Partidos y separados | Capítulo 2

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Avtomat Kaláshnikova modelo 1947. Así se llama hoy su Dios, su religión. Hoy le rinde culto a ese fusil porque es su única esperanza de libertad, es el verbo de sus sustantivos ideológicos. La rebelión hecha acción. Del papel al campo de batalla.

Jale Siedra mete la mano en uno de los bolsillos de su uniforme militar de las YPJ, entre grumos de tierra y pequeñas piezas de repuesto del AK-47, encuentra doblada en dos la foto de su familia. La abre mientras apoya el arma sobre la mesa metálica de aquella improvisada tienda de campaña en Helnej. Antes de desplegar el retrato de la familia Ribari observa alrededor. No quiere que nadie la vea llorar. Menos un enemigo.

En la foto están los cuatro, Ashti sonríe maravillosa, el blanco de los dientes le hace contraste con la oscuridad de su piel, teñida por el sol y por la suciedad propia de haber jugado toda la mañana entre el rebaño. Su mueca es espontánea. No hay que pedirle a un niño que sonría… tampoco que no llore o extrañe. Son sentimientos imposibles de impostar a tan corta edad. Aylan está en sus brazos, con apenas ocho meses. La foto es de hace algunos años. Jale tiene varios kilos más que ahora, doce y medio para ser exactos. Está concentrada en la fotografía. De civil, peinó su pelo temprano, entusiasmada por el evento de ser retratada junto a su familia por un profesional americano. “Postales de tiempos de guerra” se llamaría el trabajo. Ha prometido dejarle una copia de la foto. El periodista cumple. Maldice el doblez obligatorio que tuvo que hacerle a la imagen, hoy ajada y avejentada por el trajín de la guerra. La línea horizontal les parte el cuerpo a los cuatro, la vertical la separa de su marido… “partidos y separados, partidos como familia, separados por la distancia” piensa, mientras una lágrima fluye veloz arrancando en su ojo izquierdo y terminando en el cuello. Le da una cosquilla tierna y nostálgica. Pronto todo acabará e irá a por ellos.

Posa los ojos en él… su compañero. Recuerda su juventud, cuando recibió aquel folleto del Partido de los Trabajadores de Kurdistán: “Por la independencia de Kurdistán en mano de los trabajadores” decía el eslogan bajo una foto de una pareja de militantes con sus puños en alto. Un hombre y una mujer. Eso bastó.

Ruge en el ambiente la sirena anunciando un ataque aéreo. Los nervios ya no la invaden. La costumbre de los incesantes bombardeos por parte del Estado Islámico, o del Reino Unido, o de los kurdos, o del Ejercito Libre Sirio, o de Rusia, o de la Brigada Internacional de Liberación, o Turquía, o Francia han naturalizado éstos tiempos de guerra. Quita los ojos de la foto, mira su fusil. Está limpio, ensamblado y cargado. En un segundo lo puede tomar y abrir fuego contra cualquier cosa que ose irrumpir su espacio. Algo explota a lo lejos… es similar al estruendo de los fuegos artificiales, solo que más seco y destructivo. La sirena sigue aullando en soledad. No se vuelven a escuchar más explosiones. Regresa su atención a la foto.

Tenía 16 años… cuando entró a la sala donde se reuniría por primera vez como militante del PKK. Se sentó en la quinta fila. Escuchaba hablar de antifascismo y nacionalismo kurdo, de igualdad de género, de revolución. Estaba como en casa, había encontrado su lugar, quería pertenecer inmediatamente. Sentía que alguien la miraba, recorrió con la vista la fila en la que se encontraba. Todos estaban atentos. Siguieron las palabras del locuaz orador. Confederalismo democrático, ecología, paz, igualdad. No podía creer estar escuchando aquello. Continuaba sintiéndose observada, entonces giró rápidamente hacia atrás. Ahí estaban los ojos de Adar, fulminándola desde una columna. Esa mirada encendida de juventud, dos ojos oscuros y profundos bajo aquellas cejas revoltosas. Fue un instante de conexión, un momento en la vida, un espacio en el tiempo donde todo se detuvo, el sonido se volvió mudo, el ruido ensordeció, todo al rededor desapareció y solo quedaron ellos dos. Se habían encontrado… por fin. Jamás pudo separarse de la mirada de Adar, ni de él.

Es la misma mirada de la foto. Algunos años después. Más cansada, con más arrugas y fatiga, pero intensificada por la experiencia, la vida y el amor. La guerra endurece las facciones físicas, pero el alma a través de los ojos es la misma. La política los unió, era parte de ellos. Y cuando el partido se alzó en armas para impulsar la revolución, Jale se unió a las YPJ, un tiempo antes de la invasión del Estado Islámico.

