El Caso de la Nena que Llovía

Por Peter Cubillos

– ¡Pérez! –Gritó el jefe caminando por el pasillo hacia mi oficina. Yo me asomé por la puerta al instante.
-Diga jefe.
-Agarre el termo, la yerba, el mate, y espéreme en el estacionamiento.
-Ya nomás. –Contesté de inmediato. – ¿Llevo unas tortitas con chicharrones?
-No se haga el vivo. –Me dijo mientras entraba en su despacho.

Yo me fui derecho a buscar las cosas y en cinco minutos estaba listo. Mientras lo esperaba junto al auto me prendí un cigarrillo. En eso salió Vespa que tenía un código diecisiete y andaba medio a las apuradas.
– ¿Qué hace Pérez? ¿Un recreíto?
-El jefe me pidió que lo espere acá. Parece que vamos lejos porque hasta el mate me pidió.
-Con la suerte que tienen ustedes dos prefiero no saber. –Me contestó subiéndose al auto.
Enseguida salió el jefe.
-Vamos Pérez. –Y nos fuimos.

Mientras yo cebaba mates, el jefe me contó que teníamos que ir a ver un caso que se había dado en un pueblo a unos doscientos kilómetros de la ciudad.
-Pero esa no es nuestra jurisdicción, jefe.
-No me diga. –Me contestó con ironía. –Lo que pasa es que el oficial a cargo es un ex compañero de la brigada y parece que le llegaron a conocimiento un par de los casos que resolvimos, así que me pidió que le fuéramos a dar una mano.
-Entonces no debe ser nada bueno. –Contesté yo pasándole un mate.
-No Pérez, no creo.

Anduvimos como dos horas hasta que por fin llegamos a un pueblito de esos que ni aparecen en los mapas. Fuimos directo a la comisaría que estaba en la calle principal. Ahí nos esperaba el oficial Saravia, un tipo grandote de tez mestiza que apenas vio al jefe le dio un abrazo de hermano. Después nos hizo pasar a su oficina y con un café de por medio nos contó que se había presentado un caso muy extraño que él no podía resolver, y que ni bien había visto de qué se trataba no dudó en llamarnos.
-Resulta que hay una nena, la hija de Don Lucerna. –Hizo una pausa, como no queriendo contar el resto.  
– ¿Qué pasa con la nena? –Preguntó el jefe.
-La gente del pueblo dice que puede cambiar el clima. –Suspiró. –Según dicen, cuando está triste todo se nubla, cuando ella llora se larga a llover, y cuando se enoja cae piedra.
-Debe estar muy contenta ahora porque afuera hay un solazo. –Dije yo.
-No se haga el vivo Pérez. –Me corrigió el jefe. – ¿Y cuál es el problema?
-El problema es que la nena tiene cinco años, y a esa edad los cambios de humor son más comunes que los de una embarazada.
-Y bueno, tendrán que acostumbrarse a los cambios de clima. –Contestó el jefe dándole un sorbo a su café.
-El problema no es ese, sino que está afectando la cosecha. Todos los días cae piedra, llueve a la media hora, y después sale el sol. No hay cultivo que aguante. –Explicó. –Y ya hay varios puesteros que la quieren hacer desaparecer a la pobre, les está costando mucha plata.
– ¿Y ustedes están seguros de que esta nena es la que provoca todo eso? –Pregunté ya más serio.
-Segurísimos. –Dijo asintiendo con la cabeza. –De hecho, mire. –Señaló por la ventana al cielo que se empezaba a cubrir de nubes. –Algo la debe estar haciendo rabiar.
– ¿Hay pruebas? –Quiso saber el jefe.
-Hay testigos de sobra.
Nos quedamos en silencio unos segundos. Creo que con el jefe estábamos igual de descolocados.
-Vamos a fumar un cigarrillo. –Dijo entonces, leyéndome la mente como siempre, y nos fuimos para afuera.

Encendimos tres cigarrillos mientras el jefe escudriñaba el cielo como queriendo adivinar qué pasaba. Yo pregunté a Saravia si conocía a los Lucerna y él contó que era una familia muy simple y de buen corazón, de las originarias de la zona, querida por todo el pueblo hasta hacía un tiempo, antes de que comenzara el rumor de la nena. La señora de Lucerna había perdido siete embarazos hasta tener a la pequeña Sora.
– ¿Sora? –Dije yo. – ¿Qué clase de nombre es ese?
-Quiere decir Cielo. –Contestó el oficial, y con el jefe nos miramos sabiendo que estábamos en presencia de otro caso de esos a los que ya nos estábamos acostumbrando.
Empezaba a chispear cuando el jefe decidió que lo mejor sería ir a visitar a los Lucerna y ver qué podíamos sacar de ahí, y para allá partimos los tres en la patrulla.
Fue un viaje corto por calles de tierra que de a poco se transformaban en barro, pasando algunas fincas hasta llegar por fin a un humilde puesto con un cartel que decía que se reparaban monturas. Apenas frenamos salió a recibirnos la señora de Lucerna y nos invitó a pasar al comedor.

