¿Será cobardía…?

No sé qué había cambiado… Bah, sí. Sus ojos. Antes de verla yo trabajaba, ahora sólo toleraba esa musiquita a mis espaldas, otro mate, y ese atardecer tan anaranjado y lento. No la amaba… bueno, amaba… ¡Qué palabra gigante! Ni cerca de amarla estaba, pero tanta belleza… tanta…

Curiosidad nota

Tal vez el amor sea la sublimación de la voluntad ante la belleza. Yo ya no podía seguir con mi trabajo. Mi mirada se impregnaba del naranja del atardecer para tratar de no pensar, de no tener que reconocer que aquella hermosura se había ido, que ya no estaba conmigo, que andaba por ahí, por allá, pero no conmigo. ¿Será cobardía la cortesía de decirle “adiós” a una mujer que no queremos que se vaya? Pienso que el mundo civilizado comenzó cuando un hombre pudo decirle adiós a una mujer que le gustaba. Antes de ese hombre existía la guerra, las sangrientas peleas, el instinto macho de posesión, de guardarse para sí mismo el fuego, la tierra y la belleza. Pero hoy el hombre dio el paso de la civilidad, del amor, y ya no se queda con una mujer a la que no resiste su belleza, sino que le pide que se quede, pide a ella su voluntad de estar con él, algo que el varón descubrió más hermoso aún que la propia belleza: la voluntad amorosa de la mujer de hacer lo que le plazca.

La existencia de Dios se puede probar por la existencia de la mujer. No hay naturaleza que alcance la sabiduría de poder crear un ser que reúna la belleza inmune y perpetua de un gesto suave y femenino disparado al viento en cualquier conversación banal, con la locura incontenible de una voluntad impulsiva que actúa sólo para provocar a su entorno a reaccionar a su antojo. La luna sube y baja la marea, pero sólo eso. No puede burlarse de las olas, encantarlas, hacerlas ir y venir a donde le plazca… No, sólo sube y baja todo el océano del mundo. Una proeza bastante pobre ante una mujer que fascina hasta a los animales, que enfrenta a los ejércitos, o lo que es todavía más poderoso: subyuga la voluntad de un hombre hasta el límite de su subsistencia. El atardecer se está apagando, el naranja se pone violeta, sin embargo las manos de ella bailando en la reciente charla aún danzan en mis retinas. Las veo subir y bailar… y me admiro de que ella lo haga sin pensar. Ese algo continente de tanta belleza…

Alguna vez pensé en que los pajaritos serían los herederos naturales de la gestualidad femenina. Pero es mentira, me he aburrido de mirar golondrinas jugando entre las correas de un alero, pero jamás me canso de ver a una mujer contar algo. Si las yemas de sus dedos pintasen en el aire, el mundo, la vida sería una locura. Miro mi mate en la mano y encuentro la poca gracia que tenemos los hombres, los árboles…, el agua… Nada se mueve jugando como las manos de una mujer. Nada tiene tanta carga emocional como la cara de una mujer que explota en una reacción inesperada. Los perros creen que son lindos, los caballos hacen gala de sus movimientos torpes. Pero Dios existe. Vi la capacidad de su poder en una carcajada de ella. Se rió y yo podría haber hecho una misa para que nunca deje de hacerlo.

Ya no atardece más. Y refrescó. Pero no me quiero levantar. Temo que ella se diluya en la rutina típica del universo: estrellas fugaces, la luna, una brisa sacudiendo el cerco de laurentinos, los perros echados, el olor del pasto húmedo… No sé por qué siento que dejar ir a una mujer tan linda es un acto de cobardía. Me siento culpable de no tenerla a mi lado en este momento. Meto el mate en la cocina, cierro la puerta, prendo la luz, y tal cual lo que imaginé: poco a poco siento que ella se diluye en la rutina imponente y magistral de una noche cualquiera.