El caso de la bruja

Escrito por Peter Cubillos

Como cada primer domingo de octubre iba yo a llevarle flores al tata Pérez al cementerio. Ya se me había hecho costumbre ponerme el traje, comprarle las lavandas al mismo tipo y caer a las diez de la mañana puntual, tal y como le gustaba al viejo, que siempre se quejó de los impuntuales. Era un día de primavera sacado de un calendario. Ni frío ni calor y un sol sin nubes arriba, casi perfecto. Entré en el lugar, esquivé un par de lápidas y le dejé al viejo las lavandas frescas en el pecho. Después le conté un poco cómo venía la vida, los chicos, los fines de semana con mis suegros y cuánto esperaba yo los veranos para ir a ver a su hijo al campo. La verdad es que nunca pensé que me escuchara mucho que digamos, pero encontraba en ese ritual una especie de terapia anual, como un balance para ver a dónde estaba parado.
Al salir me encontré nada menos que con el jefe que venía a darle sus respetos al padre. –Si me aguanta quince minutos lo invito a tomar un café. –Me dijo, y yo acepté encantado.  Nunca me hubiese imaginado a un tipo así haciendo semejante cosa. A veces es difícil imaginarse a hombres como este siendo sentimentales. En mi cabeza, hasta ese momento no era otra cosa que el jefe.

Ni bien salió nos cruzamos a una cafetería. Elegimos una mesa junto a la ventana desde donde se veía todo el cementerio.
– ¿Qué va a querer Pérez? –Dijo apenas vino el mozo.
-Un cortado mediano.
-Dos cortados medianos y dos medialunas. –Y el muchacho partió para la cocina.
-Lindo domingo, ¿no cree? –Pregunté como para hablar de algo.
-Parece sacado de un calendario. –Contestó. A veces siento que este tipo me lee la mente.
– ¿Así que mañana cumple usted veinte años de servicio? –El jefe asintió. –¡Veinte años! Habrá visto cada cosa.
-Se pasan volando Pérez, créame.
-¿Y siempre trabajó en el mismo lugar?
-En el mismo lugar no, pero sí con la misma división. Antes los cuarteles estaban en otro edificio, del otro lado del centro.
– ¿Y por qué se mudaron? –Pregunté de ignorante. Entonces el jefe me miró fijo, con esa mirada que pone en los interrogatorios que le hiela a uno la sangre. – ¿Me quiere decir que usted no conoce el caso de la Bruja, Pérez?
-No jefe. ¿Qué bruja?
-Van a tener que ser dos o tres cortados entonces. Abróchese el cinturón. –Me dijo entre chiste y verdad.

