El Caso de los Viejitos

Escrito por Peter Cubillos

Yo llegué esa mañana a la jefatura chocho de contento. Hacía casi siete años que jugaba a la quiniela y por fin había metido un premio lindo de esos que rara vez aparecen, y no me desalentaba ni la muerte. Antes de entrar al edificio le compré una bolsa de tortitas con chicharrones a una señora que pasa siempre ofreciendo por la puerta, y entré a la comisaría con la sonrisa llena, pero apenas vi la cara de Vespa supe que algo raro estaba pasando.

– ¿Qué dice Vespa?

– Acá andamos. –Me dijo medio a los suspiros.

– ¿Quiere una tortita? –El cabo me negó con la cabeza. –Mire que tienen chicharrones. –Pero no hubo caso. Dejé la bolsa en la cocina y me fui para el despacho. Ahí me esperaba el jefe. Había surgido un caso nuevo, uno de esos de los que no queremos ver nunca, porque si bien nadie quiere que haya delincuencia, de algo hay que vivir, pero estas cosas a uno lo sorprenden por más experiencia que tenga. Con cara de bronca el jefe me contó que había caído en nuestra dependencia el caso de una pareja de viejitos que habían desaparecido hacía más de una semana. La principal sospechosa era la hija, que al parecer había tenido problemas psicológicos y había terminado internada en un loquero.

-Y siempre los culpó a los padres por encerrarla ahí. –Me dijo el jefe abriendo los brazos. –Hace dos años que se escapó del centro psiquiátrico y nunca pudieron dar con el paradero. Para mí no puede ser otra que ella. –Concluyó. –Aquí tiene el informe Pérez. En cuanto lo termine se viene para mi oficina.

Yo me puse manos a la obra, sabiendo que el jefe siempre tiene razón con estas cosas. Por algo es el jefe.

Tomé el expediente y abrí la primera hoja. Las caras de los dos viejitos decían a las claras que no podían matar ni a una mosca. ¿Cómo puede haber gente tan loca?, pensé. En la segunda hoja estaba la hija, que al igual que la madre se llamaba Marta y la apodaban “Martita”. Sentí escalofríos apenas al ver la foto. Tenía cincuenta y siete años, pero la última foto tomada era de hacía más de diez. El mismo semblante que la madre, con esas caras de liebre encandiladas, como vacías por dentro o algo. Me corrió una sensación rara por el cuerpo, no supe bien por qué, así que cerré el folio y me fui al patio del fondo a desayunar con los muchachos, a fumar cigarrillos y a relajarme un rato.

Para cuando volví a mi escritorio ya estaba un poco más entero. –Pérez, ¿para cuándo su informe? –Me dijo el jefe pasando por la puerta con el mate en la mano. –Enseguida señor. –Contesté con prestancia.

No cabía duda de que había sido la hija. Los viejos no tenían deudas, habían trabajado toda su vida como mulas, el viejo don Octavio en un taller mecánico y su mujer en una panadería. Jubilados hacía más de quince años. Devotos de la pequeña iglesia del barrio en el que vivían, la cual visitaban todos los domingos en la mañana. La denuncia de desaparición venía por parte de una vecina. Leí con detenimiento la requisa que se había realizado en el departamento de la pareja. Nada, ni una pista.

Lo que el jefe me pedía no era tanto el informe en sí sino mi opinión personal, ya que después de haber trabajado en varios casos con fenómenos de esta naturaleza, me había vuelto yo como una especie de palabra calificada para él.

-Estoy con usted jefe. –Le dije dejando la carpeta sobre la mesa de su oficina. –No puede ser otra que la hija.

El jefe asintió en silencio.

-Recién corto con el juez. Parece que dieron con el supuesto domicilio de la hija. Vamos. –Me dijo agarrando la campera, y partimos.

Al rato llegamos a unos monoblocks de esos que parecen nidos de ratas, todos grises, tristes. Calculo que más de cien familias vivían ahí dentro. Apenas la patrulla se estacionó, la mitad de los vecinos se metieron en sus casas como venados asustados. Con nosotros venían dos oficiales y un suboficial. Subimos al tercer piso y nos frenamos frente al trecientos quince. El suboficial le dio un par de golpes a la puerta. No hubo respuesta, así que esperamos unos minutos.

– ¿La orden de allanamiento? –Preguntó el jefe al rato. Uno de los oficiales se la entregó. –Bien. Entremos. –Dijo, entonces el otro oficial se dispuso a patear la cerradura y ahí nomás el jefe lo paró. – ¿Qué hace animal? –El tipo se frenó. –Déjeme, que no hace falta romper nada.

Ahí nomás el jefe sacó su cortapluma, la metió en la cerradura y después de dos o tres intentos abrió la puerta como él que sabe.

Todavía me acuerdo del olor que salía de ese lugar y se me revuelve el estómago. Me tuve que subir la campera hasta la nariz para poder entrar.

Los oficiales entraron derecho dando gritos pero era evidente que ahí no había nadie. Allanaron el lugar mientras el jefe y yo mirábamos a ver si algo nos hacía prender la lamparita o de repente veíamos una pista. No había fotos por ningún lado, ni siquiera cuadros en las paredes. Martita vivía como lo que era, digna de chaleco.

