Superhéroes

Francisco, Morena, Luciano, Abril y Juan Martín. No tienen mucho en la vida, pero son amigos. Amigos de esos que se encuentran y no se dejan. En las vacaciones de invierno fueron al cine, gratis, con las catequistas de la Parroquia que habían aceptado la invitación para llevar a los grupos de chicos que se preparan para su primera comunión. La película estuvo buena, pero ellos querían ver más, de modo que buscaron en sus casas lo que pudiera parecerse a un disfraz y a la tarde del sábado se juntaron en la plaza a hacer su propia película. Llegó Batman con una bolsa de consorcio simulando una capa y los ojos pintados con hollín. La Mujer Maravilla con unos pantaloncitos rojos remendados, serpenteaba una soga que recogió en el camino. Ya los pibes más grandes, que estaban en la esquina, se empezaron a reír cuando los vieron juntarse. Y en eso apareció Magneto, con un casco destartalado que consiguió por ahí. Más risas. La escena estuvo lista cuando aparecieron el Llanero Solitario (en realidad, la Llanera) en la mula y en la carreta venía… Aquiles con unas zapatillas acordonadas en las piernas y un escudo de cartón, desnudo en el torso y los bermudas gastados. Desde la ventana de la casa, frente al predio que hacía de plaza, miraban la Hormiga Atómica y su hermano, a quien le gustaba hojear las revistas que encontraban entre los montones de papeles que la gente tiraba. Se morían de ganas de ir a la plaza, pero tenían que ir a juntar diarios o el padre los iba a castigar cuando volviera.

Se pusieron los cinco a charlar en la plaza mientras los pibes más grandes los miraban. Parecía que armaban una batalla. La mula, cansada, igual parecía atenta mientras improvisaban el libreto, que venía entretenido. No pasó nada esa tarde, pero volvieron al día siguiente y ya la Hormiga Atómica se había animado y al hermano, que no sabían qué papel darle, le colgaron unas cintas y le dijeron que era el Gauchito Gil. Y si había Gauchito Gil, tenía que estar la Difunta Correa. “¡Pero yo soy la Mujer Maravilla!”, se quejó Morena, e igual aceptó cambiar el personaje y al día siguiente apareció vestida con una sábana que descolgó de la ventana y arrastrando una bolsa de botellas con agua para hacer su “santuario”. “Ché, Batman ¿y si mejor sos Superman?”, le dijeron a Francisco. “¡No! Yo no soy extraterrestre”, replicó él asegurándose la capabolsa en el cuello.

La mula de la Llanera Solitaria ni se parecía a Silver, así que Con una media bolsa de cal endurecida que les dio don José, el albañil, y que después de un par de patadas volvieron a hacerla polvo, improvisaron una lluvia caliza y a la mula le quedaron blancas hasta las pestañas. Resulta que el caballo de Aquiles no era blanco, entonces Juan Martín a la tarde siguiente llegó con una bolsa de papas agujereada a modo de poncho y dijo que era Patoruzito. La trama se empezaba a complicar, porque se sumaban más personajes, nadie quería quedarse afuera de la película. Los vecinos se habían entusiasmado y les daban cosas para simular la escenografía que, entre botellas, latas vacías, montones de diarios y ramas secas, había empezado a tomar una extraña forma de basural (el lugar que ellos más conocían), pero limpito, digamos. Los pibes de la esquina, un poco por envidia y otro poco por curiosidad, seguían ahí, viendo qué hacían los chicos. Una tarde, se arrimaron más. “¿Quieren ser superhéroes?”, les preguntó Abril, la Llanera Solitaria. Los pibes se rieron pero no contestaron nada y siguieron mirando. Abril le hizo una seña a la mula, que movió la cabeza y todos festejaron tal coordinación de la equina. Las moscas también tenían su función, las comandaban Magneto y la Hormiga Atómica. La Difunta Correa era algo extraña, porque le daba la mamadera al bebé, pero bueno, no sabían cómo arreglar ese detalle.