– ¿Mate?
– Por favor. –Contestó el oficial Saravia. –Señora ellos son el comisario en jefe Cortés y el oficial Pérez, amigos de la ciudad que han venido con mucha amabilidad a darnos una mano con el caso de su hija. –La señora de Lucerna nos sonrió a modo de saludo.
-Por lo que me cuenta el compañero Saravia hay una situación particular con su hija. –Dijo el jefe.
-Así es. La quieren matar don comisario. –Contestó apenada. –Es una nena de cinco años, ¿me entiende? Una criatura. –El jefe asintió.
– ¿Sabe usted quién?
-Sé de varios, y estoy segura que hay más.
– ¿Y los ha denunciado?
– ¿De qué me serviría? Es todo el pueblo contra nosotros.  
– ¿Y si se van a otro pueblo? –Pregunté.
-Tampoco serviría de mucho. Nos volvería a pasar lo mismo tarde o temprano. Sora es una nena como cualquier otra, con sus cambios de humor y sus berrinches. Es imposible pedirle que no llore o se enoje. Nosotros lo único que queremos es que haga su vida como cualquier otra nena.
En eso golpearon la puerta. La señora de Lucerna fue hasta la entrada y a los pocos segundos la escuchamos discutiendo con alguien. Nos pusimos de pie y fuimos a ver qué pasaba. Era una pareja que le pedía por favor a la señora que se fueran del pueblo. Se notaba en su tono de voz que no era la primera vez que se lo pedían, estaba cansada de dar explicaciones. Cerró la puerta y volvimos al comedor para encontrarnos a Sora que tomaba de nuestro mate como si nada. Era la nena más linda que había visto, con los ojos celestes y rulos rubios, un espectáculo. Apenas nos vio se asustó y un trueno estalló al instante.
-Hola. –Dije yo con la cara de payaso más grande que pude. –Pero ella se metió entre las piernas de su madre sin contestar.
-Son amigos Sora. –Le dijo doña Lucerna. –Saludá.
Entonces la nena le soltó una pierna y descubriendo la cara por detrás de la falda de su mamá nos saludó con la mano. Ahí nomás el jefe y Saravia comenzaron a hablarle, a tratarla como un adulto trata a un niño, hablando como tontos, y de a poco la nena fue entrando en confianza hasta que por fin se sentó a la mesa con nosotros a tomar mate mientras afuera el cielo se despejaba poco a poco dejando salir al sol. Yo no lo podía creer, mis colegas tampoco, pero para ella y su madre todo era muy normal.
Pasamos el resto de la mañana los cinco en esa cocina conversando y jugando. La señora de Lucerna nos contó que la familia de su marido había sido una de las primeras en establecerse en el pueblo y que ellos eran ya la quinta generación, que todos sus familiares estaban enterrados en esa finca, y que irse para ellos era mucho más que cambiarse de pueblo, era dejar atrás la historia, su historia.
Alrededor del mediodía sonó el teléfono. La señora de Lucerna atendió mientras nosotros jugábamos con Sora a las cartas.
– ¿Cómo? No puede ser. –Dijo la señora en voz alta. Nosotros hicimos de cuenta que no pasaba nada, pero los tres supimos que algo grave había ocurrido. Apenas cortó se echó a llorar. Habían interceptado a su marido en la ruta para amenazarlo e intimarlo a dejar el pueblo y le habían dado unos golpes, pero como don Lucerna era guapo se había defendido, tanto que había terminado por sacar su escopeta y del otro lado le habían devuelto un tiro que lo había hecho caer fulminado.
Intentamos consolar a la viuda lo mejor que pudimos diciéndole que quizás estuviera vivo, que no todas las balas matan, y en cuanto recobró un poco el aliento partimos en la patrulla a ver qué había ocurrido en medio de una tormenta feroz. Si su mamá lloraba, Sora lloraba con ella.
Al llegar al lugar ya no había más que hacer, el tipo estaba muerto desde el momento en que la bala le había entrado en el cuerpo. Policía científica y criminalística se demoraban en llegar porque a cada minuto la lluvia era más y más intensa.
-Ya no tenemos nada que hacer acá Pérez. –Me dijo el jefe mirando el cuerpo del hombre tendido en el suelo con las gotas explotándole en la cara. –Después de esto ya nadie se les va a acercar a los Lucerna.
Yo asentí y después de saludar al oficial Saravia partimos de regreso a la capital.

En el pueblo siguió lloviendo sin cesar. El responsable del disparo fue encarcelado en la comisaría bajo la custodia de Saravia hasta que se abriera el juicio junto con el resto de los matones, pero nada de eso importó, porque Sora siguió llorando, cada vez más, cada vez con más fuerza, hasta desatar un temporal jamás antes visto con una lluvia que lo inundó todo, con un viento que lo azotó todo, arrancando techos, ahogando vidas, borrando a todo el pueblo, a los matones, al asesino, a Saravia, a doña Lucerna y hasta la misma Sora.