El caballo

Viajaba para Buenos Aires. Acababa de llenar el tanque y salí a la ruta 50. Como era casi el mediodía me compré unos sandwichitos de miga que empecé a comer antes de salir de Ayacucho. Dejé el paquetito en el asiento del copiloto y preparé el teléfono para que me indique la ruta con menos tráfico. Iba a noventa kilómetros por hora, tranquilo, busco otro sandwich cuando el auto se me dispara hacia la izquierda. Acababa de morder la banquina, y como acababan de llover 70 mm la tierra era un jabón. Cuando levanto la mirada estaba cruzándome rápidamente por el carril contrario hacia la otra banquina, por lo que pego un volantazo y siento que el auto patina. Ahí supe que había perdido el control del vehículo. Cuando el auto reacciona al pavimento dobla de inmediato y me cruza al carril derecho, e incluso me saca de la ruta. Vuelvo a pegar un volantazo para volver al pavimento, y en esa maniobra, entre el caos de imágenes que tenía frente al parabrisas, entre alambrados, pavimento y árboles me pareció ver la cabeza de un caballo pasar frente a mí demasiado cerca. El impacto fue diferente a todo lo que me habría imaginado. El sonido fue como de golpear una lona, como golpear una bolsa de papas contra una lona. Aunque el sonido no fue fuerte, el auto cambió de dirección y giró. Giró como un trompo hacia el otro lado. El parabrisas era un panel rayado de colores que pasaban a toda velocidad. Solo podía ver con claridad el volante, mis manos en el volante, y el tablero.

Recuerdo que en ese momento, justo después del impacto, pensé que así era la muerte. Que yo estaba por morir en un accidente y que era así. No me dolía nada, no tenía miedo, continuaba atado a mi asiento y las cosas en su lugar. El auto giraba y yo pensaba en que iba a morir. Como no me dolía nada pensé que el dolor vendría con el impacto. Contra algo iba a chocar. Ese bólido infernal que volaba tenía que detenerse de un golpe fatal. Un golpe donde por fin moriría.

Aún entre tanta velocidad y descontrol, empecé a sentir ansiedad por terminar con eso. Y sentí que algo me frenaba de costado. Muy fuerte, pero gradualmente, hasta que el auto se detuvo. Por mi parabrisas veía un alambrado a unos quince metros, y campo. Todo estaba en sombra. Abro la puerta y a un metro un poderoso eucaliptus se erguía inmenso como estupefacto, como admirado de que mi puerta no se haya arrollado contra él. Me bajé. Me bajé como quien llega a su casa. No tenía ni el más mínimo rasguño. El auto regulaba perfectamente, y volví a sentarme en el auto, y cerré la ventana. Y cerraba. Y apagué el auto. Y miré hacia adentro. El auto parecía estar entero salvo por la puerta derecha trasera que estaba metida para adentro con las astillas del vidrio regadas en el asiento de atrás. Vuelvo a bajarme y camino alrededor del auto. A unos diez metros veo el caballo. Agonizaba. Movía su cabeza pero en silencio. Cada vez lo hacía con menos fuerza, con menos insistencia. Hasta que su cabeza se recostó en el agua y se volvió parte de aquella banquina destrozada.

Pararon dos autos antes de que llegase la policía. “No, el caballo no estaba en la ruta, estaba en la banquina”, respondí a la agente que miraba descreída de que de aquel auto había salido tan bien. “Los caballos son de Almirón”, me dijeron en la policía. Antes de irme pude darme cuenta cómo fue el accidente, y entendí que luego del segundo volantazo, al impactar contra el caballo con la puerta de atrás, el auto hizo un giro de ciento ochenta grados y luego se deslizó de costado por un zanjón entre el barro y la acequia hasta detenerme en un montículo de tierra justo antes del árbol. Ese sábado de lluvia lo pasé en un bar de Ayacucho organizando la llegada de la grúa, el llamado al mecánico, ubicarle un lugar al auto, trámites con la policía, el seguro…

Creo en la nobleza de los animales, y no pude evitar pensar ese día y los posteriores, que ese caballo dio su vida por mí. Ignorante de su arrojo, pasivo, vio acercarse el auto a cien kilómetros por hora fuera de control y no tuvo reacción, y voló cuatro metros con el impacto. Cuatro. Y tardó unos minutos en morir. Ese caballo había salvado mi vida. Luego del accidente mi cabeza estaba como bajo la efervescencia de un vértigo que no me dejaba pensar con claridad, pero ahora lo veía bien.

