Rutinas cruzadas

Mario era un contador de 37 años, casado en únicas y últimas nupcias con Irene, madre de sus dos hijas y maestra de escuela primaria. Laburaba desde que se había recibido, en el banco de la Provincia. Conducía un Volkswagen diesel y vestía siempre de traje gris, camisa blanca y corbata institucional. Jugaba al Fútbol 5 los viernes con los colegas de la oficina y ya estaba empezando a criar una panza de esas de las que no se vuelve.

Todos los días manejaba hacia el trabajo escuchando radio AM las 26 cuadras que lo separaban de su casa, la cual estaba pagando con un crédito hipotecario. Ya hacía 4 años que había dejado de fumar y lo extrañaba cada minuto, sobre todo en el trayecto hacia el banco, donde sentía cómo la rutina lo iba consumiendo. Los chicles de menta no daban abasto, ni tampoco las veces que se rebelaba y ponía la FM local a todo volumen para descargarse.

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Ese día Mario ocupó su pequeño cubículo en el medio del enorme salón central que el banco había dispuesto para el personal no jerárquico, rodeado de las oficinas de los jefes cuyas ventanas estaban estratégicamente ubicadas para controlar cada movimiento de los empleados. Fue al dispenser de agua caliente para hacerse un té y al regresar ya estaba sonando el interno. Era su nuevo superior para reprenderlo por haber llegado unos minutos tarde, los que tendría que devolver al final de la jornada.

Muchas veces había pensado en abrirse solo y ponerse un estudio contable, para no tener que depender nunca más de nadie, pero el dulce y cruel sabor que tiene la seguridad del sueldo fijo a principio de mes, no le permitía tal arrojo. Eso y la sensación de que nunca había trabajado en la calle, lo devolvían a la triste realidad de una clase media, asalariada con sueños hipotecados y presa de un consumismo innecesariamente desmedido.

Al salir del banco, lleno de frustración por esa rutina demoledora y por sentirse atrapado en una vida que no quería, ya con ojos llorosos, arrojó con desdén el portafolios y dio un fuerte portazo al auto como queriendo justificar su rabia con el pobre vehículo, mientras su compañera Belén -la encargada de los seguros de vida- lo miraba de reojo con compasión y un poco de lástima.

Justo tenía que ser Belén la que lo había visto. Su amor imposible de la universidad, a la que nunca se había animado a invitar a salir. Toda la vida había sido muy respetuoso con las mujeres de su interés, quizás en exceso, como para permitirse la desfachatez de cortejar a esa dama como corresponde. Incluso, en algún momento, había contratado el seguro de vida más caro, solo para congraciarse con su compañera de labores.

No quería llegar a su casa. Ya sabía lo que le esperaba. Probablemente ponerse a arreglar algún caño, cable, o cortar el césped, u ordenar despensas y luego ponerse a hacer las tareas con sus nenas, hasta que llegara el momento de charla con su señora, con el mismo tema recurrente del dinero, las deudas y la vida que se pasa volando sin poder disfrutarla. Luego sería el turno de las comparaciones con sus compañeros de la facultad, para concluir con la siempre “agradable” oferta de trabajar para su suegro en la fábrica.

En la intersección de la Panamericana, inmerso en sus pensamientos, vio de repente el autito colorado de Belén y decidió seguirla. Unas pocas cuadras y su compañera se detuvo en el bar de la zona de la facultad, al que no iba desde hacía 10 años. Estacionado en la puerta, se debatió durante unos instantes si entrar o no. Belén estaba ingresando sola al bar. Sin dudarlo se bajó rápidamente del auto y simulando no haberla visto, apuró el tranco hacia la entrada del local, justo para cruzársela en la puerta.

Celebraron la casualidad y decidieron sentarse juntos en la barra, como dos adolescentes. La falta de habitualidad para la bebida, lo dejó a Mario hablando con cierta embriaguez a la tercera cerveza. Entre despotricadas contra el banco y contra el sistema, se despachó con un tendal de sentimientos que tenía guardados para con Belén, mientras ella -con otro tanto nivel del alcohol en sangre- le contaba que hacía ya unos meses tenía pensado separarse de su marido.