El cura de la parroquia se había convertido en el primer espectador que mateaba en la plaza mientras se divertía mirando y escuchando. “Padre, ¿no quiere ser Martín Fierro?”, le preguntó Batman. “¿Y qué tendría que hacer?”, preguntó el cura. “Nada, arrímese más con el mate, y mañana póngase eso que usa usted”, le dijo Patoruzito. El sacerdote, entusiasmado, al otro día llegó con la casulla puesta.

Cuando el cura entró en la escena, ya la cosa tomó interés general. Al fin y al cabo, tener al cura mateando en la plaza del campo Papa, con un Batman que se llama Francisco era toda una novedad, más teniendo en cuenta que también estaban el Gauchito Gil y la Difunta Correa dando la mamadera. La mula, algo flacucha, se estaba pareciendo más a un cabrito y el basural limpito de la plaza ya se había convertido en una casucha con toldo. Alrededor de la escena pululaban los chicos como abejorros, los que querían hacer la película y los que miraban. Lo único que hacía falta era ser un superhéroe. Los pibes de la esquina se trajeron una radio a pilas en la que escuchaban la música de Rodrigo y también de Gilda. Unas nenas con vestidos de princesas desgarrados se disputaban ser Máxima, aseguraban que era la princesa de Argentina. Pero estaban las otras más grandes, que les decían que no y entre ellas, estaban Violetta, Floricienta y Panam. La plaza llena de chicos se empezó a poblar también de vendedores de verduras que les regalaban las sobras de la feria. Así, con el transcurrir de los días, los muchachitos que ya no estaban en la esquina, sino un poquito más cerca de la escena, pensaron en poner un puesto de choripanes y las maestras de la escuela consiguieron unos tarros de pintura que usaron para llenar de colores los troncos de los árboles. En el club se enteraron y la tercera división del Tomba apareció una tarde a echarse un picadito con Messi, Mascherano, Maradona, Goico en el arco, el colorado Mc Callister, el cabezón Ruggeri y el pájaro Caniggia con sus pequeñas hijas haciendo de porristas para alentar al equipo, mientras un tal Tinelli, que se había puesto una corbata improvisada con diarios, relataba desde una lata de gaseosa ahuecada. A la semana siguiente, apareció el Víctor con un grupete de la Lepra y se jugaron el clásico. El cura, que ya no se quedaba a cebar mates mientras miraba, les consiguió unas zapatillas a los futbolistas, unas remeras a hijas del cabezón y el pájaro, les bendecía los choripanes a los chicos del puesto y puso una olla grande para que los verduleros hicieran ensalada con las frutas que algunos también usaban para improvisar malabares. Los mates los empezó a hacer doña María mientras vendía el pan que horneaba en la casa. Batman se había entusiasmado haciendo una luz gótica con un bidón de aceite vacío que le trajo la Llanera Solitaria desde el basural en la carreta comandada por Patoruzito. Don José, el albañil, le puso luz con un cable que descolgó de la farola de la plaza. El Gauchito Gil, hermano de la Hormiga Atómica, traía las revistas y mientras las leían, simulaban las viñetas.

El cura, preocupado, no sabía muy bien qué hacer con las cartas que le habían llegado del Arzobispado preguntando qué clase de doctrina estaba enseñando y del Intendente, que le pedía retirar el toldo de la plaza, desconectar el cable colgado de la luz de Batman y cancelar la olla de ensalada de frutas y el puesto de choripanes. La directora de la escuela también estaba preocupada porque los cuadernos de los chicos estaban llenos de historias y dibujos de superhéroes. Según ella, en la Supervisión le habían dicho que los superhéroes eran niños golpeados, con sus mentes perturbadas por la desigualdad, queriendo resolver por mano propia la injusticia social. “Entonces, son de verdad superhéroes”, le había contestado el sacerdote, reflexionando con indignación. “No se crea el personaje, Padre, usted no es el cura Brochero”, le dijo la directora. 