De repente uno de los oficiales vino a buscarnos. –Parece que encontraron algo. –Nos dijo. Lo seguimos hasta la cocina. Mientras caminábamos a mí se me iba haciendo un nudo en las tripas de esos que todavía se me hacen cuando carneamos corderos en la primavera con mi viejo.

Era una cocina como cualquier otra, bastante descuidada, con una pila de cacharros sucios en la pileta. A cada paso sentía como las suelas se me pegaban al piso. Todo mugriento, pero nada que nos llamara la atención. –Mire jefe. –Dijo entonces el oficial señalando una esquina. Sobre una silla había una caja llena jeringas, tubos y algunas mangueras. -¿Y esto? –Pregunté yo. –Ni idea. –Contestó el muchacho. El jefe la revisó durante un rato en silencio. Después recorrió la sala con ese paso de gaucho que tiene, intentando ver algo que lo guiara. Una heladera casi vacía; sal, azúcar y harina en la alacena, un paquete de fideos abierto, aceite y arvejas. Al llegar a la mesada pasó el dedo por la superficie y se lo llevó a la nariz. –Grasa de chancho. –Dijo con seguridad, y le dio una probadita para estar seguro. – ¿Y estos bichos? –Le dije señalando la caja. –Vamos a tener que esperar a científica, pero desde ya le digo que esta es una loca de las malas. –Me retrucó, y a mí se me pusieron los pelos de punta.

Salimos al pasillo a fumar y a esperar a la policía científica.

– ¿Qué opina Pérez? –Me dijo el jefe. Yo le di una pitada larga al cigarrillo, como quien está por decir algo interesante, pero la verdad es que no tenía ni idea qué pensar.

-No sé jefe. Sin cuerpo, sin asesino, está bravo el asunto. –El jefe asintió. –Pero yo calculo que si fue la hija los cuerpos tienen que estar acá. ¿Cómo saca una mujer de casi sesenta años dos cuerpos de un departamento sin que la vean? Más en un lugar como este en donde a toda hora hay un par de ojos para ver. –Y vaya si tenía razón. Unos minutos más tarde nos pegaron el grito desde adentro. Los cuerpos de los viejos estaban enterrados debajo de las tablas del comedor.

Apenas llegó el forense le pedí que en cuanto terminara me mandara, a la hora que fuese, los resultados de la autopsia.

Cuando estaba ya en mi casa sonó el teléfono. Era una mujer de científica pasándome el reporte que le había pedido. Los viejitos habían sido envenenados. Una droga con un nombre impronunciable les había terminado por dar un paro cardíaco, pero lo que me arrojaba después era terrible. Según las pericias los cuerpos habían sido manipulados con los tubos y jeringas para extraerles la grasa. Enseguida se me vino la imagen del jefe lamiéndose el dedo y casi me vomito encima. –En la cocina se encontraron restos de harina y grasa, también en el horno. –Concluyó la mujer. Yo le agradecí y enseguida lo llamé al jefe.

-Le dije Pérez, una loca de película. ¿Qué mierda habrá estado tramando?

-No sé Jefe. ¿Hay alguna novedad del paradero?

-Nada. Parece un fantasma. Hace diez días que no va al departamento. Tenemos a uno de los muchachos vigilándolo por las dudas. En fin. Mañana a primera hora nos juntamos con el perito para ver cómo seguimos. Que descanse Pérez.

-Buenas noches jefe. –Y corté.

Por supuesto que me pasé el resto de la noche sin pegar un ojo, repasando el informe, las cosas que había visto en el departamento de Martita, todo.

A primera hora del día me cambié y me fui derecho para la jefatura. Venía medio dormitando como cuando era nuevo y me volvía de trabajar en colectivo, casi que me dormía parado. Justo en la entrada me crucé con la señora de las tortitas. –¿Me da una bolsa? –Le dije pensando en tomarme dos jarras a ver si me despabilaba. Me entregó la bolsa, le pagué justo y cuando me disponía a irme algo me hizo detenerme. Esa cara. Esa señora. ¿Dónde había visto yo esa cara antes?… Y entonces caí en la cuenta mientras un frío polar me cruzaba toda la espalda. No lo pude creer. –¡Martita! –La llamé. Ella se volteó, me saludó como si nada y giró la esquina. Las manos me empezaron a temblar. La grasa, la harina, las tortitas, los chicharrones. Salí corriendo despavorido. Entré en el edificio, fui derecho al baño y durante veinte minutos no pude parar de dar arcadas.

Cuando por fin me recompuse entré en la oficina transpirado como un chancho, más pálido que la luna.

Vespa, el jefe y un par de oficiales conversaban en el hall.

– ¿Qué le pasa Pérez? –Me dijo el bueno de Vespa al verme. Por un momento le tuve envidia, era el único que había zafado.

-No me siento bien.

-Será algo que habrá comido. –Me dijo entonces le jefe.

-Seguramente jefe. –Contesté mirando al suelo. –Y seguí para mi despacho. No tenía el coraje para decirle a los muchachos que a los pobres viejitos nos los habíamos desayunado.