Algunos perros no ladran – Capítulo dos: recetas profesionales

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Hace poco Lucas me preguntó sobre cómo había conocido a Mercedes. La verdad es que me impresiona la liviandad con la que se toma el tema, como si estuviese hablando con un amigo, como si sus padres no se hubiesen engañado mutuamente. Quizás la generación de hoy sabe que esto ya es así y que los padres son personas, a diferencia de nosotros que durante casi la mitad de nuestras vidas creímos que nuestros viejos eran superhéroes, hasta que, por alguna situación puntual, ya de grandes, nos dimos cuenta de que no, de que son tan imperfectos como nosotros.

A Mercedes la conocí en la máquina de remo del gimnasio. Yo esperaba que un chico terminara el ejercicio. En cuanto se desocupó apareció ella y se sentó sin darse cuenta que yo era el que seguía. Apenas me vio dio un salto y se deshizo en perdones, pero yo como todo un caballero le dije que la usara tranquila. –No te vayas remando muy lejos que no sé nadar. –Le dije, y ella tiró una carcajada, entonces supe que tenía una oportunidad porque de un chiste tan malo solo puede reírse quien tiene algún interés, por mínimo que sea, y para mí con las mujeres después de cierta edad todo se basa en construir a partir de bases sólidas, salvo que seas un adonis, cosa que dista largamente de mi ser. Ella, una chica de veintisiete años con un lomo que parte todo y yo, un tipo de cuarenta y uno con algunos rasgos tolerables y el cuerpo de un títere. Cuando este tipo de situaciones se presentan y uno ve un pequeño destello de posibilidad intenta algo, por más efímero que sea. A veces con la intención de saber que todavía se puede, una especie de pesca deportiva en donde se engancha y se devuelve al agua, y otras veces con la intención de saber que se quiere. Yo pensé que estaba en el primer grupo, el de los que quieren ver si pueden, pero un par de semanas después apareció la oportunidad de querer y yo quise como loco.

Primero fue un café después de entrenar. Un par de los chicos sugirieron que fuésemos a desayunar todos juntos y yo me sumé. Fuimos a una cafetería a tres cuadras y nos reímos un rato. Por ser uno de los más grandes me escuchan con atención cuando hablo (como si supiera algo que ellos no) y yo aproveché esa situación para chapear un poco de maduro, y resultó bastante bien porque al rato Mercedes me dijo por lo bajo: – ¿Vos qué hacés de tu vida? -Aprovechando que uno de los chicos contaba una historia. –Varias cosas. –Respondí yo con una sonrisa, haciéndome el interesante. -¿Vos decís para ganar plata o en general? –Bueno, las dos. –Dijo ella. Entonces le conté que después de quemarme las pestañas durante casi una década para otros, finalmente hacía unos años que había abierto una empresita, y que además daba clases de finanzas en la facultad. -¿Una empresita de qué? –Una empresita de sueños. –Dije yo entre chiste y verdad, y saludando a todo el mundo me excusé y me fui a laburar.

– ¿Y te fuiste? –Me preguntó Lucas cuando le conté este episodio. –Y me fui. A las personas mientras más las dejás queriendo más quieren. Es como un poema que leí hace poco que habla sobre las puertas, y que dice que las que están abiertas no dicen gran cosa, entras o sales, las cerradas tienen su misterio, aunque casi siempre prometen más de lo que dan, y con las entreabiertas hay que tener mucho cuidado, porque suelen ponerse irresistibles. –Concluí como un viejo choto, pero a Lucas pareció gustarle mi explicación. –Groso. –Me dijo.

– ¿Y vos? –Le pregunté al rato levantando la vista del diario. -¿Y yo qué? –Me dijo dejando el celular, cosa que me encanta de él, siempre tan dispuesto a convesar. -¿En qué andas? –En nada. Tranqui. – ¿Pero tenés ganas de estar con alguien? –Estar, estoy, pero si me decís tipo en pareja la verdad es que por ahora estoy bien así. – ¿Y el día de mañana? –Y no sé pa, el día de mañana veremos, ahora vivo lo que pasa ahora. –Respuesta que me dio un poco de envidia, no voy a mentir. Ojalá pudiese pensar así, en el ahora, sin descuartizar a cada persona que conozco en mil ítems distintos para ver si en el final seríamos compatibles o no. El problema es que mi cabeza ya tiene incorporado el proceso. Conozco a alguien y a los cinco minutos puedo saber si estaría o no con esa persona, o al menos eso creo, aunque sea un pensamiento algo corto, y es que son pequeñas cosas las que me dicen que sí o que no. Por ejemplo, la primera vez que salí con Mercedes fuimos a comer y después a tomar algo a un bar. Por supuesto que pagué todo yo, ni siquiera esperaba que ella pagara, pero el hecho de que no haya siquiera actuado como que sacaba la cartera o algo para que yo le diga “dejá, pago yo” me hizo saber al instante que nunca podría estar con ella en pareja. Puede que sea un anticuado, pero esas cositas para mí son la clave, son todo.