Él, ya con la rutina de la plaza incorporada, una tarde juntó las cosas del altar y le pidió prestada la carreta a la Llanera “Solidaria”, como él le decía. Improvisó un altar bajo el toldo y se puso a dar misa. Fue una ceremonia algo atípica, y les dio la comunión a todos con el pan de doña María y el mate cocido del merendero de la escuela. Para cuando llegó la navidad, ya no era una novedad la historia de Jesús, María y José, la estrella de Belén, los Reyes Magos y los pastores. El cura pensó en invitar al Arzobispo, a la Supervisora y al Intendente a visitar la plaza y, ya que estaba, también invitó a los directivos del Club, al Diario y al Canal.

Los chicos, que no estaban enterados de nada, el 8 de diciembre se juntaron como todas las tardes en la plaza. Las ollas de ensalada de frutas ya eran tres y Doña María también hacía el pan para los choripanes del puesto de los muchachos. Los dibujos de los cuadernos de los chicos se habían transformado en guirnaldas. La mula estaba recostada al lado del toldo y la carreta sostenía la luz de Batman, que seguía siendo Batman pero a su faro le había dibujado las alas de un ángel que le había gustado cuando vio el tatuaje que tenía en el brazo el chico que armaba los choripanes. La Difunta Correa se había puesto unas flores en la cabeza mientras Magneto y la Hormiga Atómica convertían a las moscas en luciérnagas. El Gauchito Gil le ayudaba al cura a preparar el altar y Patoruzito acompañaba a tomar la mamadera al hermanito de la Difunta Correa.

El Arzobispo, el Intendente y la Supervisora se inquietaron al ver llegar el camión del Canal, del que se bajaron los técnicos con las cámaras y un periodista con micrófono. Los chicos, sin alterarse seguían en su historia. El cura empezó a dar misa, como todos los domingos. Con el Evangelio en mano, relataba la escena del pesebre, pidiéndoles a los chicos que siguieran con la película, en la que cada uno hacía más o menos lo mismo todos los días. Cuando la ceremonia estaba terminando, le pidió a Batman que fuera con don José a encender la luz de ciudad gótica. Miró a los periodistas y les dijo: “Filmaron la película que hicieron los chicos, ¿cierto?”. Los periodistas detrás de las cámaras, emocionados, asintieron con la cabeza. “Bueno, están todos invitados a celebrar la navidad con las estrellas y a los Reyes Magos, no se olviden de traer sus regalos al niño del pesebre. Lo único que hace falta es ser un superhéroe”, dijo el cura con un guiño a los chicos.

La navidad en la plaza fue una verdadera fiesta de vecindad y el 6 de enero, el Arzobispo, la Supervisora y el Intendente llegaron disfrazados de Reyes Magos en el camión de bomberos, con los jugadores del club bajando bolsas llenas de pelotas, capas, cascos, botas, porras, sombreros, antifaces y botellas de gaseosas que, luego de ser vaciadas, iban a parar al santuario de las Difuntas Correa (que ya eran varias y tenían sus propios bebés de juguete hasta con mamaderas). Al terminar los repartos, armaron una pantalla en el medio de la plaza y vieron todos juntos la película de los superhéroes del barrio.

Francisco, Morena, Luciano, Abril y Juan Martín; es decir, Batman, la excéntrica Difunta Correa (ex mujer maravilla), Magneto, la Llanera “Solidaria” y Patoruzito, junto a la mula se sentaron en primera fila, choripanes en mano, para recibir los aplausos de Martín Fierro y los Reyes Magos.


Casi veinte años después de la película, siguen viviendo en el barrio, la Parroquia lleva el nombre del cura productor cinematográfico y allí celebra misa el hermano de la Hormiga Atómica, si… el Gauchito Gil. Francisco es policía, Morena es maestra, Luciano vende pólizas de seguros, Abril trabaja en la municipalidad y Juan Martín es profesor de gimnasia. El basural ya no existe, ahí está la cancha en donde entrenan los jugadores del club. El puesto de choripanes es un bar. Doña María es el nombre de la panadería que construyó don José y la feria alrededor del lugar que ahora tiene sus nombres: Plaza de los Superhéroes.