El migrante kurdo | Capítulo 1

Desolación. Eso reflejaban sus ojos profundos, su mirada cansada bajo aquellas cejas desordenadas y gruesas. Eran como abismales agujeros pardos, vivos, que intentaban encontrar reparo en el rostro de los transeúntes. Adar Rebari había llegado al aeropuerto de Ezeiza en Argentina con su hija Ashti y el pequeño Aylan, sin más que la documentación de viaje y una valija con algo de ropa.

Erme Abdullah, un primo residente en el País, se había convertido en el llamante que tramitó el permiso de ingreso, luego que desde Migraciones se decidiese flexibilizar el visado para extranjeros afectados por el conflicto armado en Siria. Hacía años que no se veían.

El inspector revisaba las visas humanitarias de los Rebari, al tiempo que Adar hacía señas nerviosas de necesitar un teléfono. Una mujer se lo facilitó, gesto que agradeció con un halo de sosiego bajo aquella mirada agobiada. Buscó entre los bolsillos de su camisa sucia y los pantalones desgastados, hasta que encontró aquel papel con un número escrito. Marcó el teléfono de Erme… una, dos veces. La tercera atendió. Una alegría inusitada lo calmó. Luego de tantos desencuentros su primo lo estaba esperando en alguna parte del aeropuerto. Estaba lejos de su país y él era lo único que lo unía a su tierra, a su sangre. Pero la situación económica de Erme había empeorado las últimas semanas y actualmente no podía darle asilo a toda la familia.

Horas después estaba sentado con sus hijos en migraciones, a la espera del alguien que le ayudase a tramitar sus documentos y a encontrar refugio en el país, o por lo menos establecer una conversación con aquella familia nativa, cuya lengua estaba prohibida en su propio territorio… una familia kurda.

Un funcionario entró y saludó a los Rebari. El semblante de Adar cobró vida al reconocer la lengua. Alguien iba a escuchar su problema y tal vez darle una solución. Pensó que quizás los expulsarían por no contar con destino cierto… entonces el temor del migrante le impidió reaccionar y devolver el saludo. Ashti lo hizo con una vocecita ronca. Aylan lloraba en silencio, con la vista perdida en un muñeco desgarbado y sucio. – Hay que atender a los niños – indicó el funcionario al muchacho que lo acompañaba, quién salió urgente de la sala.

La charla se fue dando pausada, hablaron sobre el visado humanitario para extranjeros afectados por el conflicto en Siria. Le pidió la documentación y le preguntó sobre su situación. Adar estaba nervioso y no sabía por dónde empezar. Había arribado con sus hijos a una tierra desconocida, escapaba de una guerra atroz que se desataba en la ciudad de Kobane, donde Jale Siedra, su mujer, luchaba junto a las milicias femeninas de la YPJ contra el régimen de ISIS.

El muchacho, que no superaba los treinta años, estaba abatido y desesperado. Huía de Siria con sus hijos gracias a los permisos de ingreso que había emitido su primo. Logró costear el pasaje de ida entregando todo su capital: un rebaño de ovejas y un viejo telar donde fabricaba productos. Jale, su esposa, pertenecía a la YPJ, sección femenina de las Unidades de Protección Kurdas, y se había quedado combatiendo en la resistencia contra los yihadistas, defendiendo Kobane, al norte de Siria. Por ser parte armada en el conflicto ella tenía el permiso de ingreso denegado en la Argentina, por lo tanto Adar debía proporcionar resguardo a sus hijos.

La decisión había sido terrible, de no haber estado en juego la vida de los niños, Adar se habría quedado luchando junto a su esposa. Jale no pudo ingresar a la Argentina, en cambio Adar no tenía antecedentes penales ni militares en las milicias Kurdas, sólo él podía venir. La ausencia de su compañera le arañaba el alma, producía un sabor amargo en la garganta, una sensación de asfixia, pero miraba a Ashti y a Aylan y entendía que era por el futuro de ellos.

El funcionario advirtió el estado de Adar. Tenía la necesidad de hablar de su situación, de la realidad que sufrían los kurdos y la decisión de abandonarlo todo, incluso el amor, por el porvenir de su familia. Dejó los formularios de lado y se dispuso a escucharlo paciente. Aquel hombre transmitía tristeza y desazón con solo mirarlo.

Entraron a la sala dos mujeres a buscar a los niños, Adar se puso de pié instintivamente entre las jóvenes y sus hijos, como un animal acorralado. El funcionario le explicó que era una psicóloga y una traductora, que los iban a atender mientras ellos conversaban. Aylan se asustó y sus llantos sonaron agudos. La voz de Ashti rompió el silencio para tranquilizar a su hermano – Aylan no llores, mamá está luchando por nosotros, está protegiendo nuestro futuro, nuestra casa – mientras le hacía cariños en el pelo.

Los hijos de Adar salieron de la habitación acompañados de las dos mujeres. El funcionario miró al muchacho y le dijo con voz serena – Estamos en Argentina, las políticas migratorias buscan ser parte de la solución ante este conflicto y tienen beneficios hacia los refugiados sirios, tus hijos van a estar bien, están en la oficina aledaña siendo atendidos – Sin bajar la mirada logró relajar al kurdo. – Me contabas sobre Jale – retomó. Adar bebió agua e intentó continuar su relato, sus miedos se percibían en cada palabra.

