Algunos perros no ladran – Capítulo I: Platos voladores

Por Peter Cubillos

Qué cosa tan al pedo las firmas. Nos hacemos los raros haciéndolas difíciles como si a alguien les fuesen a interesar, como si alguien fuese a falsificar la mía. Como mucho ese alguien se podría llevar unos pesos del banco y un par de muertos que tengo por ahí sin cubrir, nada más. Siempre lo pensé, qué cosa tan al pedo, qué método tan arcaico, pero siguen estando y te las hacen poner en todos lados. ¿Alguien leerá las firmas de las tarjetas de crédito alguna vez? Presiento que ni el loro. Yo siempre firmo distinto, pongo nombres de famosos, a veces hago un dibujo, pongo mi número de celular en vez del documento, total ¿a quién le interesa? Nunca me importaron las firmas, nunca les presté atención, pero a la de hoy sí. La de hoy quizás sea la primera y única vez que me tomo el tiempo de hacerla prolijita, en detalle, infalsificable. Cuando firmé la última hoja me sentí liviano realmente, ya no voy a tener que ver más a Ivana. Lucas ya es mayor de edad así que salvo cosas muy puntuales adiós a Ivana para siempre. Es raro esto del divorcio, como que uno nunca piensa que le va a pasar, y pasa. Cuando me casé la verdad es que tenía mis dudas, sobretodo porque a los veintiún años uno no sabe ni cómo le gusta el café, mucho menos va a saber con quién casarse, pero me casé feliz. Ivana era una mina piola y nos divertíamos. El hecho de que se haya quedado embarazada de Lucas fue por supuesto el puntapié inicial de todo, pero yo creo que nos hubiésemos casado eventualmente, además, ella siempre fue un bombón y cuando uno es pibe eso es más importante que Dios, que el fútbol y que la madre, lo que pasa es que yo no sabía que era una hija de puta. ¿Cómo hace uno para saber en qué se va a convertir la otra persona con el tiempo? No hay manera.
Cuando salí de la oficina del abogado bajé las escaleras casi corriendo, como si hubiese rendido mi última materia, chocho de la vida. Lucas me esperaba abajo de trajecito todo empilchado. -¿Y? –Me dijo con esa sonrisa de atorrante que tiene. –Y listo. –Le dije, y me dio un abrazo. –Me alegro por vos viejo. ¿Vamos a tomar un cafecito? –Así que nos fuimos a un bar a unas cuadras a mezclar café y cigarrillos. Siempre he dicho que los festejos reales se hacen con plena conciencia, a la luz del día, sin alcohol, saboreando realmente el logro obtenido. Después uno se puede poner en pedo y toda la milonga, pero el festejo real, el que va por dentro, ese se hace de día, con café y cigarrillos, con amigos, y si tenés tanta suerte como yo, con un amigo que además es tu hijo, porque yo a Lucas lo elijo de amigo así no tuviésemos la misma sangre. No conozco persona más entrañable que ese pendejo.

 

No sé bien cuándo fue que empezaron los problemas con Ivana, supongo que antes de que yo me diera cuenta. Me acuerdo que en la luna de miel tuvo una discusión con una chica en el boliche y la trató bastante para la mierda. –Es porque está en pedo. –Pensé yo dejando que mi calentura y todo el circo del viaje me nublaran el juicio, pero no, a la gente que tiene buenos pensamientos ni las drogas se los cambian. Lo que sí tengo que admitir es que tiene sus atributos la flaca y que son varios, porque que una mina esté buena es una cosa, pero que además sepa utilizarlo sin quedar como una calentadora de colchones es destacable. Además, la tipa habla con cualquiera, putea mejor que nadie, cuando está de buenas es la más divertida y aventurera del mundo, y encima tiene unos huevos de oro; el tema es que cuando deja de jugar para tu equipo juega en contra y ahí mejor que reces para que alguien te salve, pero como yo no rezo terminé pidiendo la hora. En los primeros años no, porque éramos tan jóvenes que nos refugiábamos en los consejos de los demás: “Es porque son chicos, dale tiempo”, “Hasta que el bebé crezca un poco, ahora porque no duermen bien”, “Mientras no peleen por plata lo demás es solucionable” y cosas por el estilo, y en esas palabras uno va encontrando la píldora para dormir de noche, pero la verdad es que hay ciertas personas y situaciones que no mejoran y que es mejor dejarlas, porque le envenenan a uno el día y la vida, y no estamos para regalarle días a nadie, mucho menos la vida. A veces creo que la experiencia solamente sirve para ponerla en los currículums. De la de los demás nunca se aprende y la propia llega cuando ya no se necesita. El otro día lo hablé con Mauro después del fútbol y me dijo que sirve “para que no te pase de nuevo”, pero la verdad es que las situaciones jodidas de la vida no suelen repetirse.

