El Club de los Corazones Rotos

Cuenta la historia que de luna en luna, una serie irreconciliable de corazones fallidos se reúne por osmosis ante un gremio de colegas con el alma desgastada de tanto sufrimiento.

Los mentados mitines no tienen días, ni horarios fijos, pero el corazón cuando está herido de muerte, percibe sensaciones que otros corazones no pueden. Así que entre el atardecer y el amanecer una pesada calina invita a los desdichados a formar parte de esta tribu gris.

La lluvia, si bien es optativa, generalmente tiende a aglutinar más aun al sindicato unido de corazones en falta. Por lo que usualmente y por un tema de convocatoria y quórum, se tienden a organizar, garuba de por medio, entre charcos y chaparrones.

El frío siempre ayuda, pero la fisura de corazones no conoce de estaciones ni temperaturas. El desgarro desafía todo tipo de termómetros y de condiciones. Pero por supuesto las reuniones más munidas son las organizadas en invierno.

Los Domingos, no solo son los días elegidos por el Señor, sino también por el Comité de Reuniones Extraordinarias de Corazones Dañados. Se intenta arrancar tempranito para evitar el doble escarnio del vital elemento. Allí se tratan temas organizativos del Club, ingresos, valor de las membresías, pago en especias, bolillas negras y cuartos de reflexión.

Los Martes a la noche también abre con buena convocatoria, un taller de auto ayuda y remendamiento del corazón partido. Se leen a los “grandes clásicos” de la literatura autosatisfactiva tipo Deepak Chopra y Paulo Cohelo, luego viene un coffe break con temas de Arjona y galletitas Surtido de Bagley sin las de chocolate, para rematar con clases de Osho y té verde con Stevia.

Al parecer una cosa que tiene en común la persona con el corazón roto, con la depresiva, es esa extraña sensación de querer permanecer en ese estadío de desgracia compasiva y desgastada como quien prefiere el jean haraposo y sucio o el café tibio; por lo que cada vez son más los socios del excluyente club de miradas casinas y lastimoso andar.

Una vez dadas las condiciones citadas y ante el estricto relojeo del pretor de turno, las almas reunidas para el convite, comienzan la velada del desencanto con la repartija de sobres cerrados. Dentro de ellos hay cartas de amor apócrifas y con destinatarios anónimos con el único fin de ser desentrañadas y así adquirir mayores conocimientos en el tema del desencanto amoroso.

Y a la hora de las bebidas, todas son espirituosas. No tanto por lo que representan en graduación alcohólica, sino más bien por sus cualidades sanadoras de los espíritus truncados. Ginebra para el mal de amores y cognac añejo para el desencuentro, son los tragos más populares en la barra del club. El hielo es opcional y se cobra aparte.

La música es poca, pero por supuesto que hay compases que acompañan las extensas veladas llenas de nostalgia y humedad en los ojos. Suenan tangos, boleros y milongas que rajan lo poco que le queda en pie de la corteza del pobre bobo cansado de latir. La rockola de la entrada funciona con dos lágrimas y media, pero no da cambio porque ya está vieja y averiada.

¿Y las membresías? Exclusivas, aberrantes, atrapantes y adictivas. Porque el simple hecho de no estar solo en ese momento de desprotección del corazón abatido y de tener compañeros de armas para poder capear el sinuoso momento del alma cuando se parte, no tiene precio… Por lo menos en dinero, lo demás se charla.

Las charlas son de lo mejor del club, son la vedette de las reuniones. Largas, interesantes, nutridas, desesperantes, emotivas y atrapantes. Vuelan cuentos y se regalan poesías a los vientos que nunca traspasan los gruesos cristales empañados por la soledad. Los versos y las coplas brindan por un pronto reencuentro de las almas gemelas en algún paraíso de ensueño.

En cuanto a la política de fumadores, actualmente se encuentra en litigioso análisis por parte de las autoridades del Club, porque si bien entienden que las modas y las tendencias indican lo malicioso y perjudicial del fumar, también comprenden -como socios fundadores- las necesidades fisiológicas autodestructivas que conlleva el acompañamiento del corazón herido.

De fútbol, política y religión se puede hablar libremente siempre y cuando no sea de Racing Club, de peronistas o de politeístas. Los periodistas si bien están proscriptos, algún que otro curiosillo escritor amateur sabe hacer unas crónicas latiguillas a modo de chascarrillo que más de un dolor de cabeza le produjeron a la cúpula del Club, que con tanto recelo guarda los secretos de sus miembros y sus historias.

Al final de cada reunión llega el momento cúlmine de la jornada, que es ni más ni menos que cuando expulsan a algún miembro. Con el quórum estipulado y ante una lógica asamblea de miembros presentes, se pronuncian unas sacrílegas frases en latín, se vendan los ojos del recipiendario y luego de una serie de preguntas se procede con el trámite de mayor deshonra dentro del Club. La sanción máxima de expulsión.

¿El motivo de tamaña sanción? El único posible:

SER FELIZ.