Cacería Humana

Delta

Jonathan observaba el horizonte con la mirada perdida entre las rejas. Una larga calada en el cigarrillo armado indicaba que no había vuelta atrás, era la única opción decorosa que le quedaba para el fin de sus días. Demasiadas veces había considerado el suicidio, por lo que tamaño ofrecimiento le daba un halo de estoicismo a su partida de este mundo. La cadena perpetua suele obrar esos efectos en los condenados.

Con un cambio de moneda muy desfavorable, bastaba un puñado de dólares para llegar a la –siempre atractiva- suma de un millón de pesos. Monto que por supuesto Jona nunca había visto reunido y que claramente ayudaría mucho tanto a su ex mujer como a su pequeña hija. Sería su legado para la posteridad. Al fin y al cabo la idea de pasar toda su vida tras esas rejas mohosas y temiendo cada vez que su niña lo visitara en aquella prisión lúgubre, no era un panorama para nada alentador.

Emiliano, el guardia que se encargaba de reclutar a los “aspirantes”, pasaría esa misma tarde a buscar su definitiva decisión para poner en marcha todo el proceso burocrático de baja de aquel interno. Al fin y al cabo no era una tarea imposible, hacer desaparecer a un condenado a prisión perpetua, aunque reconocía que le había tomado cariño a Jona después de haberlo tratado tanto tiempo.

Con el sí confirmado del recluso, solo restaba conseguir un “blanco móvil” más y el paquete quedaría terminado.

Federico era un muchacho que desde siempre había deambulado por el barrio. Nacido en la parte baja del conurbano, era adicto desde la panza de su progenitora. Nunca tuvo un trabajo estable, ni un domicilio para encontrarlo. Sin familiares conocidos ni registro alguno, Fede era propiedad de la calle. Hacía algunas changas y pungueaba lo justo y necesario para la dosis diaria de paco. Un buen pibe, pero un caso perdido.

Esa tarde Emiliano lo había convocado, como otras tantas veces, para pintar unas ventanas de su casa y lo terminó convenciendo de tomar esa decisión que terminaría con su vida, pero que le daría un último mes de reventón con todo lo que un cuerpo humano pudiera ingerir. Un combo de drogas varias y suficiente alcohol para espantar a un escuadrón.

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El teléfono a disco negro mate del despacho de Walter sonaba solo en dos ocasiones, cuando había alguna emergencia familiar o cuando un negocio se cerraba tanto positiva como negativamente. Atendió ansioso y su cara parca no pudo disimular un atisbo de satisfacción al recibir el llamado de Emiliano, el jefe de guardias carceleros que había contratado para una misión tan delicada.

Todo estaba en marcha, la Isla Talavera ubicada en el Delta del Rió Paraná sería la locación acordada. Unos pocos pesos convencieron a las autoridades de que se realizaría un safari de caza menor exclusivo, por lo que, sin más firmaron la autorización para el fin de semana largo.

“Man Hunt, un Safari humano”. Así se ofrecía la publicación en la Deep Web. Un millón de euros era el costo de pasar un fin de semana en una isla con alojamiento de lujo, bebida y comida de primera calidad y la posibilidad de “cazar” una presa humana. Todo bajo completa confidencialidad y protección de los clientes. Sin intermediarios, sin registros, en un paraíso sudamericano donde nadie preguntaba.

Con la excusa de que “las presas” humanas no merecían vivir, por ser delincuentes, asesinos, violadores y demás aberraciones, la conciencia de los cazadores quedaba a salvo, incluso con un dejo de sentimiento de justiciero anónimo.

El negocio de Walter era redondo. Devenido en empresario de entretenimiento, yugoslavo de nacimiento y argentino por adopción, tenía la mezcla justa entre el sabor cínico de Europa del Este, sazonado con la viveza criolla. Organizador de peleas clandestinas de “Vale Todo”, había dado un salto en su negocio y se estaba amigando con la Deep Web, el sector de internet oculto que ofrece todo lo que no se puede comerciar legalmente.

Gerardo y Leo eran dos hermanos italianos, excéntricos por naturaleza y millonarios por herencia. Sádicos desde chicos, tenían varias causas penales abiertas, que el dinero familiar pudo ir tapando. Cuando vieron el aviso de un Safari humano en Sudamérica no pudieron resistirse.

Al bajar del avión privado los esperaba Emiliano en el aeropuerto de San Fernando, con un  Land Cruiser negro de vidrios polarizados, que los trasladaría a la Isla Talavera. Durante el camino les explicaron la modalidad de la cacería y la posibilidad de ubicar a sus “presas” con rastreadores satelitales colocados como tobilleras.

Una vez llegados a destino y previo pago de un millón de euros cada uno, se les entregaron los kits que consistían en máscaras, rifles de caza calibre 30-06 con miras telescópicas, un puñal y un rastreador satelital. Luego del festín de esa noche, comenzaría al alba la cacería humana.

