El Caso de Halloween

Por Peter Cubillos

Hace unos años volvió a pasar las fiestas mi primo el que vive en Nueva York. Organizamos un asado en mi casa para el treinta y uno, y vino familia de todos lados. Mis tíos del sur, mi adorado viejo del alma, mi hermana y mi cuñado con los chicos, y por fortuna mi primo que también venía con su señora y la manada. Arrancamos el fuego como a las siete y media con un calor que nos hacía entrar y salir de la pileta cada media hora. El viejo se puso a cortar algunos salames y quesos que traía del campo, mi primo abrió algunos vinos de California y yo me dediqué de lleno a las brasas y la carne. Además de una reunión de familia era una reunión de policías, (mi tío lo fue, mi abuelo también, y por supuesto mi primo, aunque ahora lleve el uniforme en otro país) así que empezamos a hablar del tema, a contar distintos casos, anécdotas, a comparar. Él nos contó de lo bien organizados que están allá, de los equipos que tienen, de las capacitaciones que les dan, y de las miserias de los gringos.

 

-Cada loco de esos vale por cien de los nuestros. –Dijo.

 

-Mirá que acá también hay de los lindos. –Le contesté. – ¿Alguna vez te conté la historia de Rosas? –Y se la conté con lujo de detalles. Quedó impresionado y hasta me felicitó. Nos reímos un rato con ese relato y por fin él se decidió a contarnos una.

 

-Yo les voy a contar un caso que tuvimos para Halloween hace diez años.

 

– ¿Para qué? –Preguntó mi viejo.

 

-Jalowin papá. –Le dije yo bien bruto. –Es la noche de brujas, una fiesta que festejan los pobres diablos estos en octubre.

 

– ¡No solamente los yanquis, he! –Dijo mi primo con razón.

 

-Es cierto, ya se la vendieron al resto del mundo los hijos de puta. –Contestó mi tío sirviéndose otra copa de vino.

 

Así que ahí, alrededor del fuego, mi primo nos contó que hacía unos años cuando él vivía en Baltimore, fue testigo de uno de los casos más impactantes que conoció en su vida. Para la época de Halloween como es sabido todo el mundo se disfraza y los nenes van de puerta en puerta golpeando a ver cuántas golosinas pueden recolectar. –Pasa que muchas veces en vez de comprar golosinas las hacen ellos mismos, de aburridos que están nomás. –Comentó mi primo.

 

Resulta que tres días después de todo el circo, aparecieron cinco niños intoxicados de los cuales fallecieron cuatro y uno quedó internado en terapia intensiva. La alarma se disparó a nivel estatal cuando resultaron ser todos vecinos del mismo barrio, uno de clase alta, con una distancia de no más de seis cuadras entre familias. La policía no puedo identificar el veneno. Como no se podía conseguir una orden de allanamiento para todo el barrio la policía tuvo que investigar por su cuenta, pero la clave parecía estar en el sobreviviente, que tardó casi dos semanas en volver en sí.

 

– ¿Niños de qué edad? –Preguntó mi viejo.

 

– Siete el más grande, tres la más chica. El que se salvó, Tim, tenía cuatro.

 

-Dios mío. –Dijo mi tío. –Que gente loca.

 

-Para que todavía no termina. –Contestó mi primo.

 

La prensa estuvo de guardia en el hospital durante semanas. Cámaras por todos lados, fotógrafos que se colaban en los pasillos de incógnito, pero como los gringos para esto son vivos lo pusieron al nene en una sala en el piso veinte, cosa que nadie pudiera entrar si no era por la puerta principal, y todo se mantuvo más o menos en secreto. Los medios sacaron sus conclusiones, pero la verdad es que nadie supo lo que realmente pasó más que por un puñado de los que estaban envueltos en el caso, como mi primo.
Cuando por fin Tim despertó fue el jefe de su sección el que, junto con un psicólogo especialista, lo interrogaron.

 

Entraron en la habitación. Tim dormitaba junto a su madre en una sala completamente a oscuras salvo por la luz de la máquina a la que estaba conectado. Al verlos entrar la mamá le susurró algo al oído y el nene se incorporó. Estaba pálido como un papel. El jefe se le acercó con calma y le preguntó si les podía contestar unas preguntas. Él asintió, aunque no dijo mucho. Le preguntaron con quién había ido a buscar caramelos y él les respondió que había ido con Superman, un pirata, el hombre araña, una princesa, un zombi y un esqueleto. Le preguntaron a su madre si sabía quiénes eran los otros niños, pero ella no les supo decir. Era cierto que los nenes salían por su cuenta en esos barrios ya que era la zona más segura de la ciudad.

 

– ¿Y vos de qué te disfrazaste? –Le preguntó el jefe para ser algo más empático. –De vampiro. –Contestó Tim, y su madre sonrió.