Para nadie es fácil la condición de inmigrante. No son vacaciones, no es un viaje de placer o negocios, no hay anhelo de fotos y momentos felices, presagios de risa y alegría, hambre de aventuras y descubrimiento. Se teme por el trato hostil, por fuerzas públicas coartando libertades, por expulsiones, celdas, burocracia asfixiante. Éstos temores, sumados al desarraigo, al salto al vació que implica partir, generan un cóctel de una mixtura estresante, muy difícil de sobrellevar. El inmigrante es un cuerpo separado del alma, un forastero, un ser vivo que respira y camina en una tierra ajena, mientras que su mente está aún en los lugares donde fue feliz, en los sitios donde creció, donde se formó, donde se hizo quién hoy es… quién hoy ya no es, quién no sabe qué será.

El kurdo no pudo contener las lágrimas, pero había algo ese hombre que lo escuchaba que le inspiraba paz. La facilidad para conversar lo calmaba, volver a conectarse con su lengua lo hacía sentir que estaba con un par. Pensaba que aún a miles de kilómetros de su hogar había alguien que tal vez caminó las mismas calles, los mismos lugares o suspiró los mismos olores. Por un instante fugaz palpó la satisfacción de un asilo al menos simbólico, de un hipotético hogar, de un porvenir en el horizonte. Luego de tantos momentos oscuros esta situación era un aliciente. Continuó el relato sobre su mujer, agregándole el peso que la historia ha ejercido sobre las espaldas de un pueblo tan maltratado como el suyo.

El funcionario estaba al tanto de todo el conflicto, conocía los incidentes y el triste desenlace, pero las palabras de Adar retrataban un cuadro crudo y real del presente en Siria. La enorme diferencia cultural no dejaba de sorprenderlo; era imposible no palpar el sufrimiento al escuchar al kurdo. No podía limitarse sólo a su trabajo indagatorio, el migrante precisaba amparo y un oído, además de refugio y protección.

La traductora jugaba con los niños mientras intentaba preguntarle datos sobre su origen. La psicóloga observaba atenta y tomaba apuntes en los formularios pertinentes. Un empleado entró con alimentos para los hermanos. Tenían un hambre voraz, su inocencia les impedía ocultarlo. Prácticamente devoraron la media tarde. Pidieron más. La escena era conmovedora. Aunque ambas estaban preparadas para abordar estos casos, el momento era muy intenso.

ISIS, El Estado Islámico, era enemigo de las mujeres y sus derechos. Adar contaba que los kurdos defendían de manera ferviente la igualdad de género, incluso compartían puestos en todas las instituciones. A diferencia del resto de los pueblos que habitaban la región, ellos habían diseñado un sistema de reparto de poder en el que los cargos jerárquicos eran asumidos por ambos sexos. Hoy les tocaba compartir el campo de batalla. Ante la imposibilidad de que Jale ingrese al país, sólo quedó que Adar permanezca con los niños y viaje en busca de asilo. Estuvo esperando mucho hasta que el consulado recibió el permiso de ingreso tramitado por su primo Erme Abdullah y le emitieron sus visas. Aquel familiar era su única esperanza.

El funcionario abordó el tema de la religión, como para intentar dilucidar el nivel de fanatismo de Adar, pero el kurdo le contó que esto iba mucho más allá de la práctica del islam y su adoración por Alá, la lucha de los kurdos no era solamente religiosa, sino también política; por un Estado libre y en paz, combatiendo la persecución bestial del Estado Islámico contra todos aquellos que no eran sunistas radicales.

La pareja se había conocido militando en el PKK, el Partido de los Trabajadores de Kurdistán. Cuando el partido se alzó en armas para instaurar la organización en el norte de Siria, fue considerado como agrupación terrorista, entonces Jale se alistó en la YPJ y Adar se dedicó a la agricultura en las montañas para buscar el sustento del hogar.

Era sorprendente cómo la pareja habían logrado inculcar el espíritu revolucionario y combativo en sus hijos, sobre todo en Ashti. Estaban convencidos de que su madre llevaba a cabo una batalla heroica, luchando por su pueblo ante la tiranía del Estado Islámico, defendiendo los derechos de los kurdos y combatiendo dictadores. La traductora pensaba en las diferencias culturales, en los distintos valores familiares que se impartían, en la importancia que se le daba a una vida y en el horror de la guerra. Vivíamos en el mismo mundo, sin embargo eramos tan distintos que le costaba procesarlo.

Luego de un par de horas, le explicaron la condición de refugiado a Adar. Iban a acercarlo a la comunidad Siria en Argentina y le iban a ayudar con sus hijos.

El funcionario fue claro al comentar esta condición y la necesidad de documentarlo.

Aquella jornada fue larga y terminó a altas horas de la tarde. Erme esperó paciente a su primo, dispuesto a colaborar en lo que solicitaba Migraciones para poder asistir a los Rebari, mientras se le iba la vida mirando una foto vieja y gastada donde salían lo cuartro, cuando eran familia, cuando eran felices, cuando estaban juntos…

Continuará…

NDA: Escrito junto a Ayelén Sepúlveda