¿Estamos retornando al puritanismo?

por Lorena Inzirillo

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“Teresa soñando”

Mirando Facebook veo que una página de mitología y arte a la que sigo, sufrió la censura y el bloqueo por parte de la red social debido a las publicaciones de desnudos en el arte. Quedé sorprendida, y mucho más cuando inmediatamente después, leo acerca de una mujer llamada Mia Merrill, que después de salir escandalizada del Museo Metropolitan de Nueva York, por haber presenciado la obra de Balthus “Teresa soñando”, de 1938 (una niña sentada con actitud relajada, reclinada en un almohadón y con su ropa interior visible), decide juntar firmas para instar al Museo a retirar de inmediato la pintura, convenciendo a los firmantes de que la niña aparece en posición sugerente y denota, además de una cosificación femenina, una incitación a la pederastia. Las autoridades del Museo, se negaron con rotundidad a la petición, aduciendo que el arte constituye una oportunidad para reflexionar sobre culturas pasadas y la actual. Evidentemente Merrill, como los denunciantes de la página mitológica, no han tenido tiempo de hacer una recorrida por la historia del arte y cuyo papel en la sociedad desconocen.

Y siguiendo la ola de noticias moralistas, me entero de que los millennials, fieles a su espíritu susceptible, criticaron duramente la serie Friends, tildándola de homofóbica y sexista; en Londres piden sacar de los programas de estudio a los filósofos Descartes, Platón y Kant por racistas; Facundo Arana y Araceli González son atacados por feministas radicales por haberse expresado de modo políticamente incorrecto; en la Universidad de Granada, y esto cuesta creer, inventan un calendario que feminiza a los meses de “enera” a “diciembra”; y para rematar: la avalancha de denuncias de acosos sexuales, entrando en la redada actores desde Juan Darthés a famosas figuras hollywoodenses. Siendo esta última noticia merecedora de un exhaustivo análisis, cabe preguntarse ¿por qué una campaña como la del #MeToo, con un reclamo tan justo, Femi 8necesario e indiscutible como es el de terminar con los acosos y abusos sexuales, tanto en el ámbito laboral como en cualquier otro, despierte tantas dudas y hasta haya sido criticado por un centenar de artistas francesas? Los motivos pueden ser mútiples, pero debemos descartar por lógica, que sea porque se está del lado de seres tan despreciables como los abusadores. No creo exista persona noble y con sentido común que esté a favor de estos abusos. ¿No será, entonces, momento de reflexionar sobre los métodos del feminismo actual, por lo que cada vez se alzan más voces en contra? ¿No será que los medios de comunicación vienen presentando un feminismo inquisitorial y dominante, que rechaza la pluralidad de pensamientos coexistentes, como único legítimo y ya no sea respetable? La desmesura de esta corriente feminista ha ido demasiado lejos con sus continuas y banales quejas y su ataque sistemático al varón. El efecto de un feminismo déspota y fundamentalista, con sus discursos matones y normativos, no puede ser más contraproducente. No sólo corre el riesgo de que sus posturas radicales alejen a muchos, sino que, como en este caso, se desconfíe de toda proclama aún siendo legítima. Un movimiento resentido, cuasi victoriano y prohibicionista, no inspira más que una honda antipatía. Los que lo criticamos no defendemos a los abusadores, ni desconocemos la historia del feminismo, Femi 2ni somos desagradecidos de sus logros, ni mucho menos estamos en contra de la equidad. Sino que no estamos de acuerdo con esta vertiente tan radical y hegemónica, ni con sus modos violentos en que se declina. No se puede ser indulgente con un movimiento moralista y opresor, que no tolera la disidencia o la crítica y la reprime salvajemente imponiendo sus criterios y empleando la violencia como respuesta. Un feminismo hostil hace del debate motivo de linchamiento, invalida otras ideas y descalifica a quienes no siguen su línea de pensamiento, acusando de antifeminista e ignorante al que discrepa de sus dogmas. Una brutal inquisición femenina que todo lo vigila con su vara moral y salta a la yugular de cualquiera que no se exprese como es debido o se atreva a poner en duda la lógica de su ideología.

