La palabra que habito

Había despertado sin estar demasiado consciente de ello, era como estar sumergido o suspendido en un espacio intermedio entre la conciencia y la ensoñación. De repente, me había incorporado, casi sin saberlo y me encontraba caminando con dificultades entre las personas. Algunas de ellas no se percataban de mi existencia, eran indiferentes, algo propio de nuestra especie. Creo que vivimos la mayor parte del tiempo en un estado de ausencia absoluto, permanecemos dormidos e indiferentes a todo lo que ocurre en nuestro alrededor, pero también a aquello que ocurre en nuestro interior. Es como si hubiera un ruido constante, un dolor indescifrable que no permite detenerse, aquietarse. A su vez, sucumbimos a cualquier distracción, puede sostener nuestra atención por cuartos de horas el vuelo de una mosca por el aire, el movimiento de sus patas deglutiendo el desperdicio del mundo y hasta el insoportable turismo que se atreven hacer por nuestro cuerpo. Pero, seguimos abstraídos, incapaces de llevar la cuestión de las preguntas a fondo, hasta sentir que se resquebrajea la existencia, la piel se tensa con desgracia y los huesos se mudan de planeta. Nos amontonamos en la certidumbre de una rutina, de las calles repetidamente conocidas, coleccionamos ratos de a ratos con sabor a rabia y tristeza mientras esperamos ser escupidos con suerte por el destino. Una mirada me avergonzó por completo, recorrió mi cuerpo y se detuvo en mi sexo, luego de un examen profundo volvió nuevamente a mis ojos. Esa mirada era tan ajena como familiar, sus pupilas lacerantes y podridas no se apartaban de mí, yo me sentía detenido, sin poder avanzar, sin poder huir. Fue entonces que me percaté que estaba completamente desnudo, no podía comprender como había llegado hasta la ciudad en ese estado, cuando por costumbre solía ponerme reiteradas veces frente al espejo para corroborarme en condiciones para poner fuera las narices. Logré salir del estado estupefacto en el que me encontraba por culpa de una palabra que rozó agresivamente mi oído, esa palabra que provenía de alguna boca, cayó pesadamente sobre mí, como cae la mierda de un pájaro sobre la cabeza y que para colmo de males le llamamos suerte. Esa palabra maloliente, persecutoria, había llegado para quedarse y todo indicaba que íbamos a compartir largos días, muchas noches y quién sabe, muchos años. A pasos agigantados iba mi marcha bípeda, creo que intentaba dejarla atrás, perderla entre el bullicio y la melancolía que me producían esas esquinas grises de semáforos rotos, donde los peatones dudan y se entregan al devaneo del cálculo para evitar ser arrollados por algún auto. Por un momento tuve la sensación de haberla despistado, no me animaba a girar por temor a encontrarla detrás de mis talones, por eso proseguía sin pausa, solo aminoraba mi velocidad cuando un ser humano inoportuno con un andar gastado y agobiado se interponía o algún niño cambiaba bruscamente su rumbo para hacer alguna pirueta sobre la vereda o bien se veía llevado a desprenderse de la mano de su madre sosteniendo su anhelo de libertad. Debo reconocer que en ambos casos, vomitaba en silencio la mayor de las agresividades y era capaz de desearle la peor de las muertes a esos sujetos. Después recobraba nuevamente mi tormento y la palabra otra vez encima, irritándome, poniéndome torpe y exageradamente sensible. Todo intento era en vano, siempre se salía con la suya y no demoraba en aparecer, cuando yo por alguna astucia de grado menor creía haberla olvidado ahí estaba ella, estrangulándome el lenguaje, sacándome los ojos sin el menor de los remordimientos y dándome patadas sin tregua. Ya exhausto me senté al sol, quizás con la infértil idea de secar o freír la palabra, pero solo conseguí una suba de temperatura que me hizo transpirar y sentirme con el ánimo entorpecido. Nuevamente otra decisión funesta que lejos de cambiar las cosas solo me hundía aun más en mi dolor. Por un instante pensé en ponerle punto final al asunto, sin vocación pero con una inusitada convicción idee detalladamente la manera en que me libraría de la insoportable densidad de la palabra. Estaba colapsado, aturdido, pero no había opción. Me dirigí al edificio más alto que conocía, era invisible, los demás también lo eran para mí, me preguntaba sobre la existencia y la proximidad a la nada. Un escalofrío me hizo recobrar un atisbo de sensibilidad, el espejo del ascensor me devolvía una imagen de mí, la desnudez había desaparecido y me encontraba totalmente arropado, inclusive los pies llevaban unas relucientes botas de cuero. Salí desesperado del ascensor, algo había cambiado para siempre. La palabra, esta vez, me la guardé en el bolsillo del pantalón.

Por Lucas Simó