 

El día que Ivana se enteró que la había engañado fue como si me lo hubiesen contado, como si yo no hubiese estado ahí. Tengo todavía los recuerdos frescos, me veo sentado ahí, la veo a ella entrar en la casa con esa furia calmada que tiene que da vértigo, escucho nuestra corta conversación, los portazos, la luz que entraba en el living, todo, todo es como si alguien más lo hubiese vivido, como si lo hubiese visto en una película.
Me acuerdo que era verano y que hacía muchísimo calor. Ella entró a casa como siempre a la hora del almuerzo. Yo leía sentado en el pasillo de arriba cosa que a Ivana la volvía loca porque decía que de todo el pedazo de casa en el que vivimos por qué me iba a poner yo en un lugar de paso, y quizás tenía razón, pero lo hacía como un acto de rebeldía porque a esa altura ya se había ido todo al carajo y para mucho más no me daba. Eran esas mis mugrosas victorias diarias. Ella colgó el saco en el perchero de la entrada y miró directamente hacia donde estaba yo leyendo. En cuanto la vi se me fruncieron un poco los pensamientos, y como soy medio boludo le tiré un -¿Cómo te fue hoy, negra? –tan típico de los que tienen cola de paja. Regla general de vida: si te mandaste una macana actuá lo más normal posible. Ella que es bicha se dio cuenta que yo sabía que ella sabía, y en un segundo su cabeza preparó un plan para que yo confesara todo; y yo caí. (Todo esto me lo contó Rocío hace unos meses. –No es mala mina. –Me dijo mientras me lo contaba. –Vos porque no la conocés. –Le dije yo. –Hace casi veinte años que es mi cuñada, algo la conozco Pancho. –Me contestó. –Yo duermo con ella hace veintidós. Creeme, es una yegua. Además dejá de defenderla que vos sos mi hermana no la de ella. –Le retruqué.) –Bien, ¿Vos?–Me preguntó Ivana yendo a la cocina. Yo, pensando que ese día ella estaba de buenas, dejé el libro y bajé. –Bien todo en orden, recién llego. –Le dije entrando a la cocina. – ¿Mucho lío en la oficina? –Me preguntó, tendiendo ahí mismo la trampa. –Bastante. –Contesté yo pisándola. -¿Ah sí, mira vos? Qué raro che, porque vengo de ahí y me dijo la secretaria que hoy no habías ido. –En ese mismo momento sentí las trompetas de defunción, pero intenté zafar y con una velocidad que todavía hoy me sorprende la seguí. –Estuvimos toda la mañana en lo del ruso éste a ver si compra. Pensé que hablabas en general. –Y con soltura abrí el cajón de la cocina y empecé a poner la mesa, esperando de reojo que Ivana me apuñalara o algo.
Yo no soy un mal tipo, o al menos no creo serlo. No tengo pensamientos malos ni ando por la vida intentando cagar gente, pero el tema de la infidelidad me ha hecho pensar mucho en qué es ser un buen tipo y qué no. Yo sabía que ella me engañaba, lo podía sentir. Pruebas nunca tuve porque a decir verdad nunca las busqué. Los engaños se sienten antes que nada, antes de saber, antes de que te cuenten, se sienten en pequeñas variantes de las cosas cotidianas como una respuesta en un mensaje o un cambio casi imperceptible de rutina, en una actitud, en la forma de relatar el día de tu pareja, en infinidad de cosas. Yo lo sentí y con el tiempo lo confirmé. De repente empezó a ser un poco más cuidadosa con su celular y no lo dejaba ni para cocinar. Quizás hay gente que sea así, pero Ivana nunca fue así, jamás le dio pelota a esas cosas. Cuando por fin lo pude ver algo en mí cambió, como si la caja de cristal en la que guardaba a Ivana se hubiese roto y de repente ella era una mina más, con problemas como todas, con defectos, como yo, pero lo más terrible no fue eso sino que uno a veces se intenta convencer de que no está pasando lo que está pasando, y aunque en el fondo sabe que sí, se convence ficticiamente de que no, y vive el día a día como si fuese una obra de teatro en donde andamos actuando y nos vamos a dormir felicitándonos por el papelazo que hicimos ese día, con un gusto a mierda en el alma que se mastica en los sueños. Así estaba yo, no queriendo saber que Ivana me engañaba, viviendo una especie de novela por auto convencimiento, y así dejé pasar años.