Un movimiento irracional que pone en alza a un modelo de mujer reaccionario, que machaca incesantemente a los hombres, no construye progreso, por el contrario, es la versión femenina del sistema patriarcal de antaño, mujeres fanáticas y revanchistas, que entienden que ser mujer es un demérito y el varón el culpable de todos sus males, y que sin poder ocultar su deseo de anularlo, llevan a cabo una lucha desproporcionada e histérica, repitiendo el mismo modus operandi del patriarcado que han venido criticando secularmente, teniendo las mismas actitudes de dominación que los hombres han tenido hacia nosotras durante siglos. Hemos pasado de una opresión del sexo masculino a un absolutismo del género femenino.

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A este feminismo lo que le sobra de disparates y clichés como “heteropatriarcado”, “falocentrismo”, le falta de ideas razonables de equidad y respeto. Un feminismo dominante y tan alejado de la corriente racional y humanista, actúa como un instrumento más de agresión, alimentando la inequidad y contribuyendo a la eterna guerra de sexos más que a la reconciliación. No lucha contra la violencia venga de donde venga, ni libra a las mujeres de los maltratadores, sino que los releva.

Nadie duda de que existan violadores y abusadores de poder, y que varias de estas denuncias sean ciertas, pero la locuacidad de muchas que defienden el #MeToo, se ve manchada con ciertos tintes extremistas, que nos lleva a pensar en un retorno al puritanismo, del que tanto nos costó salir épocas pasadas. Feministas mojigatas que se ofenden hasta de que las miren, es lo menos que estábamos necesitando. “La violación es un crimen, pero el coqueteo insistente o torpe no es un delito, ni la galantería una agresión Femi 5machista”, reza el comienzo del manifiesto de artistas francesas que contrariaron al #MeToo. Su discrepancia está fundada en que un colectivo de mujeres exaltadas, reivindican el derecho a no ser “molestadas” exigiendo que ciertas actitudes galantes de los hombres, sean previamente consentidas, de lo contrario constituyen una agresión sexual. Otras, igualmente exageradas, sentencian que un beso robado es una incitación directa a la violencia sexual y que cuentos como Blancanieves y la Bella Durmiente son perniciosos para los niños y deberían ser quemados en la hoguera.

 ¿Imaginan a los hombres esperando nuestro aval para seducirnos? Si tienen que pedirnos permiso por cada actitud en plan de conquistarnos, más que un juego de seducción, sería una petición de lo más deserotizante. No existe seducción posible en la que no estén presentes las insinuaciones, la insolencia, la osadía y el factor sorpresa como cuando te roban un beso.

Las violaciones, los abusos y acosos no pueden ponerse en el mismo plano que la seducción, aún pudiendo resultar esta última molesta. Esta cruzada feminista posiciona a las mujeres como eternas víctimas y a todos los hombres como victimarios. Ellos se deben de estar replanteando el historial de su comportamiento, ya que no existe hombre en el mundo que no haya tenido alguna actitud sexual torpe o sin consentimiento previo.

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Es bueno que los abusadores y los que utilizan su superioridad jerárquica para aprovecharse del que está en situación de desventaja, reciban su castigo, pero criminalizar a todos los hombres no está bien. ¿Dónde está la frontera del acoso? Existen tantos matices y ese margen es tan subjetivo que lo determina cada mujer. Lo que es aceptable para unas, puede no serlo para otras, y lo inaceptable no siempre constituye un delito. Es inconcebible que un colectivo de mujeres, desde su moral y sus preferencias, decidan e impongan en nombre de todas, lo que para ellas es agresivo.

No creo posible que el #MeToo disuada a los violadores y abusadores más viles y enfermos, son demasiado perversos como para que una campaña los amedrente y frene sus propósitos. No obstante podría haber sido positivo para terminar con ciertos tipos de abusos de poder, de no haber derrapado en exageraciones tales como meter a todos los hombres en la misma bolsa, paralizando incluso a los de buenas intenciones. Esta cruzada empeora las relaciones, nos conduce a un nuevo paradigma en el que las mujeres van a pasar a ser las que dominen la escena y se gesten cada vez más varones temerosos, débiles e inseguros que no sepan cómo comportarse frente a una mujer. Lo cual es un grave error ya que el origen de la agresividad machista es el miedo trasformado en violencia.

Por el camino que vamos, dudo de que este mundo se transforme en un lugar más justo y equitativo, sino más bien aburrido y triste y lo que es peor más violento.

¿Qué vendrá después? Espero que con esa lógica de lo correcto y ese ojo de talibán no se les ocurra censurar al genio inmortal de Gustavo Cerati y su “Juegos de seducción”.