Los días siguieron y muchos amigos a medida que se iban enterando y pasando las fotos me llamaban para ver cómo estaba. “Yo te acompaño, vamos con un cuchillo y le sacamos la marca al caballo para que no te hagan quilombo, Marcos”, “pero si no me pueden hacer quilombo”, “no seas inocente, Marcos…”, “el caballo es de un hombre de trabajo, no voy a hacer nada contra él, el caballo no estaba sobre la ruta”, “Marcos, o hacés la demanda o te la hacen”, “hay un tipo que perdió un caballo, que se le murió un caballo y no está pensando en hacer demandas”, “la gente no es buena, Marcos…”.

La gente no es buena.

Yo pienso lo mismo. La mayoría de la gente no es buena. La mayoría de la gente no tiene el coraje para ser todo lo miserable que quisiera. Hay poca gente buena por elección. Siempre estuve convencido de eso. Pero si yo hacía una demanda “por las dudas”, ¿no era yo uno más de todos esos miserables cagones que siempre acuso? No tenía dudas de que Almirón era un noble hombre de trabajo que acababa de perder su caballo de manera trágica. Sí, no tenía dudas. Terminado el asunto.

Tiempo después del accidente, cuando ya hacían unos días que nadie me llamaba por el tema, y todo parecía pasar al olvido, cuando el accidente se había transformado en trámites y papeleo, recibo un mensaje de un amigo periodista de Ayacucho. “Te va a llamar Almirón”, me decía.

Sentí que me había equivocado. Recordé todos los consejos sobre hacer la demanda, sobre actuar primero, y me sentí un imbécil. Me daba mucha rabia no ser más ladino, no ser un sorete, o ni siquiera un sorete, no ser un mal pensado. Los mal pensados cuando se equivocan tampoco pierden. Los idiotas cuando nos equivocamos pagamos con sangre. Era obvio que me quería llamar para una eventual demanda, y esta vez no sería para nada comprensivo. Pensé en qué amigos abogados podían ayudarme con esa demanda. No, no la iba a perder. Estaba dispuesto a hipotecarme entero antes de que me pase la historia de los confiados que se los fuman por imbéciles. No, incluso pensé hasta dónde llegaría con mi embate judicial, si sería necesario arrasarlo para dejar un precedente de que yo también soy un sorete. La gente respeta a los soretes.

A los dos días sonó el teléfono. Intuí que era él. Lamenté no estar enojado para terminar rápido con aquella extorsión. “Marcos, soy Almirón, el dueño del caballo. Lo llamaba para saber cómo estaba…”. No parecía estar detrás de un pleito, pero ¿estaría grabando aquella conversación?
—Bien, gracias, Almirón.
—Yo quería asegurarme de que el caballo no estaba sobre la ruta, ¿no?
¿Estaba grabando la llamada?
—No, Almirón, el caballo no estaba en la banquina. Estaba bien.
—Qué suerte que usted no se hizo nada. Eso es lo importante.
Bajé la guardia, el llamado era evidentemente amistoso.
—Sí, realmente fue un milagro.
—Mi caballo le salvó la vida entonces…
¡Ahí está! ¡Ahí está la chicana!
—No, Almirón, si yo lo agarro de frente su caballo me mata. Por suerte pude esquivarlo…

Almirón hizo silencio, tal vez dijo algo, un “bueh” o algo así, no sé, y se hizo el silencio. No había ninguna chicana. A veces uno le busca el sentido a las cosas, accidentes que nos pasan que parecen tener un significado más allá de los hechos. Almirón sabía que su caballo me había salvado la vida, pero quería saber si yo lo sabía, si yo valoraba ese sacrificio, aquella entrega de una vida por otra. No sé si hablaba, tal vez murmuraba. Sentí que estaba a tiempo de reparar ese error.
—Bueno, no… No. En realidad sí, su caballo me salvó la vida, Almirón.
—Le salvó la vida, sí.
—Sí, me salvó la vida.

Era tarde. Almirón sintió que yo no valoraba aquel sacrificio, pero no dijo nada. Nos despedimos muy cordialmente, y yo lamenté no haber sido yo mismo. Es que ser yo mismo es muy peligroso, se sufre mucho siendo yo mismo. Dejé el teléfono y el campo volvió a ser campo, el cielo volvió a ser celeste, pero a mí me faltaba algo para ser yo. Y me lamenté por ello. Es que yo tampoco soy una de esas personas que son buenas por elección. Tal vez lo que me hace sentir diferente a los demás es que yo me lamento por ello. O tal vez eso, el sentirme diferente, sea precisamente lo que me hace ser como los demás…

Y continué con mi vida.

A Mario Almirón, y a su caballo, que me salvó la vida.