-¿Te casarías? –Le pregunté a Lucas. El dudo un segundo. –Sí, creo que sí, pero si no me caso no me molestaría tampoco, podría vivir toda la vida en pareja sin casarme. –Me soltó. Que pendejo livianito, está hecho de plumas. Hace poco un amigo me dijo que el amor de la vida de cada uno son los hijos, y no se equivocó.

Con Mercedes la cosa va bien, sin sacudones. Creo que los dos sabemos a qué estamos jugando y estamos bien con eso. Digamos que cada uno obtiene lo que quiere. Por mi lado un buen sexo y una compañía grata, que me empuja a divertirme, aunque a veces no quiera y se lo termine agradeciendo después. Creo que si fuese por mi nos juntaríamos a ver películas y a cenar casi todas las veces, pero ella siempre tiene algún programa para hacer, algún grupo para juntarse, alguna obra para ver, algún algo. Además, sé que es una buena mina, aunque sepa también que nunca vamos a estar definitivamente juntos. Cuando alguien me pregunta por Mercedes y el futuro yo siempre respondo con alguna mueca o digo una boludez para no responder la verdad, porque la verdad es larga y en general la gente pregunta por cortesía o por hablar de algo, pero si tuviese que ser sincero les diría que después de Ivana y de todo lo que pasó, hoy entiendo que tener una pareja es una elección de compañía, que el amor es un laburo y que como todo laburo tiene sus responsabilidades y que hay que aceptarlas o dar un paso al costado, porque en cuanto uno las quiere eludir el amor se rompe. También les diría que las mujeres que me gustan son las que me presentan un reto, pero no un reto a la conquista (de hecho, en ese caso todo lo contrario, mientras más distantes se ponen más distancia les doy. Nunca entendí las personalidades masoquistas que andan atrás de lo que no pueden tener.), sino un reto intelectual, alguien que de vez en cuando diga o haga cosas que me dejen con la boca abierta, cosa que con Mercedes no me pasa más que cuando la veo salir desnuda de la ducha. Quizás lo que busco es alguien a quien admirar. Quizás la admiración y el amor son primos hermanos. Por eso sé que con Mercedes nunca va a durar, y ella también lo sabe. Tampoco creo ser yo el ideal para ella, pero después de todos los boludos y forros que se cruzó en el camino creo que yo fui la elección segura en donde puede estar tranquila. Intuyo que en cuanto recobre su fe en los hombres comenzará a mirar para otro lado, pero no me preocupa en absoluto.

Hace unos meses estábamos en la cama un domingo después de almorzar. Yo veía sin ver un partido repetido mientras pensaba en cómo pedirle a Ivana que me devuelva los discos de vinilo que se quedó, pedido para el cual tengo dos razones: número uno, no los escucha porque no tiene en dónde, y número dos, son míos. Mercedes se pintaba las uñas de los pies mientras leía una revista. De repente levantó la cabeza y me miró. – ¿En qué pensás? -Dijo al ver que yo tenía la vista perdida. -En Ivana que tiene unos discos míos. -Contesté con toda franqueza. Ella se quedó callada un segundo. – ¿Y pensás muy seguido en ella? – Clásica salida de los inseguros que llevan todo a su terreno personal así estés hablando del Barcelona. -Bastante. – Le contesté. Mercedes me miró algo incrédula. -Pienso en cómo puede ser tan hija de puta de no devolverme unos discos que no escucha y que no son suyos. -Ella relajó la mirada. – ¿Y por qué no te los devuelve? -Porque es rencorosa. Siempre me molestó esa parte suya. -Mercedes hizo una mueca y se miró los pies. – ¿Y cuál es la parte mía que más te molesta? -Soltó, y el hecho de que siguiera trasladando la conversación a su rancho me dio bronca. -La parte en donde me haces preguntas que no tienen respuestas felices. -Le contesté. – ¿Te das cuenta de que no se puede hablar con vos? -Me dijo, y apenas terminó con las uñas se vistió y se fue a lo de la madre.