Para evitar que las presas fueran alcanzadas por una bala tempranera, Walter se encargó de que las municiones del primer día fueran de salva, con lo cual se aseguraría que la cacería durara los dos días de estadía pactados. Al fin y al cabo cazar con un rastreador satelital, era como pescar en una pecera.

Las grandes carpas montadas en la Isla, tenían todas las comodidades que cualquier persona necesita. En la primera carpa dormirían los hermanos millonarios italianos Gerardo y Leo y en la segunda carpa Walter y Emiliano, quienes hacían las veces de cocineros, guías, choferes de camionetas y de la lancha. Ese espectáculo no podía ser para muchos y menos sabiendo la cantidad de dinero que había en aquella isla desierta.

Con el detalle de las máscaras como seguro, Emiliano le sugirió a Walter utilizar la excusa de realizar un video de recuerdo para los participantes, y así poder filmar la cacería con fines promocionales para poder organizar otros eventos similares. Walter sonrió y para sus adentros, pensó que filmar ese safari, no solo serviría para publicitar, sino que podía ser usado como seguro en caso de que alguno de los participantes tratara de traicionarlo o extorsionarlo, por lo que accedió de buena gana a la idea de su subalterno, de colocar un moderno y silencioso drone para sobrevolar la isla, documentando toda la actividad.

Con las primeras luces del alba comenzó la cacería. Tanto Jonathan el recluso, como Fede el vagabundo, fueron liberados de la celda en la que se encontraban, listos para deambular por la isla con la tobillera emitiendo señal para ser utilizados como “blancos móviles”. Ese día estarían seguros por las municiones de salva, aunque ellos no lo supieran.

Los balazos no tardaron en resonar tras sus espaldas, violentos ruidos sordos tamizados con el sonido de la respiración ajetreada, le daban a la persecución un halo horroroso. Si bien Jona pudo escapar de Gerardo su perseguidor, el pobre Fede con el resabio de una resaca todavía latente fue rápidamente alcanzado por Leo el más chico de los hermanos italianos.

Una vez en la mira y con la certeza de un tirador experimentado, el joven italiano disparó a unos 30 metros de distancia un tiro limpio y sin obstáculos. Para su sorpresa, su presa ni siquiera se movió. Le había apuntado al pecho, por lo que cuando menos, esperaba haber conseguido lastimarlo, recargó su fusil y siguió a paso firme al pobre drogadicto hasta que logró acorralarlo frente a un peñón.

A una distancia por demás corta, disparó nuevamente su arma para acabar con su presa, pero luego del disparo nada sucedió. Sin dudarlo Federico se abalanzó sobre su perseguidor mientras este intentaba recargar su fusil y entender que sucedía. Con una maniobra rápida logró quitarle el puñal de su cintura y degollarlo con un simple movimiento ascendente.

Con el rastreador satelital ahora en su poder, Fede no tardó mucho en encontrar a Jonathan para contarle de las balas de salva y de la muerte de uno de los hermanos. Ambos irían tras el otro cazador y luego tratarían de escapar de esa isla infernal.

Al llegar al campamento, Gerardo -quien todavía no sabía nada de la muerte de su hermano-los esperaba con el rastreador activado, junto con los organizadores. Walter sin dar crédito a lo que percibían sus ojos y al notar que el drogadicto cargaba el arma del difunto Leo,  comprendió todo y viendo como los disparos de Gerardo (con balas de salva) nada podían hacer contra esos dos salvajes, le ordenó a Emiliano que liquidara con su pistola rápidamente a las “presas”, antes de que se abalanzaran sobre ellos.

Un par de balazos certeros con la Glock 9mm y todo había terminado.

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Navegando a toda velocidad a bordo del crucero Chris Craft en el que su abogado lo había pasado a buscar por aquella isla desierta, Emiliano sonreía mientras miraba los dos bolsos con un millón de euros cada uno.  Observando cómo se alejaba con rumbo incierto la lancha que les había dado a Jonathan y a Federico para que escaparan, lanzó al agua los cuerpos inertes del millonario italiano y el de Walter -su antiguo empleador- a los que acababa de asesinar hace unos instantes. Mientras tanto su letrado amigo le confirmaba que la transmisión en vivo de la cacería humana había sido un éxito rotundo en las redes y que los esperaba otro millón de euros más al llegar.

El plan había resultado a la perfección, y ese par de manyines convictos y adictos merecían una segunda oportunidad. Al fin y al cabo en comparación con los sádicos que contrataban safaris para asesinar gente y los morbosos que pagaban por ver esas transmisiones, Fede y Jona no eran más que un par de perejiles víctimas de una sociedad perversa.