Unos meses antes de que Ivana supiera de mi infidelidad fue que yo empecé con el gimnasio a las siete de la mañana antes del laburo, y ahí conocí a Mercedes que es una pendeja con muy buena onda que me hizo divertir un montón (cosa que reconozco, me atrae mucho de las mujeres) y empezó todo ese rollo. Lo que es increíble es lo distintos que somos con Ivana. Yo estuve años sin decir nada y ella a penas lo supo me encaró. Una de las tantas pruebas de mi falta de valor en la vida y algo que agradezco que Lucas haya tomado de su madre.

Cuando Ivana me interrogó (porque fue un interrogatorio) sobre Mercedes, se me hizo imposible escaparme de la verdad. Yo puse la mesa, ella tiró unas milanesas a freír y nos sentamos a comer como todos los días, y aunque ella ya sabía porque se lo había confirmado una compañera de trabajo que conocía a Mercedes por otro lado, todo permaneció normal hasta que yo se lo admití. Fue como que sabía pero hasta que yo no se lo confirmara nada era real, y a veces pasa así. – ¿El miércoles también estuviste toda la mañana en lo del ruso ese? –Yo miré con cara de pavo como si me estuviesen hablando en chino. -¿Y el anterior también? –Dijo, y se le fue llenando de sangre la vena de la frente. –Sí, tenemos reunión todos los miércoles con el ruso. –Le contesté yo como si nada. -¿Cuál es el problema? –No seas tan cagón Francisco y decime la verdad. –Me dijo Ivana apretando la servilleta. Yo me quedé en silencio, como amagando a hacerme el desentendido de nuevo, pero ella me largó todo. –Te estás cogiendo a otra mina hijo de puta. -Un silencio de misa se escuchó en toda la casa, y yo no tuve más remedio que asentir.

Primero fue un vaso el que voló y dio justo contra el aparador del comedor, después un plato, después otro. Me cubrí como pude pero Ivana tiene buena puntería y el sacacorchos casi me destroza la rodilla. Después volaron un almohadón y otro sin fin de cosas, y aunque lo intente no puedo olvidarme de la cara de Ivana, de su llanto, de los insultos, de su desolación. Creo que nunca la había visto así de triste, y hasta creo que verla así me trajo de vuelta un poco del amor que se nos había ido. Mientras volaban cosas y ella me maldecía en seis idiomas yo le echaba en cara sus infidelidades y sus malos humores.

Con el tiempo he repasado esa escena infinidad de veces, y hoy sé que en ese momento lo que  Ivana me estaba tirando no eran platos y cubiertos, sino los pedazos de un corazón roto.