La posta de Don Segovia

Era la madrugada de un sábado aplacado,  con el cielo hinchado como quedan los ojos después de una larga lloradera. Un suspiro cansino acompañaba al propietario que veía arder en llamas, aquella Posta, que durante toda su existencia había constituido tanto su medio de vida como el de su familia. Esbozando una sonrisa socarrona, taconeaba al alazán para emprender aquel galope final para nunca más volver.

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Los primeros nubarrones de ese viernes a la tarde, amenazaban un chaparrón inminente en las postrimerías de la cantina de culto del Sur Provincial. Entre libros, facones, rebenques y taleros descansaban unos elixires traídos de Escocia por los visitantes nómades del recinto más sucinto de Atuel al Norte.

Entre el viento pegador y la sed de la jornada acumulada, la Posta reunía entre sus visitantes a laburantes, exploradores, cantores y malandras para brindar por la Payunia y las cosechas.

Cálido y carero para forasteros, pero fiador y jodón para los gomías, siempre con una historia entre dientes, reinaba detrás de la barra el gaucho Don Segovia, propietario orgulloso del gazapón más alcurnioso que tenía el pueblo. Confluían animados noche a noche los personajes más variopintos de la estepa montañosa zonal.

De rubias crines gringas, pero de corazón campero, Don Segovia supo convertir la antigua Cantina de su padre, en una Posta obligada para el espíritu andino y para la yunta local.

Nunca faltaba algún vinito patero de la casa, hecho con los requechos de las bodegas de la zona, que estaban blendeados a mano y a conciencia por catadores deportivos y amateurs (por no decirle borrachines amigos).

Esa tarde había empezado con truco y mate después de la siesta. Las mesas se armaban como siempre de la manera más heterogénea posible. Para el equipo de Don Segovia jugaba un motoquero que había estacionado su Harley Davidson al lado del palenque donde estaban atados los caballos y el jefe del cuerpo de Bomberos Voluntarios de la zona, un gran cocinero que supo hacerse famoso por su laudado pastel de choclo.

El otro equipo lo lideraba su Némesis. Conrado era el presidente de la sociedad de fomento rural, quien completaba la formación del trío con el viejo Tomás, dueño de una whiskería rutera y su socio que de día tenía la heladería del pueblo.

Los “punta y hacha” eran para alquilar balcones y hacer pochoclo.

Pasada la tarde, el amargo Obrero bien cabezón y las aceitunas sajadas, inauguraban la hora del vermouth. Las nubes que horas antes eran una amenaza, se estaban materializando en una tormenta de antología. El callejón de tierra comenzaba a anegarse y las camionetas sin doble tracción empezaban a ser parte del paisaje, dejando a sus ocupantes mojados, embarrados y listos para unirse a la tertulia de viernes que se armaba en La Posta.

Minutos después hacía su entrada triunfal al garito Fausto, un comerciante fenicio de frutos secos y productor de seguros de dudosa procedencia, que siempre acostumbraba su parada religiosa en la Posta. Con su utilitario enterrado a la vuelta y con la compañía de Federico, su abogado defensor, un modoso joven citadino, trajeado a la moda, con los lienzos arremangados y los zapatos en la mano, buscaban refugio de la inminente tempestad en aquel Descanso .

Entre envidos de la realeza y trucos que valían cuatro, las apuestas comenzaban a elevarse al igual que el nivel de alcohol en sangre de los presentes.

La partida de truco era el centro de atención de todos los parroquianos, que armaban tertulias agrupadas alrededor de sus campeones campeadores.

Afuera la tormenta parecía menguar en su intensidad, con lo que al finalizar la dura partida definida a diferencia de dos a favor del equipo local, los distintos feligreses que hacían las veces de tribuneros, fueron partiendo uno a uno de regreso a sus moradas. Los únicos que quedaron dentro del local fueron los seis jugadores y el productor de seguros con su abogadito, quienes brindarían un par de veces más antes de dar por terminada la jornada timbera.

