La música oscura

Me gusta mirar a los artistas callejeros mientras nadie les presta atención me da la sensación de estar robándoles unas estrofas para una próxima canción inédita fumaría otro cigarro armado si no fuera porque se acabaron los filtros y no disfruto parecer un adicto con los dedos quemados de esos que van dando lástima entre el empedrado de las calles donde los pocos faroles que quedan con lumbre son para pedigüeños carentes de futuro y luz propia pasa un taxi apresurado con Sabina a todo lo que dan los parlantes recuerdo lo mucho que me gusta la trova hispana no hay nadie mirando a ese pobre guitarrero solitario que le regala sus arpegios de siete cuerdas a los gatos sin dueño que con total desdén caminan por el filo de la acequia y yo acá atrás de la esquina espiando con actitud pueril y guardando en mi inconsciente dos o tres coplas que pienso plagiar en mi próxima sonata una que vengo escribiendo hace más lunas de las que me gustaría admitir odio cuando el relato mismo me lleva a dar cuenta de mis fracasos y miserias mi vieja siempre sostuvo que eligiera lo que quisiera en la vida pero que fuera el mejor bendito momento en el que se me ocurrió ser guitarrista un vecino de la zona me contó una vez que la razón principal por la que no había mucha gente caminando por aquella vereda es porque la música que salía de esa guitarra era de una oscuridad tal que ahuyentaba a propios y ajenos un rotoso limosnero sale del paso y agita una lata casi vacía exigiendo una propina por su desdicha al tiempo que un chicle se me estampa en el zapato qué suerte la mía justo en este instante de inspiración prestada vengo a quedar pegado con la escena del crimen el tipo mira mientras balbuceo insultos al aire y revelo el escondite de birlador de letras la cerveza que me tendría que estar tomando con la piba ésa de los ojos color miel que leía James Joyce en vez de estar espiando a un zapeador anónimo como un degenerado voyeurista de letras qué linda que le quedaba esa remera como descuidada con el bretel bajo y esa sonrisa de las que traen problemas sin buscarlos al final de esto se trata la vida el celular vuelve a vibrar y del susto lo relojeo de nuevo al payador abandonado no quedaban vestigios de su presencia otra vez tengo que ir al baño parece que la cerveza que no me tomé ya está haciendo efecto aquel saco viejo con los bolsillos rotos siempre trae sorpresas me encontré un Parisienne de cuando fumaba cigarrillos negros qué coincidencia con las ganas de fumar que tengo todo desolado ni un alma para pedir fuego y yo como siempre sin cerillos pateo unos metros y ni la conciencia me sigue que curiosa sombra esa ajena que me apunta amenazante directo a la cara una lumbre generosa con olor a bencina sale diáfana del encendedor de aquel trovador español de letras prestar para encender mi tabaco compartimos ese último cigarro negro y unas partituras dibujadas a mano de una lúgubre canción de amor llamada “La música os cura” cayeron descuidadamente mientras se marchaba las tomé sin decir nada y partí silbando por lo bajo el frío y la cara del limosnero mientras veía la sangre brotar de mis entrañas decía que mi muerte estaba presta a llegar y que las partituras volverían a su dueño.