El verdadero paraíso moderno

Leyendo estos días el libro de Michel Houellebecq, “El mundo como supermercado”, descubro en una entrevista que le hacen a él una observación que la que venía elaborando en mi cabeza.

[…] Las sociedades animales y humanas establecen diversos sistemas de diferenciación jerárquica, que pueden basarse en el nacimiento (sistema aristocrático), la fortuna, la belleza, la fuerza física, la inteligencia, el talento…, por otra parte, todos estos criterios me parecen igualmente despreciables, y los rechazo; la única superioridad que reconozco es la bondad. Actualmente nos movemos en un sistema de dos dimensiones: la atracción erótica y el dinero. El resto, la felicidad y la infelicidad de la gente, se deriva de ahí. Para mí no se trata en absoluto de una teoría: es cierto que vivimos en una sociedad simple, así que estas pocas frases bastan para dar una descripción completa.

Es indiscutible que el sexo está sobrevaluado. El sexo se propone hoy en día en nuestra sociedad como un valor cuando en definitiva lo que se padece, con o sin sexo, es la soledad. Lo que me llevó a darle vueltas a este tema es que para la soledad no hay nada. Ni siquiera está bien visto mencionarla. A nadie le importa si detrás del sexo la soledad hace metástasis.

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Sin embargo tengo claro que cada uno hace con su vida lo que tiene ganas. Entonces, ¿por qué me molesta tanto esta sobrevaluación del sexo? ¿Qué cosa es la que me genera rechazo en este nuevo valor que parece haber nacido en las últimas décadas? La respuesta la encontré en la misma entrevista a Houellebecq.

Se puede hacer una comparación entre las ofertas de pollo y minifaldas, pero la antología termina ahí: en la revaloración de la oferta. El verdadero paraíso moderno es el supermercado; la lucha acaba a sus puertas. Los pobres, por ejemplo, no entran. Uno gana dinero en otro lado; y luego va a gastárselo ante una oferta innovadora y variada, a menudo fiable a nivel de gusto y bien documentada desde el punto de vista de la nutrición. Los clubs nocturnos son algo muy distinto. Siguen yendo -contra toda esperanza- muchos frustrados. Y así pueden comprobar, a cada momento, su propia humillación; en este caso, estamos mucho más cerca del infierno. Se habla de supermercados del sexo, que tienen un catálogo bastante completo de su oferta porno; pero les falta lo esencial. Y es que el objetivo mayoritario de la búsqueda sexual no es el placer, sino la gratificación narcisista, el homenaje que una pareja deseable rinde a la propia perfección erótica. También por eso el SIDA sigue más o menos igual; el preservativo reduce el placer, pero la meta que se persigue, al contrario que en el caso de los productos alimenticios, no es el placer: es la embriaguez narcisista de la conquista. Y el consumidor porno no sólo no experimenta esta embriaguez, sino que además suele experimentar la emoción opuesta. En fin, para no dejarme nada, podría añadir que algunos seres con valores desviados siguen asociando la sexualidad y el amor.

Y me quedó más claro. Lo que me molesta de esta sociedad erotizada no es el abuso de lo sexual sino aquello que se esconde detrás. Estandarizar el consumo intelectual es la mejor manera de ser útil a cualquiera que desee manipularnos, y hoy en día las masas parecen más manipulables que nunca antes en la historia. La lógica de “el mundo como supermercado” (pensar que no me gustaba el nombre y ahora pasó a ser un concepto en mi vida…), como se titula el libro de Michel Houellebecq, es la lógica de dar todo servido a alguien para que consuma sólo lo que yo le doy, y convencerlo de que mientras más cómodo para él, mejor para él. Es una manera de coartar la libertad pero en lugar de usar la fuerza, su fuerza, usan la debilidad, la nuestra. Con este concepto de Houellebecq amplié mi molestia del abuso de lo sexual como carnada eficaz al renacimiento dudosamente honroso de lo instintivo como valor de la autenticidad, a la necesidad que tenemos como sociedades tecnológicas de tapar nuestra soledad y nuestro vacío con estandarizaciones del tipo que sea.

El supermercado de Houellebecq es la mejor ilustración para aquello que dijo Juan Donoso Cortés en su Discurso sobre la dictadura, en enero de 1849: “Señores, esto es poner el dedo en la llaga, esta es la cuestión de España, la cuestión de Europa, la cuestión de la humanidad, la cuestión del mundo. Considerad una cosa, señores. En el mundo antiguo la tiranía fue feroz y asoladora, y sin embargo esa tiranía estaba limitada físicamente, porque todos los Estados eran pequeños, y porque las relaciones internacionales eran imposibles de todo punto; por consiguiente en la antigüedad no pudo haber tiranías en grande escala, sino una sola, la de Roma. Pero ahora, señores, ¡cuán mudadas están las cosas! Señores, las vías están preparadas para un tirano gigantesco, colosal, universal, inmenso; todo está preparado para ello: señores, miradlo bien; ya no hay resistencias ni físicas ni morales: no hay resistencias físicas, porque con los barcos de vapor y los caminos de hierro no hay fronteras; no hay resistencias físicas, porque con el telégrafo eléctrico no hay distancias; y no hay resistencias morales, porque todos los ánimos están divididos y todos los patriotismos están muertos. Decidme, pues, si tengo ó no razón cuando me preocupo por el porvenir próximo del mundo: decidme si al tratar de esta cuestión no trato de la cuestión verdadera”.

En 1995, Houellebecq describió ese Mundo como Supermercado con el mismo sentido de concentración y restricción que esbozaba Donoso Cortéz con los escasos elementos que ya en su época advertían su poder. Lo que me llama la atención mientras escribo esta reflexión, es que Donoso Cortéz proponía como solución a la probable tiranía, el resurgimiento de la religión católica, y Michel Houellebecq, en 2015, el mismo día de la masacre de Charlie Hebdo, presentó su libro “Sumisión”, donde Francia elegía un gobernante musulmán y la religión es planteada, al menos parcialmente, como amenaza de tiranía.

Es que de algo estoy seguro: la religión tiene un lugar en la composición intelectual de la humanidad, aunque no sepa bien cuál es ese lugar. Mientras tanto… volveré a mi góndola.