 

Al no tener más información que esa la policía salió a hacer una encuesta puerta a puerta, preguntando las edades de los niños que vivían en cada casa, y por supuesto el disfraz que habían utilizado. Finalmente dieron con el grupo que había estado recolectando dulces con Tim. Ninguno de ellos había sufrido daño, por lo que parecía que no era una intoxicación involuntaria sino específica de algunas golosinas, así que ahí entró bromatología a trabajar con investigaciones y a sacar conclusiones para ver qué era lo que había ocurrido, pero nada de eso tuvo efecto hasta una semana después, cuando un hombre reportó que no había visto a su vecina, una anciana de casi noventa años, en más de dos semanas. La policía allanó el lugar y encontró el cadáver de la señora en la bañadera y, junto a ella dos notas. En una había una receta, en la otra una carta. La primera se trataba de una receta para hacer dulce, un tipo de dulce específico que al entibiarse es fácil de manipular por lo que se le pueden dar muchas formas, pero que defería un poco de la receta normal ya que llevaba una excesiva cantidad de ajo. En la carta, la anciana de nombre Margaret declaraba que había una población de vampiros viviendo en la ciudad, y que ella era la máxima responsable por ser quien había comenzado con todo. Explicaba que ella era un vampiro y que en el Halloween del año anterior había mordido a toda una camada de niños, convirtiéndolos en pequeños vampiros que ahora habitaban el barrio, y que debía terminar con ello. Había preparado dulces que contenían el ajo suficiente para matar a un niño vampiro. “Ya es hora de acabar con ellos”, decía la carta. Luego daba una lista de nombres, en los cuales estaban todos los pequeños que habían muerto y por supuesto el nombre de Tim, y por último firmaba su suicidio tras comerse siete dientes de ajo. El jefe y mi primo salieron disparados para el hospital apenas se enteraron.

 

Entraron en la oscura habitación. Tim dormía mientras la madre le hacía guardia.
-Señora. –Susurró el jefe. –Tenemos que hablar con usted. –La madre de Tim asintió con la cabeza. –Puede hablar en voz alta. –Dijo levantando el tono. –No hay secretos entre mi hijo y yo.

 

-Se me puso la piel de pollo. –Nos dijo mi primo. –La madre sabía todo.

 

– ¡Qué bárbaro! –Se impresionó mi viejo prendiendo un cigarrillo. Ahí nomás el jefe contó lo que había ocurrido en la casa de la señora Margaret y la madre de Tim le dijo estar al tanto de la situación.

 

– ¿Entonces usted sabe que su hijo es un vampiro? -Preguntó mi primo.

 

-Por supuesto, ¿usted cree que una madre no se daría cuenta de algo así? –Los dos se quedaron en silencio. –Pero es mi hijo, y no voy dejar que nada le pase. Tiene suerte de que no le gusta el almíbar y apenas probó los dulces de Margaret los dejó.

 

-Señora, su hijo tiene que estar encerrado. –Dijo el jefe.

 

– ¿Por qué? ¿Qué ha hecho de malo? El jefe dudó un segundo.

 

-Nada, pero es una amenaza constante para todos.

 

-Para su información los vampiros no desarrollan los colmillos propiamente dichos hasta los quince años. Por ahora lo único que consume es sangre de vaca que le compro específicamente en un matadero. No ha hecho nada malo.

 

-Pero lo va a hacer cuando crezca. –Le retrucó mi primo.
La madre de Tim bajó la mirada un momento, pero luego la alzó llena de furia.

 

-Si ustedes intentan hacer algo para quitarme a mi hijo, entonces voy a salir a decir que la ciudad está llena de vampiros, lo cual es cierto, y se va a desatar un caos del que no quieren ser responsables.
El jefe y mi primo se miraron.

 

– ¿Y cuál es su solución señora? –Preguntó finalmente le jefe.

 

-Déjemelo pensar. –Contestó. –Ahora váyanse que mi niño necesita descansar.

A los pocos días Tim dejó el hospital. Durante una semana lo acosaron en su casa, hasta que, por fin, luego de no dar ningún tipo de declaración, la prensa dejó de insistir y el caso quedó en el olvido. La madre de Tim llegó a un acuerdo con la policía en el que el mismísimo Tim sería quien trabajaría para ellos como un espía entre los vampiros, delatándolos para que de a poco la ciudad quedara limpia. Una vez encerrados, la policía se encargaría de liquidarlos en una cámara de gas, pero no un gas cualquiera, sino del gas que emite el ajo cuando uno lo corta.

– ¿Y qué van a hacer con Tim cuando cumpla los quince? –Pregunté espantado.

 

– Están construyendo una nueva cárcel, una de máxima seguridad para los reclusos que no tienen recuperación, violadores sistemáticos, asesinos esquizofrénicos, criminales sin retorno. Es un edificio que no tiene salida, ni siquiera ventanas. Se va a inaugurar el día que Tim cumpla sus quince, y como pago por sus servicios le van a dar de comer un recluso por semana. –Soltó mi primo como si nada. Todos nos miramos sin poder creerlo.

–¡Ahora sí, feliz navidad! –Dijo levantando una copa.