Como si las tinieblas fuesen un recuerdo

Sin embargo 2

No, no sos la mujer más linda del mundo. Al menos para mí no lo sos. Hay muchas mujeres más lindas que vos. No me gusta tu forma de ser. No me gusta esa cosa autoboicoteadora que destruye todo lo que conseguís, lo que buscás. No me gusta. No me gusta que te quieras tan poco, que no exijas un poco más por vos misma. No me gusta. No me gusta que inventes un show de la libertad que no tenés, de la independencia que ni siquiera intentás obtener, pero que estampás en frasesitas de Facebook y Twitter dos o tres veces por semana. No me gusta. No me gusta que tengas un aire de seguridad y despreocupación cuando vivís preocupada e insegura. Esa inseguridad que… bueh. No me gusta. Si pienso en lo que eras hace unos años y lo que sos… Sí, reconozco que hace unos años tenías algo, pero ¿hoy? No, nada. Nada… Absolutamente nada.

Antes me hacías reír tanto, y sin embargo hoy tu risa es inverosímil. Tus chistes no son graciosos ni para vos. Sé que lo sabés. Y detesto esas frases tuyas con algún juego de palabras, o con un chiste típico tuyo que ya no sorprende… Estoy seguro que a nadie sorprende. Seguro. ¡Y tus miedos! Ufff, tus miedos… No digo que sean patéticos pero cómo te deslucen, ¡Cómo te deslucen! Y cuando supe que te habías rendido, que te arrepentías… Cuando supe que habías bajado los brazos y arrastrabas los sueños al caminar, qué tristeza. Ya no soñabas con algo mejor. Bah, ya no soñabas. “Me arrepiento”, dijiste. Ay, qué depresión. Y conociendo tus necesidades no soporto verte mendigarlas. Es que no lo soporto, no lo llevo bien, no.

Sin embargo hoy no me animaría a verte cara a cara. No me animaría a enfrentarme con vos. Tantas veces soñando que te despreciaría, que te correría como un mueble, sin embargo no me animo a tenerte frente a mí. No sé cómo podría resistirme a esa mezcla de picardía e inocencia que te supura por cada poro, a esa risa afónica y desenfrenada, a esa cabeza tan femenina, llena de preocupaciones de mujer… Me dirías que me deje de joder, y siento que lo haría, que me moriría de ganas de dejarme de joder, de volver a reírme con vos, a encontrarme en tu mirada, a no sacarle los ojos a tus manitos moviéndose, a que me cuentes lo que estás pensando, lo que te pasó…, y que me cortes el aire con esa mirada que me perforaba las pupilas, que no me tenía miedo ni respeto, que te arrimes a mi pecho, con tus brazos juntos para que te atrape en un abrazo, y cierres los ojos, y…

Sé que esa mujer ya no existe, pero cómo la extraño… Al final comprendo que el amor no es lo que somos, sino la estructura en que reside lo que somos, el mausoleo depositario de nuestras decisiones, el molde donde toma forma el vino o el vinagre del que estamos formados. O acaso… ¿no necesitamos tanto el vinagre como al vino? Por eso el amor es incomprensible. Lo importante no es sólo lo de adentro. Lo siento, lo siento de verdad, pero no es sólo lo de adentro. Tampoco es el estereotipo exterior, sino que es una combinación del líquido y su estructura. No es lo mismo un vaso de nafta que un bidón casi vacío de combustible, o una palangana tibia de banana con leche, que lo mismo en una jarra. El sabor puede que sea el mismo, pero siempre voy a preferir la jarra. ¡Por Dios que voy a preferir la jarra!

No puedo detectar que es lo que me gusta tanto de vos, qué es lo que te hace irresistible, no lo sé. Sólo sé que no te quiero, que no te prefiero, que no te elijo, que no sería feliz con vos, y que si te veo, si te cruzo en una calle, si me mirás a los ojos, si me sonreís, si soltás tu risa afónica, si coqueteás conmigo, no tendría ninguna oportunidad de resistirme.

Al final tiene razón Pascal Quignard cuando dice que “en el fondo del hombre hay una noche irresistible. Cada anochecer los hombres y las mujeres se quedan dormidos. Se hunden en esa noche como si las tinieblas fuesen un recuerdo”.

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