El caso de la bruja, como lo llamaban los más viejos de la jefatura, fue uno de los casos icónicos de la historia de nuestra división. Una de esas cosas que nadie comenta pero que todo el mundo sabe. Una especie de tabú si se quiere. Resulta que hace más o menos doce años se presentó en la comisaría una mujer que rondaba los cuarenta. Parecía que la habían disfrazado. Las faldas largas, la cara pálida, el pelo negro y los dientes amarillos, hasta la voz daba miedo. Apenas entró se le acercó el jefe, que en ese entonces era no más que el oficial Julio Cortés.
– ¿En qué la puedo ayudar señora?
La vieja lo miró en silencio.
– ¿Necesita algo? –Repitió.
Pero ella no dijo nada. El jefe no supo qué pensar, quizás sería sorda. Entonces tomó un papel y un lápiz y le escribió preguntando si necesitaba algo, pero la mujer no contestó. Un par de compañeros se reunieron a ver qué era lo que estaba pasando. Varios le hicieron preguntas, pero la vieja tan solo los miraba, y en eso llegó el comisario.
– ¿Se puede saber qué está pasando? –Preguntó molesto.
-La señora no contesta jefe. No sabemos qué le pasa. –Contestó el oficial Ordoñez.
-Será sorda.
-No jefe, le escribimos en un papel y nada.
-Por ahí no sabe leer Ordoñez. –Dijo el comisario. –¿O usted cree que no hay sordos brutos?
– ¿Y entonces? ¿Qué hacemos?
-Busque a la suboficial Maestri que hizo un curso para hablar con señas justo para casos como éste. –Y Ordoñez salió disparado.
Volvió a los dos minutos acompañado de Maestri, una suboficial que terminó por ser novia del comisario un tiempo después. La chica se paró frente a la mujer y con señas le preguntó qué era lo que necesitaba, pero nada, ni un movimiento, entonces el comisario le pidió al jefe y a Ordoñez que la acompañaran hasta la calle, pero cuando estaban a punto de sacarla la vieja habló.
-Vengo a decirles que se vayan. –Dijo con una voz aguda. Todos guardaron silencio.
– ¿Disculpe? –Dijo el comisario acercándose.
– ¡Que se vayan! –Gritó con cara de loca.
Nadie se movió.
-Mire señora, acá la que se tiene que ir es usted si no quiere que la metamos en el calabozo. –Dijo el comisario con tranquilidad. –No nos haga perder el tiempo que tenemos trabajo que hacer.
– ¡Quieren que se vayan! –Dijo la vieja con voz firme.
– ¿Quiénes señora? –Le preguntó Ordoñez intentando meterse en el juego a ver si la loca respondía.
-Los muertos. –Contestó la mujer mirándolo a los ojos.
-Señora, se lo digo por última vez, o se va o la encerramos por alterar el orden público. –Dijo el comisario ya sin paciencia.
– ¡Váyanse! ¡Váyanse todos! –Gritó.
Entonces el comisario hizo una seña y los dos oficiales la tomaron por los brazos y se la llevaron arrastrando hasta el calabozo del fondo. En el camino la vieja siguió blasfemando algunas cosas, y cuando el jefe se disponía a echarle llave a la puerta la señora le habló.
-Su padre le manda saludos.- El jefe se frenó por un segundo.
-Si no la corta se va a quedar mucho tiempo ahí dentro señora. –Contestó sin creerle.
-Dice que siga por donde va, que lo Cortés no le quita lo valiente. –Y al jefe se le erizaron todos los pelos del cuello.
– ¿Cómo dijo?
Pero la vieja no contestó. El jefe cerró la celda y se fue, pero en el cuerpo le corrió una sensación fría, una cosquilla fea. Al rato fue el turno de Ordoñez, que era el encargado de vigilar las celdas en las mañanas. Ordoñez era un tipo retacón, con un bigotito que daba risa. Se había unido a la fuerza más por demostrar algo que otra cosa, porque la verdad es que le tenía miedo hasta a las liebres. La vieja le habló sobre su abuela y su abuelo con tanta precisión que el oficial no tuvo más remedio que ir a hablar con el comisario.
– ¿Qué pasó Ordoñez? –Preguntó el tipo apenas entró el oficial a su despacho.
– La vieja no para de hablar jefe.
– ¿Y qué quiere que haga? ¿Qué le ponga un bozal? Hágala callar.  
-Pero jefe, está diciendo cosas muy raras.
– ¿Cosas como qué Ordoñez? –Dijo el jefe dando una bufada que le hacía entender al oficial que lo tenía cansado.  
– Cosas como el nombre de mis abuelos, a dónde se conocieron y así. Cosas que ni yo sabía jefe. A Cortés le habló sobre el padre, y hasta le dijo el dicho que repetía su abuelo. Es una bruja, una de verdad. Dice que el edificio está lleno de fantasmas y que quieren que nos vayamos.
-Ordoñez, usted es un hombre grande. No me venga con huevadas. ¡Fantasmas! –Se rio. –Hágame el favor.
Pero el oficial no dio el brazo a torcer.
-Nadie se quiere quedar en el turno de la noche jefe. Esa bruja mete miedo.
Entonces el comisario le dio un mazazo con la mano derecha a la mesa y salió disparado con Ordoñez detrás.
– ¿Se puede saber qué está pasando? –Gritó entrando en la oficina principal. Todos voltearon a verlo. – ¿Cómo es eso de que nadie se quiere quedar en el turno de la noche? –Pero nadie le contestó. Fue hasta la pared en donde se encontraban los turnos. –Maestri, usted es la encargada del turno de la noche, espero no tener que sancionarla.
Maestri lo miró con cara de pollo mojado, y enseguida se le llenaron los ojos de lágrimas.
-Haga lo que tenga que hacer jefe, pero yo con esa vieja sola no me quedo.
El comisario le dio una mirada que le hacía saber que los próximos cinco feriados iban a ser laborales para ella, pero luego reparó por un momento, y vio que tenía en sus manos la posibilidad de enseñar con el ejemplo y ganarse, aún más, el respeto de toda la división, y en especial de Maestri que ya empezaba a gustarle.
– ¿Alguien para reemplazarla? –Preguntó a todo el salón, pero como lo esperaba no voló ni una mosca.
-Muy bien. Entonces me voy a quedar yo esta noche. Manga de cagones. –Refunfuñó volviendo a su despacho.

A las siete de la tarde la oficial Maestri fue la última en dejar la comisaría, pues ya el jefe había comenzado a hacerle pagar su falta de valor y compromiso con una pila de expedientes. Escuchó como se cerraba la puerta principal y supo que estaba finalmente solo. Fue hasta la cocina, puso el agua, sacó una yerba que tenía exclusivamente reservada para él, y con el mate en la mano se fue hasta el fondo a ver qué era lo que tanto temían el resto de sus camaradas. La vieja ni siquiera asomó la cabeza. El comisario se sentó en una silla y mientras por sus adentros se reía de sus temerosos oficiales, sacó un libro de historia y se dispuso a disfrutarlo.
-Sabía que iba a ser usted comisario. –Escuchó decir entonces a la bruja.
El tipo fingió seguir leyendo su libro.
-Los muertos le piden por las buenas que deje el edificio.
El comisario levantó la vista. Entonces la bruja se asomó por la reja. Sus manos huesudas se agarraron a los barrotes, y sus ojos negros se clavaron en él.
-Sé que usted no me cree, pero este edificio está lleno de fantasmas. –Repitió la vieja.
-Mire señora, le advierto que si no se calla no le voy a traer la cena.
-No me hace falta. –Le dijo. –Puede usted comérsela.
-Le agradezco. Ya que no lo necesita también me voy a comer su desayuno y su almuerzo de mañana. –Dijo el hombre con una sonrisa cruel.
-Puede comerse todo lo que quiera. –Contestó la bruja con desdén.
Entonces el comisario se puso de pie, y con dos pasos se acercó hasta la reja.
-Vamos a ver si después de veinticuatro horas sin comer tiene usted el mismo espíritu. –La amenazó.
La bruja le devolvió una sonrisa que le congeló los huesos.
-Lo que usted no entiende comisario, es que los fantasmas nunca tenemos hambre. –Dijo, y se desvaneció en el aire.