi boca pronunciaba un “nos vemos mañana” y salía por la puerta. Jamás tuve problemas para invitar a salir a alguien, mucho menos para conversar, pero su caso era distinto, porque ella era distinta al tipo de mujeres con las que me rocé en el pasado. Mucho más simple, mucho menos exigente, y lo peor, muy pero muy cordial. Dentro de la cordialidad se esconde una línea casi invisible y muy difícil de sortear, en donde uno no sabe si la otra persona está siendo simpática con uno por naturaleza o porque le gusta, entonces empezás a hacer suposiciones, a tejer laberintos en el aire, con el solo objetivo de encontrar esa línea, que es invisible y por ende inencontrable. Al final, luego de una semana de suposiciones decidí que no tenía otra salida que invitarla a tomar una cerveza. Podría haber sido algo más sofisticado como un vino y comer algo en casa, pero no sé en verdad como se manejan en el reino de las despensas y supuse que una cerveza es lenguaje universal.

Cuando por fin lo hice, ella (algo sorprendida) me dijo que por qué mejor no pasaba por mi casa cuando saliera de la despensa y tomábamos algo ahí. Yo acepté encantado y me fui al departamento a prepárame como una quinceañera se prepara para su fiesta, con nervios y todo.

Sonó el timbre pasadas las diez. Yo hacía casi una hora que estaba en el sillón viendo televisión y tomando vino, el cual me ayudó a sortear lo que venía. Abrí la puerta. Celeste (nombre que supe al abrir) venía vestida de despensa. No había traído otra ropa, no se había peinado, ni siquiera se había perfumado, tan solo había venido apenas cerró, sin más, y fue justo en ese momento cuando supe que ya no me gustaba. Como un caballero la hice pasar, ella con sus buenos modales aceptó y nos sentamos a tomar un vino que compré en su querida despensa. Conversamos un rato de cosas poco interesantes como mi trabajo o sus clientes, y la cena pasó sin mayores altibajos. Por supuesto yo hice un esfuerzo olímpico para que no se me notara que antes de empezar yo ya quería que termine, y pareció surtir efecto porque ni bien Celeste terminó su tercera copa de vino, corrió hacia atrás la silla, se puso de pie y vino a sentarse directamente encima mío. La chica simpática y tranquila que había conocido desapareció por completo, tan solo el aroma a verduras y desodorante de ambiente permanecían en ella. Sus modales y su toque de chica inocente volaron por la ventana antes de que yo pudiese inventar una excusa que la ahuyentara. Con un dialecto que apenas puedo recordar empezó a decir un montón de cosas mientras me mordía el cuello y después las orejas, y yo como buen citadino burgués no supe qué hacer o decir, y no tuve más remedio que seguirle la corriente. Durante el resto del tiempo me manejé en un ambiente completamente desconocido para mí, hasta que por fin todo acabó y ella me dijo que tenía que irse por miedo a que la vieran los demás inquilinos que también iban a la despensa. Yo le agradecí por todo, con un “mañana nos vemos” la vi alejarse por el pasillo, y con un suspiro cerré la puerta.

De la experiencia tan solo puedo decir una cosa: cada uno tiene su reino, y es prudente manejarse dentro del mismo.

Continuará…