Lágrimas en el mar

El viento soplaba fuerte y levantaba bruscamente la fina arena que golpeaba sin piedad una playa desierta al sur de Mar de Las Pampas. El invierno siempre era más cruel en aquellas latitudes. Érica miraba de reojo el mar, envuelta en una ruana al tiempo que se despedía por última vez de su amor prohibido.

Se sabe que solo las historias de amor incompletas pueden ser realmente románticas y esa no sería la excepción. Pero aunque el final siempre estuvo anunciado, nadie pudo prever ese dolor en las entrañas que se siente cuando el alma desgarrada pide a sabiendas que todo acabe.

Se secó la última lágrima que el viento le robaba hacia el mar y arrojó con todas sus fuerzas un pequeño cuchillo de cocina con la sangre todavía fresca. Ese definitivamente era SU lugar en el mundo.

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Mar de Las Pampas es un destino por demás ameno durante el año, pero como todo pueblo costero que vive del turismo, el invierno es crudo y desolador. La mayoría de las casas son de veraneo por lo que en esa época se encuentran vacías y el lugar se vuelve marchito para las pocas personas que quedan.

Érica era una abogada exitosa que luego de haber defendido en un sonante caso a un capo narco, optó por retirarse de la vida pública de la Capital hacia un lugar tranquilo, para despuntar el vicio y dedicarse a la escritura de poesía. Durante toda su vida había elegido el estudio y la profesión frente a las relaciones personales, por lo que la parte afectiva de su vida siempre estuvo subyugada a su faceta profesional.

El estudio de la calle Posadas lo decía todo, mármol negro que se erigía en todas las paredes, daba el aspecto justo que quería transmitirle a sus clientes, un poder más allá de lo conocido. Pero no fue hasta que luego de sacar de una condena segura a uno de los cabecillas de la banda de narcotraficantes más grande de la zona, que comenzaron las agresiones, escraches y amenazas. Era tiempo de buscar otro norte para radicar sus sueños, ya que la Capital no era más un lugar seguro ni deseable para ella.

De chica siempre había soñado con vivir frente al mar en una casa con grandes ventanales.  Ahora que se presentaba la ocasión, le parecía el lugar indicado para establecerse. Un rápido paneo por las inmobiliarias más paquetas y “la casa” apareció. Un hermoso chalet en Mar de Las Pampas estilo inglés., frente al mar con un porche de cuentos para admirar la vista más preciada.

León era un artesano local, de los pocos nacidos y criados en aquel pueblo. Si bien nunca fue un gran admirador del trabajo, con la suerte de los buenos había convertido con los años su pequeño puesto ambulante de venta de artesanías en un paseo de compras con restaurants y salones de té. Casado con Laura desde siempre era uno de los referentes locales de Mar de Las Pampas.

Una tarde como cualquiera y como todas las tardes de invierno, León se encontraba en su oficina en la parte superior del complejo comercial de su propiedad, cuando de repente una cara desconocida llamó su atención. Érica estaba mirando las vidrieras de una casa de decoración para darle su toque personal a la propiedad que acababa de adquirir y León estaba dispuesto a conocerla en ese mismo instante.

Bajó presuroso y simulando que hablaba por teléfono e ingresó distraídamente a la casa de decoración bajo el falso pretexto de consultar temas administrativos con la dueña de aquel establecimiento.

Fue en ese momento que tras un par de sonrisas encontradas y bajo la atenta e inquisidora mirada de la propietaria del local, León le invitó a Érica un café con la excusa de ofrecerle uno de los locales que tenía en alquiler.

La tensión fue instantánea. La atracción irresistible. Las miradas quemaban y más de una vez sus piernas se encontraron “accidentalmente” por debajo de la mesa de aquel recoleto café. Ella mordía su labio inferior cada vez que él se acomodaba distraídamente su cabello. La charla mutó rápidamente de lo comercial a lo personal. Y antes de que pudieran darse cuenta estaban intercambiando teléfonos y acordando para verse nuevamente.

Los días pasaban y las excusas se hacían cada vez más frecuentes para encontrarse. León no ocultó su estado civil con Laura, pero dejó bien en claro que era un matrimonio ya terminado y que solo convivían en el mismo hogar, quizás por el miedo de lo que podría afectar a sus hijos una separación, quizás por cuidar las apariencias en aquel pueblo chico. A Érica por más que le producía mucha pena la situación de la esposa, decidió embarcarse de lleno en esa relación clandestina.

Pero como todo pueblo chico las cosas siempre se saben y más aun si se trata de chismes jugosos, por lo que cada vez que alguno de los dos hacía alguna visita poco decorosa a horarios inadecuados, como un reguero de pólvora corría la voz y llegaba una vez más a oídos de la desafortunada esposa, quien ya no sabía que otra historia inventar para justificar las escapadas de su marido.

Las tardes de canasta se habían vuelto insostenibles para Laura, así como las reuniones de consorcio y cada peña social a la que asistía junto a León. Las miradas penetrantes de los coterráneos y el susurro cada vez menos disimulado a sus espaldas le quemaba por dentro como una brasa candente.

Horas de charlas furiosas y lágrimas derramadas terminaban siempre con un hosco ofrecimiento de su marido de acabar con aquella farsa y de una vez por todas separarse. Pero si había algo que sus principios religiosos y morales nunca le permitirían era romper su sagrado matrimonio. Por lo que una vez más Laura se persignaba, secaba sus lágrimas y besaba la foto de sus pequeños hijos, que ya hacía tiempo habían abandonado la idea de una familia feliz.

Una noche como tantas León había decidido quedarse en lo de Érica. Mientras cenaban románticamente, no podían sacarse las manos de encima. El postre nunca llegó, como tampoco ellos llegaron a la cama. El sillón aparentemente no era el único testigo de aquel incendio de deseos fundidos en un solo cuerpo. Por la ventana entreabierta espiaba atentamente una figura perdida en la noche.

La pasión desmedida, entre gritos y gemidos, se detuvo repentinamente cuando un chorro de sangre caliente salpicó el torso de Érica. El rostro de su amante había quedado inmóvil como queriendo soltar un último grito ahogado, mientas sus ojos abiertos se emblanquecían y caía desplomado sobre ella.

Sin poder disimular su asombro, se quitó rápidamente el cuerpo inerte de León de encima, para ver una imagen espeluznante. Sus ojos no daban crédito a lo que estaba presenciando. Parada frente a ella y con la expresión transfigurada se encontraba Laura temblando y sosteniendo uno de los cuchillos de la cocina bañado en sangre.

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La pena por homicidio agravado por el vínculo era de prisión perpetua. Los hijos irían a parar a alguna institución de cuidado estatal. Las casas y el complejo comercial de propiedad del matrimonio, a cargo de un albacea designado por el juez que los administraría. Érica tendría que mudarse nuevamente, para empezar otra vida de cero.  

Nada de eso sucedería.

Antes de pasar por la escribanía para realizar una cesión de derechos hereditarios, ambas mujeres, Érica y Laura se presentaron como testigos ante la Fiscalía para declarar por un supuesto robo seguido de homicidio que había terminado con la vida de León, aparentemente a manos de un joven maleante de una localidad contigua.

El arma blanca utilizada -teóricamente un cuchillo de cocina- nunca aparecería.