Ya tenían hijos al estallar en conflicto Kobane, su pueblo natal. Años atrás, la guerra del Golfo les había arrebatado a los abuelos, entonces la pareja decidió que Adar se quedaría velando por la familia en las montañas hasta que la guerra terminase. La facción femenina del ejército había tomado relevancia preponderante en la batalla. Para un yihadista morir en manos de una mujer era sinónimo de arder eternamente en el infierno. El batallón femenino atormentaba y hacía retroceder a ISIS. Uno de los dos se debería quedar con la familia, y por el momento sería él. Creyeron que la batalla duraría algunas semanas y todo volvería a la normalidad, pero el conflicto se extendió en el tiempo.

Una madrugada de abril cayó una bomba en la escuela de Ashti. Murieron doce de sus compañeros. Adar corrió desesperado en cuanto escuchó las noticias. Llegó al lugar: Gritos, gente, tumulto, humo, destrucción. Olor a muerte y pánico en el ambiente. La gente se mezclaba con militares y bomberos para ayudar. El paisaje era atroz. Un periodista capturaba un peluche destrozado entre los escombros. Triste imagen que meses después se llevaría varios premios. Premios a la brutalidad humana. Las familias lloraban a sus criaturas mutiladas. Los niños lloraban lastimados o asustados. La desesperación le impedía sentir que se había herido las manos mientras levantaba partes de pared destrozada, rejas y vidrios. Entonces apareció entre el humo, de la mano de un civil, descalza, sucia y con las rodillas raspadas, la vista perdida en el horizonte, el cabello revuelto y el llanto cubriéndole el rostro, mezclándose con tierra, espanto y dolor. Un nudo enlazó la garganta de Adar, al punto de asfixiarlo. Corrió hacia ella y se fundieron en un abrazo eterno, donde el alma le volvió al cuerpo.

La situación había llegado a un límite. Esa misma noche habló con Jale. Se tenían que marchar. Por la mañana del día siguiente se comunicó con Erme, un primo que hacía años vivía en Argentina. Necesitaba que se presentara como llamante en la Dirección Nacional de Migraciones para iniciar los trámites pertinentes y así poder ingresar a la Argentina. Ya había elegido ése país para volver a empezar.

Para Jale las opciones eran mucho más complejas. Estaba en una encrucijada y debía elegir entre dos alternativas. Por un lado estaba su familia, el ataque a la escuela evidenciaba la viscosidad de la realidad, la densa mixtura bélica, política y religiosa que seguiría produciendo atentados, peligrando la vida de sus dos hijos. Por el otro su lucha, el motivo de su vida, el sentimiento ético y la necesidad de formar parte de una revolución que peleaba por los derechos en los que ella creía, por el reconocimiento de su nación, por su sueño político y social. Tenía que elegir entre combatir por sus ideas y el futuro de sus hijos o salvarles el presente y emigrar de su país, de sus raíces, e iniciar una nueva vida en otro lugar.

La duda la atormentaba y no la dejaba en paz, un volcán guerrero ardía en su interior y la incitaba al campo de batalla, pero el sentimiento e instinto maternal la aferraba a su familia.

Mientras Adar había comenzado los trámites para emigrar a Argentina, Jale debía renunciar al ejército y escapar con su familia o dejarlos partir y quedarse en el campo de batalla. El tiempo se agotaba. No estaba segura, su familia la necesitaba, pero en sus venas bullía el deber de procurarles un futuro. Debía quedarse o quizás apoyar desde otro lugar la batalla.

Pensó en sus hijos, en su familia, en que su lucha iba dedicada a ellos… decidió que no los podía abandonar, ellos eran todo en su vida, pagaría el costo del migrante. Entonces una noticia terrible limitó el destino de la familia Rebari: por ser parte armada en el conflicto, el permiso de salida estaba denegado para Jale.

Entonces tuvieron que tomar la decisión más difícil… quedarse juntos en Kobane, poniendo en riesgo no solamente sus vidas, sino la de sus hijos, o separarse y emigrar Adar y los niños hacia Argentina.

Los niños eran indefensos, Adar podría procurar un presente para ellos y volver por Jale, mientras que ella podía seguir luchando y defenderse. No solamente era profesional y capaz, sino que era una combatiente excepcional, había escalado rangos militares y era una experta en la guerra de guerrillas; una referente dentro del escuadrón femenino, al cual comandaba hacía siete meses.

Suenan otra vez las sirenas. Ahora el estallido es cercano. Previo a un zumbido que pasa a escasos metros de la tienda de campaña. Por entre la puerta se escuchan gritos y corridas, la detonación esparce piedras y escombros. Otra explosión. Ahora disparos. Dos mujeres soldado entran a la carpa a buscar sus armas, un AK-47 y un RPG-7, el polvillo de la destrucción entra junto a ellas. Un haz de luz intermitente deja ver que el ambiente está impregnado del mismo.

