Las manos

Los guardiacarceles se confiaron de que era pendejo, recién trasladado del COSE a Almafuerte, lo tendrían con Javier unos días hasta que se desaloje una cama donde está el resto de comunidad de “crímenes sexuales”. Pero Javier, hábil lector de las leyes tácitas carcelarias, sabía que tenía que actuar de forma inmediata, que te caiga a la celda un violador de un pendejo es una oportunidad única y él tenía pocos días para demostrar quién era para que lo respeten y no ser gil de nadie.

La chuza entro varias veces en el cuerpo sin oponer resistencia, la última seguramente dio en una arteria, el chorro saltó a varios metros de distancia luego de cruzar la cara de Javier con una línea roja. Así y todo el violín se levantó de la cama, caminó unos metros para caer nuevamente en el piso, se arrastró hasta que el pie presionó sobre su espalda, la improvisada daga entro una vez más a la altura de los pulmones, se dio vuelta y puso las manos sobre su cara ante el inminente remate. Y ahí las vio…

Las muertes por encargo de su patrona habían sido seis pero él y la calle sabían muy bien que el número indefinido era muy superior, en absolutamente todos los casos había sido fácil, ni siquiera titubeaba un segundo antes de apretar el gatillo o hundir un cuchillo.  Tanto para la ley como para el alma, matar dos o mil, es lo mismo y esta vez no era distinta, todo fue fácil…hasta que vio esas manos, titubeó, sintió un repentino miedo, miedo que no sentía hace años, esas palmas sucias apuntando a él lo dejaron paralizado. Se lamió la cara para tomar coraje, sintió el gusto a sangre, que como siempre lo trasladó a su infancia, no recordaba el dolor, solo el gusto metálico y dulce después de la ceremonia que hacía su padre al llegar del basural El Pozo: los golpes, los insultos inteligibles y las torturas a su madre…todo le era indiferente, menos las manos, esas manos inmundas, ese olor y esa costra que no era de tierra, mugre o grasa sino podredumbre, esa podredumbre que se mete en las manos tras revolver por años lo que la gente no quiere. Esa podredumbre que tenía La Cacha sobre su cuello sin vida el día que dejó de sentir, el día que según Javier, perdió el alma… “te voy a enseñar a ladrar a la siesta perra culiada”…

Ahí las tenía de nuevo, frente al el, temblorosas, inmundas, el dueño de las manos las entrecruzó y empezó a pedir piedad. Javier le agarró la lengua para que no grite, cinco puntazos certeros al hígado…sería largo, doloroso e inevitable. Javier ya no tenía a un cobarde violador frente suyo, sino a su enorme y terrible padre, se agachó y dijo al oído, “era una perrita viejo hijo de puta, una perrita” y por primera vez en años lloró.

 

“Es preferible no tener alma a tener una podrida”