Tedio

Caminaba tedioso, aburrido. La noche era hartante. No hacía calor, pero casi. No transpiraba, pero no estaba cómodo. Caminaba cansado de aquella insoportable rutina. Mi mirada barría un metro por delante de mí y no dejaba de ver los baldosones de la vereda que pasaban uno, y otro, y otro… y otro… y otro… Qué había hecho con mi vida… qué. Nada. Los baldosones pasaban. Mis amigos ya estaban en la facultad, habían terminado en buenos colegios, colegios de uniforme… y yo en jeans. Camisa, jeans, zapatillas… Qué aburrido era todo. En qué momento creí que mi vida era divertida, mis amigos estudiando sus carreras, con sus días estables, y yo en el turno noche del último año del secundario. Ellos creen que esto es fascinante, que es una locura, que soy un valiente, un loco… Qué bodrio es esto, por favor. El semáforo es el único que consigue que levante mi mirada de la vereda. La 9 de Julio es un derroche de luz. Engaña. No parecen las once de la noche. Ahora miro el granulado del pavimento azul. La sola idea de saber que voy a llegar a casa y me voy a tirar en la cama me desespera. Me hunde en una especie de temor desesperante. Pero hacia allá voy, a esa cama. Todavía miro la calle aunque ya estoy visualizando mi cubrecama escocés colorado y verde. Esto es fatal. Y no hago nada para cambiar, nada para que mi destino no sea ese. No hago nada. Simplemente miro la vereda. Sé que no me voy a cruzar a ningún vecino. Cuando vuelvo del colegio no hay nadie en la calle. Una oleada de savia evaporada me envuelve y hasta me despeina, pero no me conmueve. Siempre huelo las plantas a la noche. No sé por qué. Creo que es porque pasan pocos autos. Antes las plantas me hacían sentir vivo, pero ahora perdieron el sentido. Otra vez la sombra de la calle. La 9 de Julio tiene como algo de escénico, algo artificial que nos hace creer que se puede vivir en esa luz, en esa noche brillante, pero otra vez la calle se sumerge en la penumbra y mi destino sigue intacto. El derrotero de otro día de colegio termina en el sepulcro de mis sueños. En aquella cama verde y colorada. Un paso, otro paso, veo mis pies que…
—¡Atención!
…aparecen por debajo de mi mirada. Aparece la punta del pie izquierdo, luego la punta del pie derecho, luego el…
—¡Atención!
¿Y eso? No sé, sigo caminando p…
—¡Soldados! ¡Aaaaa-tención!
Recién ahora veo que adelante mío hay una madera, una tabla. Un… un entramado… una cama. Una cama de pie. No, no está de pie…
—Soldado, ¿soñando con mamita?
De inmediato comprendí todo y salté y me paré a los pies de la cama. El sargento le hablaba a Alejandro, uno de los chicos con los que hablaba ayer cuando llegamos a la Tablada.
—¡Al soldadito le cuesta despertarse…!
—¡Ale! —susurró su compañero de cucheta—, Ale, desp…
—¿No me cree capaz de despertarlo, soldadito? ¿No me cree capaz…? ¿Eh…?
Y Alejandro se levantó de un salto. Sus ojos estaban casi redondos aunque era de ojos achinados. Y lentamente me volvieron a las pupilas mis zapatillas caminando aburridas por la calle, ese casi calor, ese aburrimiento adolescente, ese tiempo para no hacer nada… y se me hizo un nudo en la garganta. Helaba. Los vidrios de la cuadra habían sido baleados tres meses atrás con el copamiento al regimiento. El aire se me iba de los pulmones y me aterraba no poder contener el llanto. Mi sueño había sido tan intenso que aún no podía recordar en qué momento había entrado a la colimba, y sí, lo recordé. Ayer. Ayer me subieron al camioncito y me trajeron hasta acá. Era cierto, acababa de empezar la colimba.

Este sueño lo tuve la primer noche que dormí en el Regimiento de la Tablada, el primer día de mi servicio militar. Tenía dieciocho años. Tanto me impactó que cada tanto lo recuerdo. Como hoy.