El pica boletos de los cuentos cortos

Los sueños son siempre breves, un poco por el apuro necesario que lleva la vida, otro poco por lo caros que se estaban poniendo últimamente los sueños a largo plazo.

La situación de Juan Carlos era la de siempre, empleado ejemplar de los de antaño de la Compañía Nacional de Tranvías, viudo por elección y sin prole reconocida al igual que su difunto padre. Dividía sus jornadas laborales entre historias y sonrisas de los pasajeros que a diario esperaban su llegada.

La jornada extendida que cumplía con valía y tesón, le dejaba poco tiempo para sí mismo y para los dos gatos huérfanos con los que compartía un rancio gazapón de una sola habitación, ubicado en las postrimerías de la ciudad.

El dinero nunca fue un inconveniente, por lo que los fines de semana por las noches solía frecuentar garitos innombrables buscando nuevas aventuras para poder decorar su cuaderno anillado de hojas a rayas con los cuentos de la jornada.

El arte nunca fue lo suyo, pero de a poco se había ido amigando con la pluma callejera, fiel como pocas, pero de trazos torpes e irreverentes. Describía interminables situaciones cotidianas, con los matices propios del apuro de aquel cuento que dura lo que dura una bocanada profunda de aire.

Día a día se tomaba un breve momento para poder expresar su arte callejero al tiempo que marcaba el boleto de los taciturnos viajantes. Especialmente se detenía y les regalaba un cuento corto a los ancianos que tenían la mirada perdida con desesperanza, a las damas de corazones destrozados y a los niños aburridos que viajaban con sus madres acompañándolas en sus quehaceres cotidianos.

Entre los cuentos más sonantes de Juan Carlos se pueden rescatar:

  1. El del torero asturiano arrepentido, al que la mujer le había puesto los cuernos, y que supo hacerse vegano para no lastimar más animales y para reducir su colesterol, que terminó encontrando la muerte en una parodia de la ironía, al caerle sobre su cabeza una pieza completa de jamón crudo de bellota.

  1. El de la reina negra que por proteger a su rey, supo cruzar imprudentemente casillas de mosaicos para enfrentarse al rey blanco y terminó prisionera de un par de afilados alfiles afiliados al partido blanco que la retuvieron más de lo que la decencia del cargo aconseja para proteger el buen nombre y honor de tamaña dama.

  1. El del domador de tiburones que navegó los siete mares a bordo de un tiburón ballena sin pagar ni tasas ni peajes; y sobre el cual el inconsciente popular asegura que montó una isla caribeña para dar refugio a las presas mal habidas de otros tiburones junto con algunas sociedades off shore.

  1. El del mago de guantes blancos que hacía aparecer deudas en ciudadanos honestos, mientras sacaba hienas y chacales de una gran galera que pagaban entre todos los demás asistentes del espectáculo de magia, a través boletas apócrifas.

  1. El de la vecina curiosa que supo inmiscuirse entre los asuntos del inquilino de la casa de al lado y que al descubrir un entramado de estafas que hacía el vecino con batidos nutricionales, quiso llevarse uno de los tantos biblioratos para probar el mentado ardid y terminó internada con pérdida de la memoria al caerle un carpetazo en la cabeza.

  1. El del padre que tenía cuatro hijos, el mayor era el más prudente que resolvía los conflictos familiares, aunque siempre llegaba tarde, el del medio que era el estudioso de todas las teorías y las leyes pero de nada servían porque solo lo hacía para beneficio propio y el más chico y picarón que era el que hacía todas las macanas y robaba ¿El cuarto? El hijo tonto que les contaba a todos, lo que hacían sus hermanos.

  1. El del enamorado de la luna que tenía ínfulas de gran escritor y profeta de las letras, que mendigaba crayones y retazos de papel borrador para contarle a las estrellas las desgracias y los dolores que le producía escribir sobre sus propias experiencias, al tiempo que leía y se enorgullecía de sus viejos escritos.

  1. El del ladrón de corazones jóvenes que supo encontrar el camino de la redención de la mano de una señorita de kilos llevar y de acaudalada herencia portentosa y que hubo de abandonar todo tipo de estudios y labores, para no opacar con sus estridencias los loores que su suegro y proveedor merecía.

  1. El del explorador navegante que para comprarle a su amada un caballo de largas crines en ocasión de su onomástico, zarpó hacia alta mar con rumbos desconocidos y encontró refugio de sus extenuantes tareas de amador ejemplar, en los brazos de una torpe marinera de pocas preguntas y de elástica moral.

  1. El del vendedor de sueños prestados que vociferaba a los cuatro vientos con campana en mano, las promociones del día de los mercados de la zona y que habría quedado prisionero de sus propias fábulas, al reconocer que una de las pociones infalibles del amor que promocionaba, había caído en manos de un criado irredento que osó a robar el corazón de una condesa enamoradiza.

  1. Por último el siempre popular cuento del león que hubo de comerse al gobernante tirano de una aldea aledaña y que mientras el pueblo festejaba por la caída del régimen despótico, cazaron al feroz animal para evitar un incidente similar. La cabeza del león todavía 30 años después, decora el despacho del dictador que desde aquel entonces gobierna en nombre de la revolución.

Y así pasaron los años entre cuentos e historias prestadas de tranvía en tranvía, hasta que un gobierno de facto con mucha persecución en materia de política cultural, lo apresó de manera ilegítima acusándolo de propaganda política contra el estado. Nunca más se supo de Juan Carlos, el pica boletos de los cuentos cortos, pero su legado continúa en forma de manifiesto, entre las historias que a soto voce corren entre los defensores de conspiraciones.