Las metrallas rugen desde alguna parte con su tartamudeo violento. “Jale, estamos bajo un ataque”, repite una de la kurdas para hacerla reaccionar. Algo explota tras la tienda, las tres mujeres son derribadas por la fuerza expansiva del explosivo, una de las paredes de lona comienza a arder, mostrando el horroroso espectáculo. Se aproxima un tanques de ISIS junto a una treintena de militares armados. Han ingresado al pueblo por las montañas. Están destruyendo todo a su paso. Las tres se ponen de pie. A una de las mujeres le sangra la cabeza, algo ha impactado contra ella. Quizás el mismo golpe. Esta mareada. Jale se refugia tras el escritorio de metal, la otra sale corriendo. Le grita que se ponga a cubierto a la desconcertada mujer que sigue en pié y aturdida. Se escucha una ráfaga de ametralladora. Tres detonan en el pecho de la chica, que cae muerta al lado de Jale, con sus ojos abiertos. La mira… a su lado aún está tirada la foto que no alcanzó a guardar. Sale de su escondite y dispara al azar. Son muchos. Vienen contra ella. Se acaba el cartucho, no sabe si ha dado en algún blanco, sólo siente los zumbidos de bala pasando a su lado. Se agacha, carga su fusil, aún está ahí la foto… los cuatro eran tan felices… “partidos y separados” piensa. Estira su mano y la agarra, ni siquiera alcanza a doblarla por los pliegues del tiempo, la aprieta y la arruga contra su bolsillo. Esta flanqueada por yihadistas. Nuevamente se pone de pie y dispara, los casquillos vuelan furiosos. Algo impacta contra su hombro. Siente un calor intenso en todo el brazo. Piensa en el tanque… podría destruir toda la resistencia. Aparece un enemigo entre la estructura ardiente de lo que queda de la tienda, dos tiros certeros lo derriban. Vienen otros detrás de él. Uno cae con la ráfaga desesperada de Jale. Otro logra esconderse. Siente gritos que se aproximan. Más estallidos. A lo lejos observa a sus compañeras que se acercan sigilosas hacia ella. Si el tanque avanza las va a divisar, en unos segundos destruiría a su batallón completo.

Abre fuego sobre la mesa. Siente gritos. De pronto aparece aquel enemigo escondido. Dispara contra ella. Le da en un pulmón. La sangre bulle a borbotones. Tose. El calor la invade. Siente sabor a hierro en la boca. Apunta y dispara violenta. Lo hiere de muerte. Recuerda que había explosivo en la tienda. Busca entre los escombros detrás. Tira su fusil y saca su revolver. Encuentra granadas. Toma dos y corre… no le quedan mas opciones. Los disparos vienen de todas partes, la persiguen como lobos hambrientos.

Entonces todo se ralentiza, siente que los pulmones le van a estallar. Con la mano que le queda libre va descargando aleatoriamente las 17 balas de su Glock, corre hacia el tanque. Si llega antes que avance puede salvar al escuadrón, arrojar las granadas bajo la oruga y esconderse a esperar ser rescatada. Son muchos. El polvo la ahoga, el humo la ciega… pero también la hace invisible. La ola de calor del fuego de una construcción incendiada le hace sentir el olor de la guerra, cuerpos ardiendo, horror. Hay gritos, desconcierto, la música del infierno de fondo. Corre desesperada. Le sangra el hombro y el pulmón. Otra bala impacta en su pierna. Cae al piso. Se pone en pie, continua rengueando contra su objetivo. Una sombra lúgubre se pasea de fondo… aunque intenta, no le puede disparar… tampoco le ve el rostro, pero siente miedo, como nunca antes. El paisaje se enfría y ennegrece a su paso, todo se torna oscuro.

Recuerda aquella tarde con Adar, cuando le contó que iba a ser padre, la alegría y el miedo. En esta época tener hijos para los militantes del PKK era un suceso complejo. Hoy lo estaba haciendo carne. Pero los ojos de felicidad de su marido eran tan puros… inolvidables. Recordó la risa traviesa de Ashti, a Aylan alimentándose de sus senos, creciendo libre, sano y feliz. La lucha, las palabras, la familia, la paz… de pronto todo comienza a iluminarse, un perfume de jazmines endulza su corrida. El tanque está a escasos metros de ella. Se queda sin balas. Por detrás alguien la ve y abre fuego contra su espalda. Se da cuenta mirándose el pecho que ha sido atravesada de lado a lado en varios sitios… no puede correr más del dolor y comienza a desplomarse a cada paso, lentamente, mientras siente que se desvanece. Con sus últimas fuerzas quita los pestillos de las granadas y se arroja contra las orugas del tanque.

Una explosión atronadora destroza las orugas del tanque, deteniendo la marcha infernal de la máquina de guerra… todo se eclipsa y se silencia, la sombra se va acercando a ella, frío y oscuridad… entonces a lo lejos ve una luz, se concentra… es el día de la foto, hace tanto tiempo, es ese momento preciso, llora… siente felicidad. Está en casa. Va hacia ellos.

Continuará…

Escrito junto a Ayelén Sepúlveda