Entre cañas y pateros, brindis por la patria y por el 14 bis, Álvarez el dueño de la heladería le preguntó a Don Segovia si con esos precios podía subsistir en la malaria que se estaba viviendo allá por el Sur. Disimulando un puchero atragantado y con la foto de su padre que databa de cuando hubo de inaugurar aquel garito, como escudriñando su respuesta, Segovia confesó entre los presentes que hacía ya unos meses que aquella taberna vernácula estaba yendo a pérdida y que para subsistir estaba vendiendo poco a poco los miles de recuerdos que supieron ser decoración y estandartes de La Posta.

Entre sus pequeños tesoros que tuvo que poner en venta, se contaba un ejemplar autografiado de “Marruecos” la única obra póstuma de Alfredo Bufano, el reconocido escritor, declarado sanrafaelino por fallecimiento. También se encontraba una viola que supo ser montada por Jorge Cafrune allá por su gira del ’60 y  un poncho de Horacio Guarany que cuenta la leyenda que fue intercambiado por una botella de ginebra. Por último y más valioso una obra de Florencio Molina Campos llamada “La Pulpería” que hubo de retratar en su juventud, inspirada en los comienzos de La Posta.

Ese fue el día en el que decidió que ya había ido demasiado lejos, pero los fieles clientes que seguían yendo día a día, así como la memoria de su padre, no le permitieron claudicar.

Las miradas se entrecruzaron, Fausto el productor de seguros relojeó a Fede su letrado amigo quien con su avidez rapaz, propia de su profesión de leyes, descifró rápidamente el ardid que los ojos de su amigo sugería y asintió con una sonrisa mientras sacaba una póliza firmada lista para rellenar y de repente todas las miradas se posaron sobre Silvestre, el cocinero y Jefe de Bomberos. Un suspiro de éste y el gesto adusto con el brazo al aire como queriendo mandar todo al demonio mientras aceptaba, fueron el interruptor de que todo estaba en marcha, solo se necesitaba un par de testigos y un motivo válido.

En cuestión de minutos Álvarez ya estaba prendiendo un fueguito para el asado en una esquina del piso de tierra, estratégicamente cerca de la barra, mientras el viejo Tomás hacía su aparición clave en la carnicería del pueblo contando a viva voz tanto a conocidos como extraños, del gran asado que harían en La Posta.

Las crónicas periodísticas informaron al día siguiente del trágico suceso  que había puesto final a aquella Pulpería de antaño. Aparentemente el siniestro habría sido causado por un fuego para asado que se fue de las manos y que al alcanzar la munida dotación del bar, desencadenó un incendio incontrolable. Dicen las malas lenguas que nunca más se lo vio a Don Segovia por aquellos pagos y que algunos madrugadores lo vieron encaminarse con la mirada dolida, subido al alazán para terminar con su vida en La Picasa a orillas del Diamante donde hubo de encontrar la muerte su gran amigo Don Alonso. Por lo menos así lo relataron tanto en la declaración policial, como ante la Compañía de Seguros, un motoquero que estaba de paso y Conrado el presidente de la Sociedad de Fomento que aparentemente era la beneficiaria de aquella jugosa prima que aseguraba tanto la vida de Don Segovia como la propiedad de La Posta.

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El mar golpeaba plácidamente las cálidas arenas brasileñas de Ferradurinha, mientras un amable sol se despedía una vez más de aquel paradisíaco escenario, invitando a las primeras luces a jugar con el paisaje. Un Malbec 2014 de la Bodega Cuarto Dominio y el peculiar cuadro de Molina Campos llamado “La Pulpería”, colgado sobre la pared del bar, eran los únicos testigos de la reunión cumbre de aquel cartel de siete amigos y socios que brindaban por la compra de esa pequeña Posada en Buzios frente al mar, bautizada con el nombre de “La Posta”.