Soltar y aferrarse | Capítulo 3

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Aún recuerdo sus manos temblando, su voz tiritando en cada oración. Ella intentaba decorar con recomendaciones y consejos un momento en el que toda palabra estaba de más. El aeropuerto internacional de Damasco fue el desgarrador escenario de nuestra despedida. Aylan estaba hundido en su cuello, creyendo que la fuerza inocente de su abrazo impediría nuestra partida. Buscando absorber hasta el último perfume de su piel. Ashti estrechaba sus piernas con más disimulo, pero con el mismo fin… no había recovecos para mí, que pretendía exactamente lo mismo que mis hijos… abrazar a Jale al punto de meterla adentro de mi pecho y llevarla conmigo para siempre a donde fuésemos a terminar.

Los niños no entendían el asunto, pero presentían que nos estábamos separando, que venía un tiempo de masticar soledades y hacerle frente a lo que el destino dispusiese… los cuatro, o los tres. Yo sabía que se avecinaban momentos duros, el presente era hostil y el futuro incierto. Y no podía quitar sus ojos de mi mente… su color oscuro, su mirada profunda que me desnudaba el alma, sus cejas infinitas envolviendo aquellos ojos chispeantes, vivos, combativos. Su porte armónico y liviano no acompañaba con su espíritu de guerrera. Solo yo sabía la fuerza que tenía Jale en la sangre, ella, mi mujer, mi compañera.

El tiempo pasaba lento, con ánimos de hacernos sentir con crudeza y ahínco el dolor. Los kurdos somos un pueblo acostumbrado a sufrir, pero hay emociones que escuecen el corazón del hombre más rudo. Muchas despedidas acompañaban nuestro abrazo, abrazo partido, era la unión entre cuatro familiares que representaba el adiós de tantos compatriotas, el dolor de tantos compañeros que transitaban el mismo y triste camino de la huida. Pocas bienvenidas, muy pocas… un sentimiento de pena reinaba en el aeropuerto de Damasco.

Recuerdo que anunciaron nuestro vuelo… el temporizador de la vida estaba llegando a su fin y ésta vez se aceleraba fugaz. Separar a los niños de su madre fue trágico y cruel como desmembrar un cuerpo, porque eso éramos los cuatro… un solo cuerpo, siendo divididos. Por única vez tuve un instante para refugiar a Jale en mi pecho, para abrazarla en todo su esplendor, para intentar con mi respiración pausada transmitirle algo de paz, algo de tranquilidad, pero fue inevitable romper en llanto junto a ella y que las lágrimas se fusionasen en nuestros rostros. Nuevamente Aylan y Asthi se anudaron a nosotros, intentando no romper la coraza familiar que siempre nos había resguardado, tratando de mantener los gajos de un fruto unido, intentando detener el tiempo… pero la realidad apremiaba y el destino ya estaba marcado.

Han pasado seis meses de mi llegada a este país. Erme, al no contar con recursos propios suficientes para asistir a mi familia, presentó el aval de una organización sin fines de lucro que asumió el carácter de garante, brindándonos refugio y alimento hasta que consiguiese sustento.

Hoy trabajo junto a mi primo en un depósito de insumos para panaderías. Una tarea ardua, pero digna. Gracias a la asistencia y a los documentos otorgados por Migraciones tengo obra social para mi familia y estoy “en blanco”, como le llaman los argentinos al trabajo registrado. Mis hijos están siendo educados por una maestra bilingüe que le da clases a varios niños sirios en la comunidad, a la que ellos también me acercaron.

Tuvimos contención psicológica y sentí el seguimiento que nos hicieron sin ningún interés más que nuestra tranquilidad. Al principio miraba con desconfianza a estas personas. Estoy tan acostumbrado al trato hostil que hemos recibido los kurdos, incluso en nuestra propia tierra, que no entendía porque me querían ayudar sin pedir nada a cambio.

El desarraigo es duro y difícil de superar. La soledad de estar lejos de Jale me ha sorprendido más de una vez llorando a escondidas, maldiciendo mi suerte. Extrañando a esa guerrera que fue mi compañera de vida.

A pesar del vacío personal que me aqueja, de la sensación de sentirme ajeno a todos, de polizón legal en un barco de terceros, he decidido no regresar a Siria.

La realidad allá sigue ardiente y peligrosa. El cese al fuego de hace un par de meses no alcanzó a detener la emboscada que le quitó la vida a mi heroica esposa. Ella se arriesgó por su batallón inmolándose contra la oruga de un tanque de ISIS. De haber avanzado, las hubiese liquidado a todas. Hoy es una mártir de la guerra, y los mártires kurdos son eternos, son héroes por siempre, porque para el pueblo kurdo, lo mártires no mueren. Ella es el orgullo de mi familia, mi orgullo, un ejemplo para nosotros y su nación.

Esta no es la vida que yo esperaba, que soñé, no es lo que construí durante tantos años, esto no estaba en mis planes… ni siquiera sabía que existía este país, pero hoy sus leyes me han abierto las puertas, sus políticas migratorias me han dado una oportunidad de vivir, de gozar los mismos derechos civiles, sociales y económicos que un Argentino.

Más allá del desarraigo atroz, entre tanta soledad y desamparo, he encontrado un lugar que me da la paz que necesito para que mi familia se desarrolle en armonía y tenga la oportunidad de crecer en calma. Aquí voy a lograr reanudar mi vida y darle otro sentido, un sentido nuevo. Estoy solo, mi corazón es un páramo desértico, un erial, un valle hostil y desteñido, pero el futuro que este lugar augura para mis hijos me sirve de esperanza para seguir, para no bajar los brazos, para buscar la felicidad a como dé lugar. Y ellos padecen su ausencia cada mañana, cada desayuno de los tres, dejamos su silla vacía y ellos la miran nostálgicos, añorando que algún día entre por esa puerta y se siente con nosotros. Los kurdos estamos preparados para el dolor, pero ellos son niños y no entienden nada de esto, no tienen porqué comprender ni aceptar que una guerra los dejó sin madre.

A veces intento imaginar que la vida es un juego, donde constantemente tenemos que apostar para poder continuar. En cada apuesta elegimos y con cada elección perdemos algo. Todos hemos perdido en esta guerra, yo perdí a mi esposa y mis hijos a su madre, pero elegí apostar por ellos, apostar por la vida porque nos queda algo por delante y es el futuro aquí.