Zapatos rojos

Resulta que en el bar “La Cucaracha”, Pato el patovica también administraba unas damas. El Zumba, que ese viernes tenía guita, decidió ir a pagar.
Se presentó al bar, y saludó a Pato.

-¿Cómo andás Pato?-preguntó.

-Re bien. Mejor, me perjudica-respondió Pato, guiñando un enrojecido ojo al tiempo que tomaba un trago de su vaso-.

-Ah! mirá, das envídia!-se rió Zumba-, che, y hay alguien laburando hoy?

-Siempre, pero aumentó un poco, y me debés lo de la vez pasada. La mina me dijo que le dijiste que arreglaste conmigo- respodió Pato, seco, mientras lo miraba fijo con los dos ojos enrojecidos-.

-Pero! me extraña, mosca, que siendo araña, no me conozca-le aspetó Zumba, sacando unos billetes del bolsillo interno izquiero de su campera, y depositándolos en la mano de Pato con una maniobra digna de los mejores prestidigitadores.

Pato ni contó los billetes. Sabía que estaba todo, sino el Zumba no hubiera ido.

-Cuentas claras-le dijo Pato-…y creo que lo dijiste al vesre-.

-No, Patito, acá la mosca sos vos, y la araña yo, ¿estamos?- se rió Zumba-. Aparte, rima igual-dijo, y lo palmeó en la espalda-, quién está hoy?-preguntó-.

-La mina que está en la barra, la de zapatos rojos.

-La que está ahí, con zapatos rojos?-preguntó el Zumba, señalando con la cabeza a la mujer trepada a una banqueta en la barra, con zapatos rojos colgando.

-Si, viejo, la que está ahí con zapatos rojos, no es tan difícil-dijo Pato sin mirar-.Pero pagame ahora, así ya está todo en orden.

-No Patito, por adelantado, nada-le respondió el Zumba y se fue para la barra-.

Pato bufó largo y tendido, agarró el teléfono y le escribió a la mujer de zapatos rojos “Conmigo no arregló, que arregle con vos. Si no, cobrate y listo”. “Ok”, fué la respuesta de la mina.

Mientras tanto, el Zumba ya había llegado a la mujer de zapatos rojos en la barra. La saludo muy cordialmente, la invitó una copa, conversaron un rato, y se fueron juntos del bar.

-¿Tu casa o la mía?-preguntó el Zumba-.

-La mía-respondió la mujer-, queda acá cerca, ni taxi hace falta.

‘No sé para qué pregunto, si siempre es donde ellas’, pensó el Zumba.

A la mañana, la mina se despertó en su cama, sola y un poco mareada de amor, y con sabor a vino, cenicero y Zumba en la boca. Al lado de los vasos, la botella y el velador, había un par de billetes en la mesa de luz. También notó que el calor y perfume del Zumba seguían a su lado. Ni rastros del Zumba. ‘Haberle pedido el teléfono’, pensó. Se levantó, puso la pava en el fuego y encendió un cigarrillo. Cebándose el segundo mate decidió pasar más tarde por “La Cucaracha”, y preguntar si alguien conocía al tipo que le había dicho que se llamaba Zumba, y que le había dejado esos billetes en la mesa de luz, y su olor en las sábanas.

Se apersonó en el bar, que estaba vacío (recién abría), salvo por un hombre sentado en la barra, pensativo y fumando.

-Disculpá, pero no conocés a un tipo que se llama Zumba que estuvo añoche sentado conmigo acá?-le preguntó ella al barman, señalando con la mirada la banqueta donde el otro tipo presente en el bar seguía pensando y fumando, y apretando adentro del bolsillo los billetes que el Zumba le había dejado-.

-Sabés cuántos tipos y minas pasan por este bar, flaca?- fue la respuesta del barman.

La mina se mordió el labio inferior y se sentó. Prendió un virginia y lo pito lentamente. ‘Bueno, a lo mejor otra noche lo vuelvo a ver’, pensó.

Zippo, el hombre que fumaba y pensaba, no pudo no escuchar la conversación.

-Disculpá, escuché que estuviste acá anoche, yo no te ví ni al tipo que buscás,-dijo- pero por una de esas casualidades de la vida, vos no te acordás de una mina que estuvo ayer acá en la barra conmigo, no?

