El Testigo

Techera no se movía de su sentencia. “El chocolate Block es el mismo que el chocolatín Jack pero sin maní”, algo que Peláez negaba a morir. Peláez es un conocido apasionado por los “Jack”. Y ojo, no por los muñequitos. “Los muñes son para las minas”, decía. Él admiraba con reverencia el sabor del chocolatín Jack desde hacía muchos años. Siempre se dijo que viajaba a la fábrica a comprar a los trabajadores las cajas grandes con descuento, y hay una foto regalando “Jacks” a chicos pobres en un precario asentamiento marginal vestido de Rey Mago. Pero Techera tenía un dato, hacía unas semanas celebraron un festival del chocolate en su familia y ahí surgió la confusión. Cuando tuvieron que adivinar las marcas de los chocolates, el Block y el Jack sólo eran distinguibles uno del otro por el maní. “Nos estuvieron mintiendo en nuestras propias narices”, decía Techera, pero Peláez se envenenaba. “¡A mí no me gusta el Block!”, decía inverosímilmente, “¿cómo se explica eso?”. Reconozco que el debate no era tan nimio. Trajeron del quiosco varios Blocks y Jacks y nos ofrecieron a los de palo que presenciábamos de aquel debate sin mayores opciones que el fuerte viento que había afuera, y el noticiero local de la tele.

Cuando volcaron los chocolates en la mesa, algo, una voz interior, o no sé qué me instó con premura a contar los chocolates. Siete Blocks y nueve Jacks. Techera y Peláez ni los miraban, discutían ardientemente mirándose las caras. Siete Blocks y nueve Jacks. Qué necesidad tan ridícula la de contar los chocolates, sin embargo los miraba y los volvía a contar. Sabiendo lo poco trascendente de la operación, sentía que debía contar otra vez los chocolates. Siete Blocks y nueve Jacks. Si bien los habían traído para que probásemos y opinásemos los espectadores, aún no nos los ofrecían. Siete Blocks y nueve Jacks. Entre la aguerrida discusión, tanto Techera como Peláez tomaban algún chocolate, lo sacudían, o lo señalaban, y lo volvían a dejar sobre la mesa. Siete Blocks y nueve Jacks. Ya no podía concentrarme en la discusión, sólo miraba como ido los chocolates. Siete Blocks y nuev… ¡Ocho Jacks! ¡Falta uno! Lo primero que hice fue buscar las manos de los protagonistas, pero ni Techera ni Peláez tenían en sus manos el Jack que faltaba.

Fue como despertar. Se me vino de pronto la escena de la novela “Sábado”, del hombre que se levanta en la noche, abre la ventana y ve el avión caer. Era lo mismo. De manera absurda había contado los chocolates y ahora era el único testigo de que en la mesa faltaba un Jack. Miré a los espectadores. Fue como una revelación, al primero que miré lo descubrí como al ladrón. Ante mi mirada, me miró de reojo por un segundo y luego fingió continuar escuchando la discusión. Sé que era él. Me pregunté por qué Dios habría querido que contase los chocolates, qué otra cosa de importancia había detrás de que alguien se haya robado un Jack de la mesa. Los volví a contar. Ocho Jacks… Ocho Jacks. Faltaba uno.

Me recosté sobre el respaldo y respiré hondo. Me sentí descubierto por un ángel, por un ser invisible que me estaba viendo contar los chocolates. Si no vi al tipo este robar ningún chocolate, ¿por qué estoy tan convencido de que fue él? ¡Y por qué me importa tanto! Otra vez lo descubrí mirarme de reojo y volver de inmediato la vista a los contendientes. Era él, tenía el chocolate en… ¡en su saco! ¡En el bolsillo interior del saco! ¡Obvio! ¡Y vuelve a mirarme de reojo!

Ahí me di cuenta de que desde hacía un rato yo lo estaba mirando fijo. Tal vez era natural que me mirara de reojo. Pucha, de nuevo me mira. Tal vez me mira porque lo estoy mirando fijo… Bajo la mirada a la mesa. Ocho Jacks. Siete Blocks y ocho Jacks. Sé que conté bien, sé que había nueve Jacks. Lo vuelvo a mirar al sospechoso, que me vuelve a mirar de reojo pero esta vez baja la cabeza y lo noto incómodo. Sí, puede ser que esté incómodo porque lo estoy mirando fijo. Pero si no fue él, ¿quién robó el Jack que faltaba? Tal vez le estaba dando más trascendencia que la que tenía. Bajé la mirada. Recién ahí sentí que el hombre se relajó. Sí, lo estaba mirando fijo. Por algún motivo me obsesioné con algo tan estúpido como los chocolates. El hombre se levantó y se fue hacia la puerta. La discusión se había puesto pesada y el tipo se había sentido notoriamente incómodo. Me recliné otra vez sobre el respaldo y sonreí. Hay veces que nos enfrascamos tanto en un pensamiento que… El hombre que acaba de salir se detuvo frente al vidrio del café. Me mira. Me mira y se ríe. Saca de su saco un chocolatín Jack y lo sacude. Me hace muecas con la cara. Lo vuelve a guardar y para un taxi. El viento le levanta el saco. Hay mucho viento. Se sube y se va. No lo puedo creer todavía. Era un hombre de unos cincuenta y largos años. No lo puedo creer.

Vuelvo a contar los chocolates. Siete Blocks y ocho Jacks. Agarro uno y Peláez me mira. “Che, coman. Coman y díganme si les parece que son el mismo chocolate”. Al rato sólo quedaban dos Blocks y un Jack. Comí el Jack, pero cuando quise buscar el Block ya no quedaba ninguno. El hombre junto a mí me convida un cuadradito. “La verdad que son muy parecidos”, me dice. Y sí, la única diferencia que encontré entre ambos chocolates fue el maní, pero no lo dije. Tenía ganas de gritarles a todos que se habían robado un Jack frente a nuestros propios ojos, pero ya era tarde. A nadie le iba ya a importar aquello de lo que fui el único testigo. Y otra vez ganó el mal.