Soy un boludo, pero no por mi contestación irónica ni mi cinismo, sino porque por no contener mis estúpidas ganas de dar respuestas altaneras me quede toda la tarde del domingo solo en casa. Era tan fácil decir algo como “la parte cuando no estás conmigo” o alguna cursilería así, pero no, cuando uno es boludo lo saca a relucir en cada oportunidad que se le presenta.

“Ahora vivo lo que pasa ahora”, todavía pienso en esa frase. Durante muchos años, especialmente a partir de que tuve a Lucas, dejé de vivir en el ahora para vivir en el mañana, esperando que todo se solucionara cuando me ascendieran de puesto, o cuando encontrara un trabajo que me diera la plata y la satisfacción que quería, esperando que las cosas con Ivana mejoraran, esperando que Lucas creciera y no me generara más esa especie de angustia minuto a minuto que me genera todavía cuando pienso que le puede pasar algo, aunque ya esté un poco más relajado. Durante todo ese tiempo no conseguí el laburo que buscaba ni arreglé las cosas con Ivana, y ahora puedo ver que no lo hice porque vivía esperando que se arreglaran solas, que pasara algo, que alguien me ofreciera ese trabajo, que Ivana mágicamente cambiara, y nunca pensé que el que tenía que cambiar era yo. Es como si en el fondo todos estuviésemos tan arraigados a nuestra verdad que no existe otra, no hay otra forma de ver la vida más que la nuestra, aunque parezca que cambiamos, lo que cambiamos son nuestras actividades, pero pocas veces cambiamos la forma en que vemos la vida. Finalmente hoy creo que la he cambiado, y que en vez de vivir en el mañana he comenzado a vivir en el pasado y creo que estoy tropezando con la misma piedra, pero no me queda otra que tropezar y aprender porque no tengo la capacidad mental ni emocional para evolucionar hacia el ahora, al menos no ahora.

Apenas nos separamos con Ivana yo estaba hecho un trapo, y durante un par de meses no hice más que ir a trabajar, almorzar dos veces por semana con Lucas y dormir el resto del tiempo, aunque más que dormir me tiraba en la cama a no pegar un ojo. Creo que nadie ha visto tantas horas de programas de cocina como yo en ese tiempo, tanto que después de plantarles varias quejas por las redes sociales finalmente les escribí una carta de puño y letra que mandé por correo. En la misma yo les reclamaba su poco profesionalismo y mi queja se basaba en que cuando uno mira un programa de cocina, se supone que el tipo que está del otro lado de la pantalla tiene que enseñarnos a hacer platos dignos de un restaurante francés. ¿Que sentido tiene aprender a hacer una tortilla de papa común y silvestre que me podría enseñar una tía o una abuela? Al final no sé para qué estudian tanto entonces si nos van a enseñar a hacer las comidas más simples del mundo. “Sería como ver un partido de fútbol de tipos que jueguen igual o peor que yo”, concluí.

Mauro ya me había visto un poco obsesionado con el tema de los “gourmets” como él les dice, pero cuando le conté lo de la carta se le rebalsó el vaso y me dijo que yo tenía que ir a un psicólogo porque ya estaba empezando a actuar como un desquiciado, y la verdad es que no me cayó de mala gana su consejo. Uno tiene el poder de estar mejor, pero a veces llega más rápido si alguien le da una mano, es como si tuviésemos que cruzar un mar remando; si nos ayuda alguien que no sabe remar nos va a costar el doble pero si es un remador profesional bienvenido sea.

Unos días después comencé mi terapia con el doctor Ibáñez, un tipo macanudo que tiene un par de años más que yo, y que, gracias al dios de la terapia, también es divorciado. Es como si estuviese hablando con el yo del futuro, que ya pasó por esto y que me cuenta qué es lo que fui haciendo para ponerme bien, y he ido descubriendo algunas cosas de mí y de los que me rodean que me ayudan a entender un poco más. Es increíble cómo entender nos calma de repente miles de ansiedades y miedos, porque en general lo que nos pasa es que no entendemos qué o por qué pasan las cosas y eso nos pone mal, pero en el momento que nos cae la ficha todo se serena.

Leí un chiste gráfico hace un tiempo en el que un marinero iba a bordo de un barco llamado matrimonio, y el capitán gritaba por un megáfono “¡sálvese quien pueda!” justo antes de chocar con un iceberg. Por alguna razón ese chiste vino a mi mente varias veces durante la terapia.

Sálvese quien quiera, diría yo.

Continuará…