Sonaba un viejo disco de Tango Feroz, ella le ofreció un cigarrillo y él sin dudar aceptó. Una larga calada al Lucky Strike mientras tarareaban a duo “El Amor es más Fuerte”, los dejó con sus bocas más cerca de lo que el decoro recomendaba. Las miradas etílicas estallaban con el calor de las brasas del tabaco. Los ojos entrecerrados fueron la antesala de un tendal de besos irrefrenables que los llevaron como en un viaje en el tiempo, a las épocas de estudiantes. Por primera vez en mucho tiempo, Mario se sentía un temerario, se sentía un valiente, arriesgado, osado y esa adrenalina se estaba convirtiendo en adictiva.

Unos minutos después, sus cuerpos se fundían desesperados en el interior de una pensión estudiantil que daba al fondo del bar y que se rentaba por unos pocos morlacos. De fondo se escuchaba el alboroto de aquella taberna vernácula y se proyectaban las luces contra la ventana entreabierta.

Un cigarrillo y otro más; era increíble como extrañaba esa sensación. Un par de tragos largos a una botellita de anís Bols que habían comprado en el kiosco de al lado para matar la culpa y nuevamente caían rendidos ante la seductora tentación de lo prohibido. Se sentía vivo. Estaba con la mujer de sus sueños, borracho como una cuba y fumando como un preso.

Sentía que podía morirse ahí mismo, entre promesas a la luna y poemas improvisados. De repente todo parecía claro, debía terminar con su tortuoso matrimonio, renunciar a su rutinario trabajo en el banco y dedicarse a viajar en una casa rodante con Belén, recorriendo Sudamérica, tomando mate, tocando la guitarra y escuchando viejos discos de rock nacional.

Solo había un inconveniente. Todos sus bienes los tenía a nombre de su esposa Irene. Por lo cual debería, previo a todo, solapadamente arreglar su situación patrimonial y luego pedir el divorcio formalmente. De ahí en adelante con el camino allanado, se dedicaría a cumplir aquellos anhelos.

Al salir de la pensión se besaron apasionadamente como si nada les importara. Su sonrisa era indisimulable, el plan ya estaba en marcha. Mientras soñaba despierto con el ardiente momento que acababa de vivir, su risa se vio turbada por un pequeño detalle. Le habían robado el auto.

No quería ni pensar en las consecuencias de sus acciones. En un instante se había complicado todo. Estaba exasperado y no sabía para donde encarar. No podía ni llamar a la policía y decirles que le habían robado en la puerta de una pensión, ni podía regresar a su hogar sin el coche. La mentira tampoco estaba entre sus facilidades, con lo que el panorama cada vez se oscurecía más.

Al arribar a su casa en taxi, lo estaba esperando toda la familia. Era el cumpleaños de su suegra y se había olvidado por completo. Mientras le contaba a su mujer como le habían robado el automóvil y sobre las sospechas de que había sido una “batida” interna del banco, no pudo evitar ver -una vez más- la cara de desilusión de todos los presentes.

Cuando su mujer Irene lo abrazó desesperada, notó rápidamente una mezcla de aromas entre perfume femenino, cigarrillo y alcohol. Lo soltó presurosa y con los ojos inyectados en furia, le ordenó que se fuera a bañar, para luego tener una larga conversación a solas, sin la presencia de la familia.

Llegó al baño tambaleándose y mientras abría la ducha, mil imágenes se cruzaban por su cabeza. La tarde con Belén, los planes, las promesas, los ahorros, los bienes a nombre de su esposa, la desilusión de sus hijas, la traición a su familia y que encima su mujer se hubiese dado cuenta de aquella mentira. Todo eso mezclado con el miedo, los nervios residuales del siniestro y la cantidad de alcohol ingerido, hicieron que vomitara todo el piso.

Mientras se agachaba para intentar limpiar el desastre que había dejado y todavía algo mareado, se resbaló en su propio vómito y dio de lleno su cabeza contra el bidet, terminando inmediatamente con su vida. El cuerpo inerte yacía tendido entre sangre, humillación, vómito y miserias, mientras el vapor de la ducha le daba una mística novelesca a la situación. Todo había concluido.

—…—

Un mes después su familia cobraría un -sorprendentemente alto- seguro de vida, que el fracasado y temeroso occiso había contratado para impresionar a su amor imposible del banco. Al final la muerte del contador para algo había servido.

La encargada de tramitar el pago de aquella jugosa suma de dinero a la familia de Mario, por supuesto, era Belén.