La mina lo miró, pensó, y negó con la cabeza. Zippo, decepcionado, pito largo su cigarrillo. ‘Era una linda mina’, pensó. Su billetera había desaparecido junto con ella, creía él. Se había despertado con su perfume y un mareo de amor, pero sin ella, y su billetera no apareciá tampoco. Ya le había preguntado al barman, y nada. ‘A lo mejor la perdí’, pensó. Pero estaba seguro que la tanía al llegar a su casa con la mina de zapatos rojos. ‘Me la robó’, sentenció para sus adentros, finalmente. ‘Haberle preguntado el teléfono…’, pensó,’…o el nombre, aunque sea…’. Apagó el cigarrillo, y miró a la mujer sentada a dos banquetas de él.

-Tenés los mismos zapatos rojos, che-le dijo.

-¿Qué?-le preguntó la mina, al tiempo que se miraba los zapatos. Esos que había usado ayer.

-Que tenés los mismos zapatos que la mina que conocí ayer acá, por la que te pregunté recién-le respondió-. Vine a ver si alguien la conocía, porque no le pedí el teléfono-decidió no decir que tampoco le pidió el nombre-. También vine a ver si no estaba mi billetera, que extravié, pero no, no está tampoco-terminó de explicar-.

-Ah, o sea que perdiste la billetera y a la mina, en la misma noche? Que puta suerte, no?-dijo la mina, casi sonriendo- Estás peor que yo, jajaja!-no pudo evitar reírse, y Zippo también se rió-. Dejame que te invite una cerveza, ya que plata no debés tener, me imagino-terminó de deslizar pícaramente-.

-No, no tengo!-le respondió Zippo, fingiendo indignación y sonriendo-si te digo que perdí la billetera!-y decidió no decir que creía que se la había robado la mina que tenía los mismos zapatos-. Dale, un copazo me tomo-le dijo aceptando la indeclinable invitación-.

La mujer le pidió al barman la cerveza, y ambos cambiaron a las banquetas que estaban separándolos hasta recién.
Finalmente, él le contó que sospechaba que la mina con los mismos, o parecidos zapatos (Zippo ya no sabía si eran iguales o parecidos) le había robado la billetera, sin decir que creía haberse enamorado. Ella le contó de Zumba, de cómo se había ido sin despedirse y dejándole unos billetes, sin decir, tampoco, que se creía enamorada.

-Me tomó por puta!-dijo la mujer, riendose con todos sus dientes-Por puta! jajaja!.

-Y a mi? La mina esa me cobró la billetera entera!-exclamó Zippo, también riendo-Ella sola se tomó por puta! jajaja!.

Y así fue que se conocieron. A la segunda cerveza, los dos ya se creían completamente desenamorados, y ya no les importó tanto ni la pérdida de la billetera, ni los billetes en la mesa de luz, ni el Zumba, ni la otra mina.

Decidieron que habían bebido suficiente, intercambiaron sus números de teléfono, y arreglaron que algún día que fuera menos gris para ambos podrían volver a verse, aunque en otro bar. No querían volver a “La Cucaracha”. Ambos convinieron en que en ese bar pasaban más cosas malas que buenas. Por ejemplo, pasaba que a veces dos mujeres muy distintas se ponían zapatos rojos muy parecidos. También convinieron en que la próxima vez sería Zippo quien invitara las cervezas, y no Zumba (involuntariamente, claro). Se despidieron en la ochava donde estaba la puerta del bar, deseandose suerte, y cada uno se fué para un lado distinto, aunque ambos pensando los mismo. ‘cuándo será esa próxima vez’, pensaron los dos al mismo tiempo mientras caminaban y pispeaban para atrás, a ver si se veían. ‘cuánto tiempo espero para escribirle’, pensaron también los dos, al mismo tiempo, a unas cuadras. ‘Ya fué, yo le escribo mañana, hoy no’, pensaron los dos al mismo tiempo mientras fumaban cada uno en sus respectivos hogares. La última casualidad que los unió, hasta ese momento, fué que ambos fumaron sus últimos cigarrillos y se vieron obligados a salir a comprar nuevos, casi al mismo tiempo. Justamente, fué en el kiosko que se volvieron a ver.

-Tanto tiempo!-sonrió Zippo, al tiempo que estaba saliendo y la cruzaba.

-Jaja! Si!-sonrió ella.

-Mañana te escribo y arreglamos para ir por ahí, dale?-le preguntó.

-Sisi, de una!-respondió ella, sonriendo con toda su sonrisa.

 

 

 

Por Juan Arriola