Aquellas pupilas

Por un momento creí que sus pupilas dilatadas eran todo lo que necesitaba en esta vida. Hablaba raro, hablaba como drogada, tal vez lo estaba, no lo sé, pero me encantaba esa lentitud en sus palabras. Era inimputable. Podía decirme cualquier cosa que después de su risa fresca y desatada todo era perdonable. Necesitaba eso, necesitaba algo simple y tonto. No sé en qué momento me subí en los trofeos de la intelectualidad, en esos copones de plata sin lustrar que sólo sirven para guardar botones y gomitas olvidadas. Ella me preguntaba cosas muy tontas, cosas absurdas, pero siempre después de hacerlo reventaba en una risa cristalina y caudalosa, y volvía a darme cuenta de que eso es lo que yo estaba buscando. Un fogonazo de risas fuertes y verdaderas. “Sí, e-hé”, respondía a sus chistes. Con un “e-hé” que era la mejor risa que yo tenía para ofrecer. No sé si los entendía realmente, pero quería hacerlo, quería reírme como ella, y emborracharme de sus pupilas enormes y de sus manos inquietas. Ella se daba cuenta de que yo todavía no alcanzaba su altura, ese nirvana de clonazepam que eliminaba la guerra y la pobreza del mundo en medio vaso de agua, pero me perdonaba y seguía intentando que comprendiese el quid de sus comentarios. Juro que moría por estar montado a sus neuronas. Lo juro. Su risa se abría como las alas de un cóndor y su mirada celeste parecía desaparecer en sus pupilas inmensas. Empecé a sentir una gran ansiedad por estar con ella. Ella reía. Reía y sus alitas me acariciaban las manos. Petisita y flaca. No le sacaba el pecho a nada. Todos éramos de su altura, o un poco más bajitos. Otra risa, pero en la cocina. Otra en el jardín. Cada risa me robaba la mirada para buscar de dónde venía aquel desparpajo de alegría. Me hablaba con tal descaro, con tanto interés que no sabía cómo reaccionar. Y respondía “sí, e-hé”. Y comencé a pensarla en mi vida. ¿Viviría con ella? ¿Qué más quería de la vida sino esa risa intoxicándome el sentido común, alguien que me empuje de la torre de los pensamientos centrados? No pude ver cómo fue que se volcó el vino en una manga, pero otra vez rompió en una carcajada que nos hizo reír a todos. A todos. No sé si le pasaba a los demás, pero yo me sentía tan bien… ¡Tan bien! Y otra vez me vino a decir cosas, y a fregarme sus pupilas somnolientas contra las burbujas de mi sangre… que hervía. “E-hé”, le respondí, no sé a qué, pero respondí eso. Y me besó… No… no me besó, pero yo sentí eso. Sentí eso porque ella calló por unos segundos al tiempo que me miraba a los ojos. Sé que a mí me temblaba la pierna izquierda aunque no se haya notado. Sentí un beso virtual, un beso tan evidente que me dejó expuesto. Ahora se notaba que yo no daba más de calentura. No podía siquiera intentar mirar a los demás, la escena sería burlesca, yo paralizado frente a la petisita que me miraba fijo… “¿Qué tenés en el ojo?”, me preguntó. “¿Eh? ¿En el ojo?”, y me lo restregué. Fue como despertar. Ahí vi que nadie nos miraba, los demás hablaban en grupos. Cuando la quise mirar ella ya había mojado una servilleta de papel en un vaso de coca. “Dejame que te saco, tenés una pestaña”. Después de aquella operación la vi estudiar la servilleta tal vez intentando descubrir algún misterio no revelado en mi pestaña. Pero dejé mi vaso y salí al jardín. Me hizo bien la bocanada de aire fresco. En seguida recordé una técnica médica y me hice tres preguntas: cómo me llamo, qué día es hoy, y dónde vivo. Listo. Otra vez me enfoqué geotemporalmente. Esta vez aquella carcajada no me punteó la espalda. Y esa otra tampoco. Estaba a salvo. Incluso pude ver a Pablo venirse para el jardín también.
—Pablo, ¿cómo se llama la petisa?
—Soledad.
—No, no, la petisa de ojos celestes, la flaquita…
—Ah, esa es Andrea. Te acordás que te conté, la mina que sale con ese tipo Sebastián que la trata pésimo, que se falopea mal, que tiene una hija y que…
—Ah, sí, sí, sí… sí…
—Esa mina está terminada.
—Sí, sí… qué historia de mierda…
Ahora bailaba. Su risa reventaba desatada, pero ya no me resultaba una tentación. Pensar que cuando conocí su historia me daba pena, hasta rabia… Sin embargo ahora sentía celos. Celos de los que la habían ido destruyendo poco a poco. Celos. Ninguno de ellos la pudo escuchar reír como yo, y la fueron consumiendo como arañas a una mosca. Y ella nunca supo de su encanto, y se entregó voluntariamente a sus mortajas. Tuve un momento de duelo. Hasta pensé en vivir con ella… Y luego dejé mi vaso, saludé a dos o tres, y me fui a dormir. Esa noche habría querido tomarme ese medio vaso de agua y olvidarme de la guerra y la pobreza en el mundo, y de reventar en una risa fresca y desatada.