Las estrellas miran hacia abajo

Stella miraba hacia el cielo desde el cuarto del hospital Austral y reflexionaba sobre la magnificencia de las constelaciones en una noche tan límpida como la conciencia de un infante. Entre ilusiones y sonrisas imaginaba distintas figuras que se podían armar con ese diáfano firmamento. Fantaseaba cómo hubiera sido contarle a esa hija la historia de los luceros.

Siempre sostuvo que las estrellas tienen una vida secreta que nadie jamás podrá llegar a entender. Quizás por el hecho de ser solo destellos de lo que alguna vez fueron, o tal vez por la triste realidad de tener que comprender que dichos astros ya están muertos.

El parte médico final era terminante, cuidados paliativos y esperar lo inevitable. Poner los papeles en orden y despedirse de los seres queridos. La criatura que llevaba en el vientre podría salvarse, pero ella nunca llegaría a conocerla.

Pensaba en la dualidad tan unívoca e irónica de la vida. El momento de mayor esplendor de una estrella es el instante previo a la muerte. Es como si en ese intervalo de claridad meridiana, se lograra entender el sentido final de la propia existencia para nunca poner esos conocimientos en práctica. Y ella se sentía como una estrella. Tantos años buscando ese embarazo y ahora con nueve meses de espera, el tiempo se le escurría entre sus blancuzcos dedos.

La magnitud esparcida por la galaxia, demostraba la fragilidad de la fuerza espectral, cuya luminosidad no podía ser opacada por ningún otro fenómeno y al mismo tiempo, podía extinguirse con un solo abrir y cerrar de ojos. Esos mismos ojos que cada vez costaba más mantener en vela.

La memoria se revolvía en una esfera celeste de momentos vividos y comenzaba a  escaparse dolorosamente del inconsciente para reflejarse en uno de esos millones de astros, como si cada evocación conociese el camino final de su destino, al estrellarse con el cometa que le dio vida. Cada uno de los recuerdos iba dejando el cuerpo y se encomendaba al cielo, dejando una estela de fugacidad y acallando las penas que el corazón sollozaba.

El brillo de la danza de las constelaciones ponía en jaque la poca conciencia que iba quedando, mientras una nebulosa estelar daba cuenta que todo iba a terminar. La liviandad de los pies se hacía patente en un gesto de completa relajación. El momento había llegado. Se tomó el vientre por última vez, como buscando conectarse con aquella vida por nacer y sintió como todo cobraba sentido. El ciclo de la vida se había completado.

Un halo de luz blanca ordenaba mágicamente todos los pensamientos, al tiempo que el alma se elevaba hacia un lucero remoto pero certero, para ser guiada ciegamente hacia una vía láctea que prometía el renacimiento eterno.

Una vez completado el ascenso como por un túnel, todo se tornó negro, ya no había más luces ni brillos. Nada que admirar hacia arriba, solo oscuridad eterna. Finalmente, y sorprendida por un llanto que parecía venir de otra dimensión, Stella comprendió plena de paz, por qué las estrellas siempre miran hacia abajo.

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La pequeña Stellita abría por primera vez los ojos a este mundo, en ese preciso instante una estrella fugaz pasaba por la ventana del hospital Austral.