¿Quiénes son los fascistas?

Nunca me sentí cómoda poniéndole etiquetas a mis aficiones religiosas y políticas, porque pertenecer a una doctrina supone asumir todos sus preceptos y no sólo los que más nos agradan o convienen. Además sería reducir mi cabeza a una caja vacía en la que otros depositan sus ideas, y aceptarlas sin el menor de los análisis, para terminar convertida en una ciega y fiel seguidora de ideales ajenos.

Nací en el seno de una familia que me instruyó bajo los dogmas del catolicismo, pero no puedo afirmar que soy católica, porque si bien a lo largo de mi vida he ido rescatando de esta creencia aquellas enseñanzas que creo ennoblecen, existen otras que rechazo, ya que siento producen el efecto contrario.

Así también, por mucho tiempo fui adepta al feminismo. Hasta que se fue abriendo en derroteros contaminados por ideologías personalmente inaceptables, por lo que dejé de llamarme “feminista”. Y es que toda doctrina tiene sus fallas, o sus partes oscuras, las que sólo son advertidas por quienes no padecen de un apasionamiento exagerado llamado fanatismo. Abrazar una doctrina en particular y seguirla, significa creer por completo en ella. No se puede ser católico a medias. Sólo un fanático puede defender con tenacidad desmedida todo el sistema de una creencia, porque está incapacitado de ver sus fallas.

El fanatismo constituye uno de los peores males de este mundo. Es el causante de que se hayan cometido las más grandes atrocidades a lo largo de la historia. Moviliza los instintos más siniestros del hombre. Es una extrañeza que todavía no esté catalogado como la más peligrosa de las enfermedades mentales, que no hayan decretado al fanático como persona psicópata proclive a generar actos criminales.

Pero, volviendo a las clasificaciones. Hoy en día resulta imposible dar una opinión sin que te rotulen. Parece que se escucha, no para analizar otras ideas, ya sea para discutirlas, sumarlas o descartarlas, sino para catalogar al otro de tal o cual modo. Sí o sí hay que pertenecer a un grupo. Si estás en desacuerdo con las formas de manifestarse de las mujeres, te dicen “machista”, si repudiás la magnífica e histórica corrupción K, “macrista”, si te enojás por los tarifazos, “kirchnerista”. Digas lo que digas, te estamparán una etiqueta. Y ante ciertas calificaciones que, deliberadamente me designan, no puedo evitar una risa, ya que jamás le otorgo sentido a los términos que son usados con la intención de denigrar. Mención aparte merece cuando te llaman “fascista”. Esta dicotomía entre izquierda y derecha que ha vuelto a su auge en los últimos tiempos, nos está abrumando tanto. Parece ser que las diferencias ideológicas entre estos bandos opuestos son de carácter moral. A juzgar por sus discursos, la moralidad de los izquierdistas está basada principalmente en la virtud de sentir en lo más hondo, las injusticias cometidas a cualquier ser humano, sentimiento que los lleva a arremeter con ira contra la sociedad en reclamo de justicia y, fieles a su condición de contradictorios, resulta irónico que no se apenen si sus actos revolucionarios ocasionan injusticias. Aquél que no ha desarrollado dicha sensibilidad, es considerado de derecha, y por lo tanto un inmoral, un fascista. De ahí que desde siempre la izquierda más intransigente se ha atribuido indebidamente, una superioridad frente a los demás, y se crea con la idoneidad de señalar a los buenos y a los malos, a amigos y enemigos.

“Morir por los ideales”, suena tan romántico, tan utópico, que pareciera una de las más bellas cualidades del ser humano. Los fanáticos islamistas también están dispuestos a morir por sus ideales, incluso a matar. Pero ellos no nos parecen tan románticos, ni los recordamos como héroes dignos de homenajear, ni les levantamos monumentos. Por el contrario, calificamos sus actos como inhumanos y demenciales. ¿Qué es lo que hace que a algunos revolucionarios de izquierda, que fusilaban a sangre fría a los que no pensaban como ellos, se los magnifique tanto? ¿Sólo porque luchaban por sus ideales? ¿O porque se es fanático de su credo comunista?

La historia nos cuenta que no sólo las revoluciones de derecha han sido las dueñas en exclusiva de la opresión, ni las únicas que tomaron la vía autoritaria e implacable como método de reclamo o acceso al poder, la mayoría de los revolucionarios de izquierda también han impuesto su voluntad, originando una represión política violenta. Y también fueron responsables de innumerables muertes, muchas injustamente. Identificaban al enemigo a aquél que los contrariaba. El odio era su factor de lucha. Y pensar que hay quienes los mitifican, elevándolos a la categoría de héroes y bendicen sus infamias llamándolas “justas y necesarias”, sin embargo maldicen las dictaduras derechistas como de lo más injustas. Pero ellos querían cambiar el mundo, predicando la igualdad de oportunidades, defendiendo el valor y dignidad de la vida. Bellas convicciones a las que nos adherimos la mayoría. Pero, reflexionando en sus formas implacables de proceder, más bien fueron slogans que usaron para hacer creer que eran pacifistas proclamando amor y paz, cuando en realidad fueron genocidas que impusieron sus ideas con violencia. Y es que el fanatismo trastoca hasta la más noble de las ideologías. Ya que ese caudal gigante de sensibilidad hacia las injusticias, admirable desde ya, es directamente proporcional al odio hacia quienes las cometen.

Claro que muchos podrían refutar con el argumento de que sus luchas eran legales y justas al enfrentarse con gobiernos que consideraban dictadores. Pero en ese caso cabe preguntarse, si ellos no se convertirían en opresores para quienes defienden la libertad individual.

El fascismo está más allá de la derecha o la izquierda, no importa quién lo ejerza, es una conducta que la puede tener cualquiera. No es una ideología, sino una actitud de intolerancia hacia el otro, de menospreciarlo y querer acabarlo. Es fascista aquél que no acepta las diferencias y busca homogeneizar a todos, pero de acuerdo a lo que él cree que está bien.

La izquierda de hoy, tiene conductas fascistas como las tenían las derechas reaccionarias de antaño. Es una izquierda frustrada, que nunca supo instalarse en el sistema democrático, y recurre a tomar la calle con sus doctrinas violentas como único modo de protesta.

Qué ironía llamar “fascista” a quien condena todo acto de violencia como método de reclamo, proveniente del bando que sea, y al mismo tiempo admirar a alguien sólo por el hecho de proclamarse de izquierda, no importa si ataca, al mejor estilo de un dictador, a cualquiera que se oponga a su pensamiento. ¿No será que ellos también sean fascistas y no lo sepan?